“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, los discípulos tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, pues tenían miedo a los judíos. Entonces se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
[Evangelio según san Juan (Jn 20,19-23) - Solemnidad de Pentecostés]
En esta solemnidad de Pentecostés, la liturgia de la Palabra nos propone el texto de Jn 20,19-23 para nuestra reflexión dominical. En realidad, respecto al día, el texto original griego emplea la palabra sabbatón (en genitivo plural), literalmente, partiendo de su base hebrea, se diría: “el primero de los ?abb?t”. Según mi opinión, el ?abb?t hebreo, salvo el aspecto nominal, no necesariamente debe identificarse con el “sábado” de nuestro actual “Calendario Gregoriano”. Para los hebreos, los días de la semana, a excepción del “séptimo”, no tienen un nombre propio como en el sistema “Gregoriano”; ellos emplean el sistema numérico ordinal: “Día primero” (que sería lunes); “día segundo”; “día tercero”, etc. Solo el “día séptimo” lleva el nombre ?abb?t. Ahora bien, el vocablo hebreo ?abb?t según el padre Luis Alonso Schökel, significa básicamente “descansar”, “reposar”, “holgar”; “cesar”, “interrumpir” o “acabarse”. La misma expresión, en forma verbal, utiliza el autor del libro del Génesis para indicar que '?lohîm (Dios) “cesó” o “descansó” (hizo una pausa) en su obra creacional, faena divina que coincide con el “séptimo día” que se dedica al Creador y es fundamento de la organización semanal y de la actividad humana. Por eso, ese “séptimo día” queda bendecido y santificado por el mismo Dios (cf. Gn 2,1-4). De este modo, el ?abb?t es como un “diezmo” del tiempo que se dedica al creador del universo que ha diseñado y establecido el escenario básico donde se desplegará la vida de quienes fueron hechos “a imagen y semejanza” del Altísimo. Entonces, podemos decir, que el ?abb?t de los cristianos es, actualmente, el “domingo” (día del “Señor”; cf. Ap 1,10). Este es el trasfondo que hay que tener presente en Pentecostés en relación con el “soplo” de Jesús que dona la “paz” y el “Espíritu Santo” a los suyos como una “nueva creación” más trascendental aún que la misma creación del universo.
El encuentro de Jesús con sus discípulos tiene como escena el recinto de una casa en Jerusalén. La reunión de los discípulos en un mismo lugar subraya el carácter eclesial de la aparición. Este dato es relevante en cuanto que no son solamente los discípulos históricos de Jesús sino los representantes de todos los creyentes del futuro. Las puertas están cerradas por “miedo a los judíos”. El texto no aclara por qué razón los discípulos “temían” (griego: fóbos) a los judíos; solo se evidencia la situación de angustia experimentada que, en breve, contrastará con el “don de la paz” que Jesús les ofrecerá.
El evangelista da cuenta, seguidamente, de que “Jesús vino y se puso en pie en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!”. La posición “en pie” (griego: híst?mi) evoca el triunfo sobre el “estado yacente” que significa muerte. El dato de “las puertas cerradas” (griego: kleí? en participio perfecto pasivo) aparece dos veces (vv. 19 y 26), lo cual implica que el evangelista subraya esa información. Lo que el autor intenta evidenciar, de ese modo, es que Jesús puede hacerse presente a los suyos siempre que quiera, en cualquier circunstancia.
Jesús no utiliza el saludo ordinario ?alom, acostumbrado por los judíos; tampoco se trata de un deseo que se traduciría erróneamente por “la paz esté con vosotros”. Más bien se trata del don efectivo de la paz tal como Jesús había indicado en su discurso de despedida: “Es la paz, la mía, la que os doy; no os la doy a la manera del mundo” (14,27). La “paz a la manera del mundo” o “paz mundana”, en aquella época, era la “pax romana” establecida por el emperador Cayo Octaviano Augusto; una “paz” que implicaba ausencia de guerras y de conflictos; una paz impuesta por la fuerza o por los mecanismos mundanos de la diplomacia. La “paz” que dona Cristo no se identifica con esa “paz” imperial fraguada con los recursos del poder y de la valía humanos. La “paz de Cristo” se establece sobre la base de la “justicia” de Dios (cf. Mt 5,6.9.10; Sant 3,18).
El autor prosigue diciendo: “Dicho esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de gozo al ver al Señor” (v. 20). De este modo, Jesús evidencia que es él mismo mostrando las secuelas de la crucifixión y cumpliendo su promesa: “El mundo ya no me verá, pero vosotros veréis que yo vivo y también vosotros viviréis” (14,19). El sello indeleble de la violencia sufrida por Jesús, en su carne viva y que permanece en su cuerpo glorioso, no solo es el signo de su identidad como Mesías crucificado sino también representa el testimonio fehaciente de la injusticia y revela hasta qué punto el ser humano es capaz de poner en movimiento la lógica y las estrategias del mal para eliminar al que le resulta “molestoso”.
A continuación, Jesús les renueva el don de la paz subrayando el hecho fundamental de que ha comenzado un tiempo nuevo; y por eso, como el Padre le ha enviado, también él les envía a los discípulos porque estos son “los enviados” del “Enviado”, los “embajadores plenipotenciarios” del “príncipe y comandante de todos los reyes de la tierra” (Ap 1,5c), burlado y martirizado por sus compatriotas y por los poderes paganos. Seguidamente el Resucitado realiza el acto supremo de una nueva creación, pues soplando sobre ellos les confirió el Espíritu Santo (v. 22). Este acto de “soplar” (verbo griego emphysá?, en aoristo) es la comunicación de la ruaj '?lohîm (en hebreo: “aliento vital de Dios”) que recuerda el acto creacional de la humanidad del Génesis (2,7) por el que Dios “sopló” su vida misma en el hombre para que fuera un ser viviente, semejante a Él. Esto implica que el hombre sólo existe pendiente del “soplo de Dios”. Ahora se trata de la nueva creación, pues Jesús glorificado comunica el Espíritu que hace renacer al hombre dándole a compartir la comunión divina. El Hijo que “tiene la vida en sí mismo” dispone de ella en favor de los suyos; su soplo es el de la “vida eterna”. Con el “soplo” divino de Jesús, la humanidad recibe el principio de la vida indestructible en forma germinal.
Después del acto del “soplo”, Jesús declara: “A quienes perdonéis los pecados, se les perdonarán; a quienes se los retengáis, se les retendrán” (v. 23). Esta facultad que Jesús concede a los discípulos, exclusiva de Dios en el Antiguo Testamento y de Jesús en el Nuevo Testamento, apunta a la abolición del pecado en el mundo. De hecho la Nueva Alianza debía caracterizarse por la eliminación del pecado como anunciaba Juan el Bautista en la presentación de Jesús: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). “Perdonar y retener” es una formulación positiva y negativa que se debe al estilo semítico que expresa la totalidad mediante una pareja de contrarios como “cielo y tierra”, “varón y mujer”, “árbol del conocimiento del bien y del mal”. Entonces, “perdonar y retener” significa la totalidad del poder misericordioso transmitido por el Resucitado a los discípulos. El efecto del perdón, expresado en pasivo, indica que el autor del perdón es Dios y el empleo del tiempo perfecto significa que su perdón es definitivo. Podríamos decir, brevemente: En el instante en que los discípulos o la comunidad perdonan, Dios mismo perdona. De este modo, por el don de la paz y la comunicación del Espíritu, la comunidad es portadora de vida para el mundo; a través de ella se actualiza la presencia permanente del Señor que ha triunfado sobre la muerte.
En pocas palabras: Pentecostés supone cincuenta días desde la Pascua hasta la venida del Espíritu Santo prometido. Los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) narran aquel acontecimiento fundamental en la vida de la Iglesia. “Viento” y fuego”, símbolos empleados para indicar la manifestación del Espíritu Divino, indican, sobre todo, la fuerza y el ímpetu de Dios comunicados para la proclamación del Evangelio. Además, el Espíritu continuará con el rol de “pedagogo” de la palabra de Dios porque facilitará la comprensión de la revelación y, simultáneamente, establecerá lazos de comunión entre los discípulos mediante el lenguaje del amor, de la solidaridad y de la “libertad”. La “libertad” cristiana permitirá la emancipación de las distintas ataduras y esclavitudes con el fin de edificar el proyecto del Reino de Dios. El Espíritu Santo Paráclito es enviado con el objetivo de donar “fuerza” y “coraje” (“parresia”) necesarios para poner en marcha nuevas iniciativas y maneras renovadas de ser Iglesia, sobre todo en este tiempo de la “sinodalidad”.