En los años ochenta, economistas japoneses empezaron a hablar de tecno-nacionalismo para describir cómo su país usaba la tecnología para fortalecer su economía y competir con Estados Unidos. En ese momento, el término era algo técnico, significaba invertir en educación, ciencia y desarrollo para ser más productivos y menos dependientes del exterior. Sin embargo, esa era una globalización muy distinta, centrada en la industria, no en los datos ni en la tecnología digital. Con la globalización de los 1990 y 2000, impulsada por Internet y la apertura comercial de China, todo eso cambió. Las empresas comenzaron a fabricar en Asia, los datos se movían por todo el mundo y las cadenas de suministro se hicieron interdependientes. La idea era simple, si todos dependemos unos de otros, nadie tiene interés en pelear.
Pero esa interdependencia también trajo vulnerabilidad. Durante años, Estados Unidos y China habían coexistido dentro de un sistema global que beneficiaba a ambos, uno diseñaba y el otro producía. Sin embargo, ese equilibrio comenzó a romperse cuando Washington empezó a percibir que su creciente dependencia de Pekín en sectores tecnológicos claves (como 5G y materiales críticos) podía poner en riesgo su seguridad nacional y su liderazgo económico. Con la llegada de Trump 1.0 (su primer mandato, 2017-2021), Estados Unidos volvió a utilizar las tarifas como armas económicas, esta vez de forma mucho más intensa y estratégica, dando inicio a las llamadas "trade wars" (guerras comerciales) con China. A partir de ese momento, la tecnología dejó de verse como una herramienta económica, y pasó a ser una cuestión de seguridad nacional y poder internacional.
Esa nueva lógica marcó el comienzo de una competencia estructural por el control de las cadenas de suministro globales. Estados Unidos mantiene el dominio sobre los puntos más estratégicos de la cadena de suministro de microchips (los pequeños circuitos que permiten el funcionamiento de casi toda la tecnología moderna, desde teléfonos y autos eléctricos hasta sistemas de defensa e inteligencia artificial), desde el diseño y la propiedad intelectual (que luego se materializan en las fábricas taiwanesas) hasta las herramientas que permiten su fabricación. China, en cambio, invierte en tierras raras, baterías y tecnologías renovables, controlando gran parte de los materiales críticos que el resto del mundo necesita. La competencia entre ambos países se ha convertido en lo que muchos analistas llaman una "competencia de suma cero", cada avance tecnológico de uno se percibe como una amenaza para el otro.
Fue en este contexto que el analista Alex Capri comenzó a usar el término "tecno-nacionalismo" con un nuevo significado, y hacia 2020 consolidó su uso moderno. En esta visión, el tecno-nacionalismo representa la fusión entre la capacidad tecnológica de un Estado, su seguridad nacional, su prosperidad económica y su estabilidad social. En palabras simples, busca convertir la superioridad tecnológica en una ventaja geopolítica, tanto a nivel local como global.
En este contexto, el mundo vive una nueva Guerra Fría, aunque muy diferente a la del siglo XX. Ya no es un enfrentamiento bipolar, porque nuevos actores han entrado en juego, transformando el orden global en uno multipolar. En el centro de esta tensión está Taiwán, responsable de producir cerca del 90 % de los microchips más avanzados del planeta. Por eso la isla es tan crucial para el mundo y tan codiciada por China. Si Pekín llegara a controlar Taiwán, dejaría de depender de Occidente y se consolidaría como la mayor potencia tecnológica del planeta, con la capacidad de imponer tarifas, alterar cadenas de suministro y ejercer una influencia sin precedentes sobre la economía mundial. En ese escenario, Taiwán se transformaría en un auténtico chokepoint geopolítico (un término usado en el ámbito internacional para describir un punto de presión o control estratégico desde el cual una potencia puede condicionar al resto del mundo). Sin embargo, China no se atreve a una invasión directa, ya que Taiwán es aliado de Estados Unidos, que ha prometido defenderla. Un conflicto militar por la isla podría desatar una Tercera Guerra Mundial, razón por la cual esta tensión permanece contenida, pero nunca resuelta.
Ante este escenario, muchas naciones buscan reducir su dependencia de las dos grandes potencias. Durante las décadas anteriores, lo más común era recurrir al offshoring (producir lejos), pero esa tendencia está siendo reemplazada por el nearshoring (producir cerca), el reshoring (traer la producción de vuelta al país) y el friendshoring (producir entre aliados). Es parte de una estrategia conocida como de-risking, que busca disminuir los riesgos políticos y económicos de depender de cadenas globales demasiado concentradas y de posibles chokepoints tecnológicos o logísticos. El tecno-nacionalismo no se trata solo de soberanía militar o industrial. También es una búsqueda de autonomía tecnológica, de poder crear, producir y decidir sin depender completamente de otros. En el mejor de los casos, puede llevar a sociedades más resilientes e innovadoras; en el peor, a un mundo más dividido y desconfiado.
El autor es estudiante de Negocios Internacionales en Nottingham Trent University UK