“Acercándose uno de los escribas que les había oído discutir y, advirtiendo lo bien que les había respondido, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”. Jesús contestó: “El primero es: Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos”. Le dijo el escriba: “Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas”
Evangelio según san Marcos (Mc 12,28b-34)
Este texto que nos ofrece la liturgia de la Iglesia para nuestra reflexión dominical, nos presenta a uno de los escribas que entra en diálogo con Jesús. Esta escena, probablemente, se configura en la explanada del templo; en consecuencia tiene carácter público. Se puede notar que otros han asistido al coloquio entre Jesús y los saduceos (cf. texto precedente). Este escriba, quizás satisfecho por la respuesta de Jesús (cf. Hch 23,6-9), le plantea una nueva pregunta (Mc 12,28). Jesús le responde de inmediato (Mc 12,29-31), y el escriba se declara completamente de acuerdo (Mc 12,32-33), por lo que Jesús le dice que “no está lejos del reino de Dios” (Mc 12,34).
El interrogativo concierne al problema hermenéutico de la jerarquía de los mandamientos, típico debate entre los expertos. Se preocupan, de hecho, que los seiscientos trece preceptos, de los cuales trescientos sesenta y cinco son negativos y doscientos cuarenta y ocho son positivos; no se deben poner todos en el mismo plano. Sintiendo la necesidad de crear una gradualidad entre las normativas en base al criterio de importancia, distinguían entre preceptos graves y leves, pequeños y grandes, generales y específicos (cf. Mt 5,19; 23,23). El interés por la individuación del mandamiento más importante, cuyas raíces se encuentran ya en el libro del Deuteronomio (Dt) y en la tradición profética (Miq 6,8), corresponde a la necesidad de descubrir un principio unificador de las varias formulaciones de la voluntad de Dios.
La pregunta del escriba suena así: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” (Mc 12,28). En relación con la pregunta, es necesario tener presente que de la relación de Dios con su pueblo forman parte esencial los mandamientos de Dios, en cuanto son considerados de máximo valor. Mediante los mandamientos, Dios da a conocer su voluntad, mostrando al hombre como debe comportarse, y cuáles son las vías hacia la vida (cf. Sal 16,11). El hombre podría considerar el mandamiento como un “peso”, buscando sustraerse a su cumplimiento. Pero solo si ha perdido todo sentido de la realidad puede imaginar que es independiente y “señor de sí mismo”, y que no necesita escuchar a nadie, ni siquiera a Dios.
Sin embargo, ninguno se ha dado la vida a sí mismo; entonces nadie puede decidir, por sí, el sentido de la propia vida. Todo depende del Creador, del Dios viviente. En los mandamientos, él dona al hombre, expuesto a tantos influjos contradictorios, una orientación para su actuación dando dirección y sentido a su propia vida. La pregunta sobre el primero de todos los mandamientos es la pregunta sobre qué cosa sea el interés de Dios en modo primario, sobre cuál ha de ser la acción a la que el hombre debe prestar la máxima atención y el empeño más intenso.
Hasta ahora, en estos coloquios en Jerusalén, Jesús ha puesto una contra pregunta (Mc 11,29-30), ha definido tentadores a aquellos que lo interrogaban (cf. Mc 12,15), o le han acusado de error (Mc 12,24-27). Aquí se adhiere rápidamente a esta pregunta y responde con una claridad inequívoca: “El primero es: Escucha Israel! El Señor Dios nuestro es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza” (Mc 12,29-30). Jesús retoma las palabras de Dt 6,4-5. La oración judía de la mañana y de la tarde, el ?ema, está constituida en la primera parte del texto de Dt 6,4-9, por tanto de las mismas exhortaciones adoptadas por Jesús (6,4-5), y además, de las instrucciones sobre cómo deben ser tratadas estas palabras (6,6-9).
Al primer mandamiento, de amar a Dios, se le antepone, por así decirlo, un primerísimo mandamiento: “Escucha Israel!”. Aquí no se dirige a una persona aislada o entendida en sentido individual sino al pueblo de Israel, y a la persona singular en cuanto miembro de la comunidad. Ante todo, es necesario “escuchar”, entender y reconocer quién es este Dios que debe ser amado. Él es el Señor, nuestro Dios, que es el único Señor. Es “nuestro Dios”: Con esto se expresa el ligamen exclusivo de Dios con Israel. Dios ha elegido y guiado a este pueblo y le ha declarado: “estaré en medio de ustedes; soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo” (Lv 26,12; cf. Jer 7,23; Ez 11,20; Zc 8,8). Su amorosa inclinación precede todo amor humano, que puede ser siempre solamente una inadecuada y débil respuesta. Pero él también es “el único Señor”. Solamente él es Dios. Todo cuanto existe ha sido creado por él. Por eso, a él le corresponde un amor omnicomprensivo, y solo en relación con él el amor puede tener este carácter de totalidad. La acción que se exige al hombre siempre es precedido por la acción de Dios (cf. Mc 1,15; 9,7), y aquello que el hombre hace no es otra cosa que la respuesta que acoge en modo justo la acción de Dios. Por eso, siempre es necesario escuchar de nuevo y entender más a fondo quién es este Dios. Solo después es posible encontrarlo en el modo justo.
Después del mandamiento del “amor a Dios” se citan cuatro “potencias” o capacidades del hombre: corazón, alma, mente, fuerza y siempre se dice “con todo tu corazón....etc”. Esta enumeración no pretende ser completa y estas potencias tampoco deben ser distintas drásticamente. Lo que interesa es que el hombre entero, con todo lo que le pertenece, debe amar a Dios con plena intensidad; nada en el hombre debe substraerse al amor de Dios. De este modo, se comprende que “amor” no implica un sentimiento, sino el dirigirse a Dios. El hombre entero, con todas sus fuerzas y capacidades debe estar completamente orientado a Dios, cercarlo, acercarse a él, abrirse a él. Este amor significa la ilimitada apertura activa del hombre hacia aquel que es su Dios.
Jesús ha sido interrogado sobre el primer mandamiento entre todos los mandamientos, y de inmediato lo ha enunciado. Después, agrega el segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,31). Este mandamiento se halla en otro libro de la Ley, en Lv 19,18. Por tanto, en el Antiguo Testamento estos dos mandamientos no están unidos entre sí. Del mismo modo que se dice “tu Dios”, se dice “tu prójimo” y con ello se rechaza el aislamiento individualista dándose relieve a la relación con el prójimo. Dios eligió a una comunidad a la cual le manifestó su amor. De esta manera, resulta claro que el segundo mandamiento procede del primero: no se puede amar a Dios y, al mismo tiempo, rechazar u odiar a aquellos para los cuales él es igualmente Dios y a los cuales ama del mismo modo. El amor al prójimo deriva del efectivo darse a Dios. Por todo esto, el amor al prójimo es la prueba decisiva para saber si el amor hacia Dios es auténtico (cf. 1 Jn 4,20). Para saber qué cosa se debe hacer para amar al prójimo, hay que orientar el amor a sí mismo según aquello que uno exige para sí y como se empeña por la propia persona. Ya en precedencia, Jesús había enseñado a los discípulos que ellos, al seguirle, no tienen otra elección que hacerse servidores de todos, según el ejemplo del Hijo del hombre (Mc 9,35-37; 10,42-45). El amor al prójimo se realiza como servicio al prójimo. En la parábola del “buen samaritano” (Lc 10,30-37), Jesús muestra claramente que no se debe buscar al prójimo, sino encontrarlo en el propio camino; que el amor consiste en una acción efectiva; y que para este amor no tiene importancia ni la nacionalidad, ni cualquier otra característica; por eso es decisiva y determinante solo la necesidad del otro.
En conclusión Jesús afirma que ningún otro mandamiento es el más grande de estos dos. Son las luces que Dios dona a los hombres, y muestran cuáles son las acciones primarias del hombre, dando dirección y sentido a su existencia, indicando la vía hacia la vida. El primer mandamiento permanece el primero y el segundo el segundo; no son intercambiables y tampoco separables. El amor a Dios está en el primer puesto y debe ser omnicomprensivo. El amor por el prójimo, como el amor por uno mismo, puede no tener este carácter. Solo Dios es Dios; por eso, solo a él corresponde la entrega que todo penetra y abraza, sin reservas. El prójimo es, como soy yo mismo, una creatura de Dios; a él corresponde otro tipo de amor. Con todo, para Jesús la relación con Dios y la relación con el prójimo están indisolublemente unidos (cf. Mc 11,22-24 y 11,25).
El escriba aprueba la respuesta, confirmando la prospectiva positiva en relación con Jesús. El apelativo “maestro”, en este caso indica estima y adhesión. Además, el escriba reconoce la veracidad de su respuesta. Al emplear esta expresión, poco frecuente en Marcos (al?zeia, en griego), y en labios de un escriba, es como decir que el mundo judío reconoce la autenticidad de la prospectiva de Jesús.
Solamente en el evangelio de Marcos el interlocutor reafirma, repitiendo los dos mandamientos, basados en tradiciones bíblicas diversas de aquellas citadas por Jesús, mostrando de este modo una propia competencia profesional. Menciona Dt 6,4; 4,35 en lo que se refiere al primer mandamiento y Dt 6,5 para el segundo. La respuesta resulta sellada con la conclusión: “Vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Esta expresión se remite a la denuncia del movimiento profético contra una religiosidad formalista, cultual, que separa la liturgia de la vida, para subrayar de qué manera la fe se debe concentrar en el amor a Dios que se exterioriza en el amor al prójimo.
El epílogo subraya la cercanía de la posición de Jesús a la del escriba que no está lejos del Reino de Dios. Jesús, que al inicio del evangelio ha presentado su misión como signo de la cercanía del Reino de Dios (Mc 1,14-15), ahora indica también como se lo descubre y vive. Quien ama a Dios y al prójimo no puede no adherirse a su acción dinámica. Contra la observancia escrupulosa de los preceptos legales, Jesús propone un criterio hermenéutico fundamental, aquello del amor, con el fin de comprender la voluntad de Dios. A diferencia de los discípulos, que no comprenden las enseñanzas de Jesús, el escriba, en cambio, es alabado por su inteligencia que lo hace cercano al Reino. Este personaje caracterizado positivamente sirve para indicar cómo el ambiente de los jefes y de los intérpretes judíos no son completamente prejuiciosos en relación con Jesús. Todos tienen acceso al Reino, prescindiendo del ámbito religioso, cultural y social de proveniencia.
Brevemente: La novedad de la enseñanza de Jesús no radica en la citación de los dos preceptos fundamentales sino en el haberlos unido, haciendo del primero el criterio de verificación del segundo y viceversa. Por tanto, Jesús, uniendo los dos mandamientos, propone una experiencia religiosa que no se reduce a misticismo, ni mucho menos a pragmatismo.