"Este hijo mío... ha vuelto a la vida"

Pbro. César Nery Villagra Cantero
por Pbro. César Nery Villagra Cantero 30 Marzo de 2025
30 Marzo de 2025
"Este hijo mío... ha vuelto a la vida"
"Este hijo mío... ha vuelto a la vida"

1"Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. 2Los fariseos y los escribas murmuraban: "Este acoge a los pecadores y come con ellos". 3Entonces les dijo esta parábola: [...] 11bDijo: "Un hombre tenía dos hijos. 12El menor de ellos dijo al padre: 'Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde'. Y él les repartió la hacienda. 13Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. 14Cuando se lo había gastado todo, sobrevino una hambruna extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. 15Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. 16El muchacho deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. 17Entonces se puso a reflexionar y pensó: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! 18Me pondré en camino, iré donde mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. 19Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. 20Entonces se avió y partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, lo vio su padre y se conmovió; corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. 21El hijo le dijo: 'Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo'22. Pero el padre dijo a sus siervos: 'Daos prisa; traed el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en el dedo y calzadle unas sandalias. 23Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, 24porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado'. Y comenzaron la fiesta. 25Su hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la música y las danzas; 26Llamó entonces a uno de los criados y le preguntó qué era aquello. 27Él respondió: 'Es que ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano'. 28Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogó que entrase. 29Pero él replicó a su padre: 'Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos'; 30y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!'. 31Pero él replicó: 'Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo .32Pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado'".

[Evangelio según san Lucas (Lc 15,1-3.11-32); 4º domingo de Cuaresma]

El texto evangélico propuesto por la liturgia de la palabra -para este 4º domingo de Cuaresma- es la famosa parábola sobre el "hijo pródigo", una nomenclatura que se debe a san Jerónimo, en la Vulgata, que le confirió el título De filio prodigo. No todos los expertos están conformes con esta denominación por buenos motivos. En efecto, los críticos señalan, por ejemplo, que hablar solo del "hijo pródigo" resulta unilateral en cuanto que se excluye al hermano "mayor" y "observante" el cual también es sujeto del amor paterno. Hay quienes piensan que el acento no se centra tanto en "los dos hijos" sino en el padre cuya apertura y "alegría" parecen subrayarse (Lc 15,32). No faltan autores que han decidido emplear el título "parábola del padre misericordioso"; sin embargo, es necesario observar, al respecto, que el vocablo "misericordia", simplemente, no aparece en el texto.

La parábola se inicia con la expresión: "Un hombre tenía dos hijos..." (Lc 15,11). Por eso, un título más modesto, pero fiel al texto, sería: La parábola del "Padre y sus dos hijos", como lo proponen varios autores, entre ellos R.T. Osborn, en su obra: The Father and His Two Sons: A Parable of Liberation.

El título que se confiere a un texto es de suma relevancia en razón de que pretende expresar el mensaje central que el exégeta ha capturado a partir de un riguroso análisis literario. Esta parábola, más que ninguna otra obra, en la tradición evangélica, es considerada "la obra maestra" del rabino Jesús de Nazaret. Fundamenta esta consideración los diversos tipos de análisis y acercamientos a los que fue sometido: El comportamiento humano, la intensidad emotiva, el arte, el vigor poético, la libertad y la responsabilidad, la enajenación y despersonalización de la existencia, la nostalgia y el retorno, la gracia, la angustia y la reconciliación, rasgos universales de la vida humana y necesidades básicas de la persona.

Parece lógico suponer que, en labios de Jesús, el acento recaería esencialmente sobre la apertura del padre; una "apertura" que espera el libre regreso del hijo alejado, cuya conversión se aguarda. El padre está expectante a la reintegración del "menor" a la casa que ha abandonado; está pendiente de su rectificación y enmienda (cf. Lc 15,32). De hecho, se observa en el texto todo un proceso "penitencial". En este sentido, caben destacar dos aspectos:

Primero, la parábola refleja una estructura según el esquema perdido-encontrado (vv. 24.32) lo mismo que las parábolas precedentes. El final se caracteriza por la alegría de haber hallado lo perdido. Aquí, el gozo, toma forma de banquete festivo.

Segundo, dentro del contexto de todo el capítulo, es decir, incluyendo la introducción (vv. 1-3), el objeto de la parábola es dar respuesta a las observaciones críticas de los responsables de la experiencia religiosa hebrea (escribas y fariseos). Por eso, no sería desacertado decir que la actitud del "hijo mayor" caracteriza la postura de los líderes religiosos para quienes no existe la "redención" y son implacables aplicando las normativas. Para ellos no hay "conversión" que les convenza, aunque ellos mismos vivan una duplicidad de vida (cf. v. 29).

Según mi comprensión, el interés del padre, y de todo el texto, gira en torno a la recuperación de la vida junto al padre, cuando se la ha perdido o malgastado en las liviandades de la existencia humana; y también se mueve en razón de la necesidad de trascender un estilo de vida aparentemente correcta, legitimada por el cumplimiento de normas que lleva al sujeto a la vanidad y al orgullo. Este modo de vida también necesita de cambio de perspectiva, de conversión hacia una vida más plena, más abierta, superando el formalismo y la superficialidad de alguien que se gloría por el esfuerzo de encarnar normativas que no logran trasformar el corazón humano. El interés por la vida plena del hijo menor y del hijo mayor late en la base de todo el texto. Veamos:

Como el "hijo menor" solicita la parte de su herencia, se puede deducir que el padre es un hombre de buena posición económica, con haciendas y propiedades. El "hijo mayor" queda en segundo plano; aparecerá recién en Lc 15,21-32. En la parábola no se detallan otros datos sobre las características del "hijo menor"; ni del "mayor". Como se afirma que es el "menor", podría suponerse que se trata de un joven en la etapa de la adolescencia con el frenesí de experimentar la vida fuera de casa.

Según la usanza de la época, el padre podría disponer sus bienes de dos maneras: Haciendo testamento que sería efectivo a la muerte del testador (Nm 36,7-9; 27,8-11) o por medio de una donación en vida (donatio inter vivos), en beneficio de sus hijos. Esta última modalidad, desaconsejada por Eclo 33,19.23, parece haber sido práctica corriente. En todo caso, la herencia del primogénito, o la donación en vida, tenía que equivaler al doble de lo que corresponde a los demás hijos (cf. Lv 21,17).

El hecho de que el padre haya repartido los bienes no significa que, desde aquel momento hubiera transferido la propiedad a los dos hermanos. La decisión de asignar al "hijo menor", en concepto de donación, un tercio de los bienes, supone que le entregó parte de la fortuna, tal vez en "metálico". Porque en el resto de la parábola, el padre actúa como auténtico propietario: da órdenes a sus criados (v. 22), manda sacrificar el mejor ternero (v. 23) y habla sencillamente de "todo lo mío" (v. 31).

La introducción general presentada en los tres primeros versículos (Lc 15,1-3) presenta a Jesús como un maestro que enseñaba. El evangelista distingue dos tipos de auditorio. Por un lado, los publicanos y pecadores representados, probablemente, en la figura del "hijo menor"; por el otro, los fariseos y escribas, representantes de la aristocracia del templo, retratados en la imagen del "hijo mayor". El relato de la parábola encuentra su motivación en la "murmuración" de estos últimos (típico pecado del desierto) que critican la apertura de Jesús hacia las personas consideradas por ellos como marginales.

El "hijo menor" emigró a un país lejano, derrochó su fortuna y vivió desenfrenadamente. En Lc 15,30 se afirma que ese desenfreno se trata de un convivio con prostitutas. Cuando lo gastó todo, en el marco de un hambre terrible, empezó a pasar necesidad. Entonces se puso al servicio de un pagano ("guardar cerdos"). El cerdo se considera un animal impuro en el judaísmo. Este detalle es un indicio de la degradación moral a la que se ve sometido el muchacho. El joven desearía aplacar su hambre con la comida de los cerdos, pero sentía una repugnancia insuperable. Una presentación tan grotesca subraya el extremo de necesidad al que había llegado el "hijo menor". A partir de aquí, el joven pone en movimiento un proceso "penitencial":

En primer lugar, "entra en sí" (reflexiona) empujado por su precaria situación. Pero se puede decir que no se trata de una deliberación exclusivamente egoísta, sino de un verdadero remordimiento por lo que había hecho a su padre y por su propia responsabilidad. Este acto implica que ha tomado conciencia del "límite" al que ha llegado; y, por eso, ha sometido a examen su conducta errática. En realidad, se trata de los primeros pasos de su proceso de conversión.

En segundo lugar, después de la autoevaluación sigue la resolución. Toma la decisión de retornar. En efecto: "se dijo:...Me levantaré e iré...". Se propone "confesar" su "caída": "Diré: He pecado contra el cielo y ante ti". Es digno de nota que los pecados cometidos contra el prójimo son pecados cometidos contra Dios, pues en la ofensa que ha hecho a su padre reconoce una dimensión más profunda: La ofensa al propio Dios ("he pecado contra el Cielo..."). Aquí el vocablo "Cielo" sustituye el nombre de Dios. El "hijo menor" adquiere una conciencia tal que le afecta sicológicamente hasta el punto de reconocer que no merece la consideración de ser hijo de tal padre. Está dispuesto a renunciar a su status de filiación para trabajar como un jornalero más. De este modo, notamos que la parábola no idealiza al pecador. De hecho, "pecador" no es simplemente aquel que comete "pecado" -pues todos lo cometemos- sino aquel que habiendo pecado reconoce que lo ha hecho y busca la manera de enmendarlo.

En tercer lugar, la escena se traslada a la casa paterna en la que se "dibuja" la reacción del padre: "Cuando todavía estaba lejos, el padre le vio y se le partió el corazón". Acto seguido sale a su encuentro. El verbo griego splanchnizesthai tiene toda una carga afectiva tremenda (literalmente: "se le conmovieron las entrañas"). El padre corrió a su encuentro, de él parte la iniciativa. Esa reacción es la primera muestra de cariño. Más adelante tendremos toda una explosión de afecto y de alegría desbordante; lo pasado, pasado; lo único que ahora cuenta es el perdón y la reconciliación. Se le echó al cuello. Padre e hijo se funden en un abrazo. Y aquel le cubre de besos a este; no se trata de un mero saludo convencional de bienvenida sino de la efusiva manifestación del perdón paterno (cf. 2Sam 14,33). Se manifiesta la alegría del padre por la conversión del "hijo menor". En el encuentro, el hijo confiesa sus pecados, así como se había propuesto, pero antes de hacer su petición, el padre le interrumpe y empieza a dar órdenes y disposiciones a sus criados: La mejor o primera túnica, anillos, sandalias todos nuevos, lo mejor. El ternero cebado es signo de la satisfacción del padre por haber recuperado sano y salvo a su hijo. Y se realiza el banquete.

Seguidamente, entra en escena el "hijo mayor" que, sin duda, estaba trabajando en el "campo" (griego: agros). Escucha la música y el baile. Pregunta lo que está pasando a un mozo y este le responde. Él se indigna y se niega a entrar. El padre intenta persuadirlo. Tenemos a un padre benévolo y un hijo disgustado, a pesar de que este último siempre ha sido observante y dócil a las exigencias del padre. El "hijo mayor" reclama: Habla de su servicio y fidelidad de tantos años. Estas expresiones hacen referencia a los críticos de Jesús, los cumplidores de la ley. El hijo mayor, en la constatación de su fidelidad, deja entrever su desazón. Él interpreta que el vicio se premia más que la virtud (cf. Lc 17,9-10). Él, sin embargo, no ha tenido ni la más mínima recompensa ("ni un cabrito me has dado..."). El desdén del hijo mayor alcanza su máxima expresión con una frase que denota lejanía: "...ese hijo tuyo". Su indignación le impide llamar "mi hermano" al "hijo menor". El pronombre demostrativo "ese" tiene toda su carga peyorativa (cf. Lc 15,2; 18,11; Hch 17,18).

El "hermano mayor" acusa al "menor" de haber devorado los bienes del padre con prostitutas, lo cual es cierto. El vocativo "hijo mío" dirigido por el padre al "hermano mayor" encierra hacia él una manifestación de cariño. "Tú siempre estás conmigo", le dice el padre indicando "cercanía". Es la expresión de bondad del padre; ni un solo reproche al hermano mayor, ni un desmentido, ni un comentario sobre la fidelidad del hijo. El padre ama a ambos. Todo lo que hace el hermano mayor se supone en un hijo fiel. En lo que el padre insiste, verdaderamente, es en los vínculos de filiación y fraternidad: "Tú siempre estás conmigo", es decir, le dice que él nunca ha estado muerto ni perdido. "Todo lo mío es tuyo", agrega. De hecho, es el mayor, el primogénito, el heredero universal.

El padre quiere justificar su alegría interna y exteriorizarla ("teníamos que hacer fiesta y alegrarnos") y corrige las palabras de su hijo mayor (este hermano tuyo): No ese hijo tuyo sino este hermano tuyo. "Ese" -a más de ser peyorativo- indica separación y distancia; "este" indica proximidad. El reproche se hace suavemente: "Mira, hijo, ese que ha vuelto es tu hermano": Estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado. Las palabras del padre expresan, en definitiva, en cada uno de los casos, el amor hacia sus dos hijos. De principio a fin, en toda la parábola. Por eso, el verdadero protagonista es el padre.

En consecuencia, la parábola presenta al padre como símbolo del amor del propio Dios; un amor abierto hacia el pecador arrepentido -el "hijo menor"-, que procura enmendar su error y restablecer la justicia que ha pisoteado. Pero también se vuelca hacia el hijo crítico -el "hijo mayor"- que descalifica a su hermano por el pecado cometido. Por todo lo expuesto en precedencia, la parábola es, al mismo tiempo, una espléndida caracterización del mensaje salvífico de Jesús, el gran predicador del Reino. Si algo es claro en la mentalidad de Lucas es su insistencia en la magnanimidad de Dios, sobre todo cuando se trata de abrir de par en par las puertas del Reino a un pecador arrepentido que rectifica su pasado.

La parábola profundiza en la sicología y hace vibrar sus registros más sensibles en la desgarradora confesión del "hijo menor": "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo" (vv. 19.21). En el conjunto del Evangelio de Lucas, la parábola es un ejemplo de la proclamación del año de gracia del Señor (Lc 4,19; Is 61,2ª); la misión de Jesús, su encargo de anunciar a los oprimidos la buena noticia de la liberación (cf. Lc 4,18-19) cobra su plena actualidad (cf. Lc 4,22: "Hoy se ha cumplido"). El propio Jesús lo anunciará más adelante: "El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Nada podrá apartarle de su misión y, mucho menos, la actitud de los que se obstinan en su concepción personal de la rectitud y de la fidelidad, en vez de sumarse, con corazón alegre y abierto, a la celebración del perdón, a la fiesta de la comprensión, a la aceptación del descarriado que vuelve al padre.

El capítulo 15 del Evangelio de Lucas se cierra con la proclamación lapidaria de que, por encima de todo, incluso del pecado más inconcebible, están el amor y la comprensión del padre. Y así es como describe Lucas la personalidad de Jesús: Como el heraldo privilegiado de esa proclamación salvífica. Si Jesús acoge a los "recaudadores y descreídos", y hasta "come con ellos", es porque Dios mismo los acepta y los quiere. La parábola no insiste en la búsqueda de lo perdido, pero parece insinuar que, en definitiva, el verdadero hermano mayor es Jesús que entra, comparte y participa de la celebración del encuentro. Por consiguiente, todo el texto está en función de un clima de "alegría" y de "celebración" gozosa, porque se ha "encontrado lo que estaba perdido" (vv. 6.9.24.32), se ha recuperado con vida al que se consideraba muerto.

La finalidad de esta parábola consiste fundamentalmente en "una legitimación" del comportamiento de Jesús con los pecadores, demostrando que en su actitud de acogida se cumple la voluntad salvífica de Dios, mientras que la crítica a las autoridades religiosas consiste en que su hermenéutica va en contra del plan de Dios. El principio fundamental de la relación de Dios con el pecador, como lo establece Jesús en esta parábola, es que Dios ama al pecador aún en su situación de pecado, es decir, incluso antes de que se convierta; es más, en cierto modo, lo que realmente hace posible la conversión es el amor de Dios manifestado en el padre.

En conclusión, el texto no trata de "un hijo pródigo" sino de "un padre y sus dos hijos"; uno, el "menor", que ha emprendido el "camino" de la conversión y otro, el "mayor", del que se espera comprensión y apertura. En definitiva, se trata de la recuperación de la verdadera vida junto al padre, de una vida plena, de ambos hijos. La benevolencia del padre se manifiesta no solo respecto al pecador arrepentido sino también para el fiel observante que necesita cambiar sus criterios de juicio. Por un lado, el "hijo menor" no es recibido en la casa paterna por el mero hecho de ser un pecador. El pecado, en efecto, es un factor que aleja de Dios. El padre lo acoge de nuevo porque ha regresado, porque se ha convertido y ha emprendido un proceso de rectificación y de justicia con el fin de restablecer correctas relaciones familiares.

El pecado entristece; la conversión suscita la alegría paterna. Es necesario subrayar este aspecto con el fin de no "idealizar" al pecador, ni contemporizar con su condición de vida. Jesús, en efecto, no socializa con publicanos y pecadores para "justificar" la situación en la que estos se encuentran sino con el fin de conducirlos a la conversión. Por el otro, la actitud del padre en relación con el "hijo mayor" (figura que representa a escribas y fariseos) demuestra que también los líderes religiosos están llamados a la conversión a pesar de su aparente "fidelidad".

La mera jerarquía que ostentan no es garantía de estar en lo correcto. Ellos necesitan aggiornar su teología mediante la cual "juzgan" y "discriminan", basados en la imagen de un Dios implacable que busca errores y faltas para sancionar. En realidad, un "dios" convertido en "ídolo". El "rostro" de Dios que presenta Jesús es, ante todo, el de un padre que espera siempre el regreso del hijo "alejado" y motiva al hijo "observante" a trascender de sus estrechos límites conceptuales y actitudinales.

En consecuencia, misericordia es receptividad y acogida; no implica contemporización con el pecador con el fin de mantener el statu quo; la apertura afectuosa del padre lleva a la conversión, al cambio de estilo de vida. Mucho menos misericordia significa bendición de la intransigencia para el ferviente cumplidor de leyes y normas. La misericordia, en realidad, no es laxitud ni se manifiesta pisoteando la justicia sino, al contrario, atrayendo a ambos -al díscolo y al legalista- hacia la vida plena junto al padre, hacia una "justicia superior" a la de los escribas y fariseos (cf. Mt 5,20).

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