1Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las poblaciones y sitios adonde él había de ir. 2Pero antes les dijo: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a sus mies. 3Id, pero sabed que os envío como corderos en medio de lobos. 4No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. 5Si entráis en una casa, decid primero: 'Paz a esta casa'. 6Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. 7Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. 8Si entráis en un pueblo y os acogen, comed lo que os pongan; 9curad los enfermos que haya en él, y decidles: 'El Reino de Dios ha llegado a vosotros. 10Si entráis en un pueblo y no os acogen, salid a sus plazas y decid: 11Sacudimos sobre vosotros hasta el polvo de vuestro pueblo que se no ha pegado a los pies. Sabed, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca. 12Os digo que aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquel pueblo...17Regresaron los setenta y dos y dijeron alegres: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". 18Él les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. 19Mirad, os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones, así como cualquier demostración de fuerza del enemigo; nada os podrá hacer daño. 20Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos".
[Evangelio según san Lucas (Lc 10,1-12.17-20) — 14º domingo del tiempo ordinario—]
El Evangelio propuesto por la liturgia de la palabra, para este 14º domingo del tiempo ordinario, es una perícopa que expone la actividad de los "setenta y dos discípulos" de Jesús después de la presentación de las "exigencias de la vocación apostólica" (Lc 9,57-62). El evangelista afirma que el grupo fue designado por el Señor (Lc 10,1) con el fin de constituirse en "precursores" de su misión, pues "los envió por delante". No fueron "en masa" sino organizados de "dos en dos". Y el área que debían recorrer —"todas las poblaciones y sitios"— estaba determinado por los lugares que Jesús tenía previsto visitar.
La expresión "otros" tiene el objeto de diferenciar el grupo de "los Setenta y dos" del colegio de "los Doce" como si san Lucas dijera: "Aparte de los Doce..." (Lc 10,1). Del mismo modo, parece diferenciarse de "los mensajeros" que se mencionan en Lc 9,52: "Así que envió mensajeros por delante, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararles posada". En relación con el número "setenta y dos" hay que indicar que papiros muy reconocidos leen "setenta" en vez de "setenta y dos". El número "setenta" aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento; sin embargo, "setenta y dos" solo aparece en Nm 31,38 en relación con el reparto del botín: "por treinta y seis mil de vacuno, siendo la parte de Yahvéh setenta y dos". Se puede pensar que los copistas cambiaron "setenta y dos" por el más común "setenta" y no al revés. Pues si consideramos "setenta" podríamos pensar en los "setenta ancianos" escogidos por Moisés como colaboradores suyos (Ex 24,1; Nm 11,16,24) o tal vez pudiera referirse a las "setenta personas" descendientes directos de Jacob (Ex 1,5; Dt 10,22). De todos modos, algunos autores, como J. Schmid, piensan que, tanto "setenta" como "setenta y dos" son "números redondos", es decir, números enteros fáciles de memorizar mentalmente para trabajar en cálculos y estimaciones.
La formulación "de dos en dos" (griego: ana dyo) difiere de la presentación de san Marcos que escribe de modo repetitivo: "Dos dos" que en griego se expresa según la frase: dyo dyo (Mc 6,7). Jesús, por consiguiente, envía treinta y cinco —o "treinta y seis"— parejas de discípulos. Aunque se ha dicho que viajar en compañía de otros es una costumbre judía, el dato no aparece en todo el Antiguo Testamento. El ir en pareja podría ser una medida práctica, por razones de ayuda mutua durante el camino. Pero lo más probable es que haya que explicar esa circunstancia por la noción de "testimonio" (cf. Dt 19,15; Nm 35,30). De hecho, en Lc 10,10-11, adquiere una tonalidad jurídica. Más aún cuando se considera el texto paralelo de Lc 9,5 en el que se habla explícitamente de "testimonio" (contra el que no reciba a los mensajeros).
Jesús afirma que "la mies es mucha y los obreros son pocos". En el Evangelio de san Lucas esta "mies" se convierte en figura de la estación propicia cuando el fruto llega a sazón y la proclamación del Reino alcanza su madurez (cf. Lc 8,15.16-17). Ha llegado la hora de difundir la buena noticia del Reino y de la aceptación masiva de su mensaje salvífico. El "dueño" (griego: kyrios) es, naturalmente, el propio Dios. Los misioneros deben pedir a Dios que sea él mismo el que proporcione los medios adecuados para la recolección de la cosecha. La recomendación de "orar" implica que la actuación de Jesús y la misión de sus discípulos están bajo el signo de la providencia divina; el propio Dios está en el origen de esta nueva fase de la predicación salvífica, y todo quedará sometido, "en aquel día", al juicio inapelable de Dios (cf. Lc 10,12).
El "envío" que se retrata "como corderos entre lobos" es una imagen de un ambiente bucólico de las faenas de la siega que pasa al mundo dramático de animales irreconciliables. Lucas no alude a la "prudencia" de la "serpiente" y la "ingenuidad" de la "paloma" propias de Mateo (Mt 10,16). La oposición entre "corderos" y "lobos" sugiere peligro, amenaza, hostilidad; notas que marcarán la misión de los setenta (y dos), igual que la del propio Jesús. Hay quienes interpretan esta imagen como envío de los discípulos al mundo pagano (cf. H. Lignée). La idea de "peligro", bien conocida en el ambiente pastoril, se puede aplicar perfectamente a la misión cristiana, en la que el discípulo se encuentra totalmente indefenso. Una tradición rabínica tardía conserva unas palabras de Adriano al Rabí Yehošua', en la que el emperador se maravilla de la intrepidez de unas ovejas (Israel) capaces de sobrevivir en medio de setenta lobos (los paganos); a lo que respondió el rabino: "La intrepidez es del pastor, que defiende (al rebaño) y lo cuida, y mata a los (lobos) que le acosa (a Israel) (cf. J. Jeremías).
Si bien en Lc 9,3 solo se menciona la "alforja", aquí se cita la triada "bolsa, alforja y sandalias" (Lc 10.4) que se repiten nuevamente en Lc 22,35. Jesús desea que los misioneros vayan ligeros, desprovistos de un equipamiento que puede considerarse necesario. De ordinario, se piensa en el bastón que es un arma defensiva contra las alimañas; una túnica de repuesto y el alimento necesario. El uso de la sandalia tiene la finalidad de facilitar el desplazamiento, sobre todo en lugares áridos y escabrosos. Sin embargo, se puede constatar que el atavío misionero según este pasaje es radicalmente pobre sin duda con el fin de demostrar una soberanía sobre las necesidades materiales.
La recomendación "no saludéis a nadie por el camino", a primera vista, podría significar que los discípulos, durante su misión, no deben perder tiempo entreteniéndose con la gente, porque la mies ya está madura y hay que recogerla antes de que llegue a estropearse. El saludo de los discípulos tiene que dirigirse más bien a las "casas" y a las "ciudades", como se especifica a continuación. En este sentido, se podría ver aquí una resonancia del mandato de Eliseo a su criado, Guejazí: "Si encuentras a alguno no le saludes, y si te saluda alguno no le respondas" (2Re 4,29). Sin embargo, también se puede interpretar que, en vez de insistir en la premura, se centra en la dedicación; los discípulos deben ir a lo suyo, o sea, a predicar y a curar, no a entretenerse en cosas triviales. La dedicación que se exige al que predica el Reino no puede medirse por la conformidad con las normas sociales de cortesía ni por la exquisitez del saludo. Una tercera interpretación ve en el mandato una advertencia sobre la hostilidad que van a encontrar los discípulos en cuanto heraldos de Jesús. Una hostilidad que Sal 129,5-8 expresa en términos de recolección menguada y de un saludo denegado, y que, en la literatura de Qumrán, se manifestaba en la despectiva reserva de los esenios en su trato con los que no pertenecían a su comunidad (1Q 5,10-11.15).
El saludo con el que los discípulos deben presentarse es sencillo: "Paz a esta casa" (Lc 10,5). El vocablo "casa" (griego: oikos) puede tener también el significado de "familia". La formulación de este saludo, en estilo directo, tiene más connotaciones semíticas que el correspondiente pasaje de Mateo, donde se dice únicamente: "saludad" (Mt 10,12). El discípulo de Jesús tiene que proclamar la "paz", con todo su significado de verdadero don salvífico. Esta gracia se abre a todos aquellos que se aceptan a una auténtica aceptación del Reino. La expresión "gente de paz", literalmente, "un hijo de la paz" (griego: huios eirēnēs) es una caracterización de todo el que se dispone sinceramente a aceptar el don salvífico de Jesús. "Paz" no se debe entender aquí como opuesto a "guerra", sino en el sentido veterotestamentario del término šālôm, que deriva de la raíz šlm que significa "integridad", "totalidad". Se refiere, por tanto, a la ilimitada generosidad de Dios que se manifiesta en su actuación salvífica. La paz, que "volverá a vosotros" en caso de no haber recepción, es un bien que no puede desvanecerse; si no encuentra la debida receptividad, retornará a su origen.
A los "setenta (y dos)" se les requiere que se queden en las casas si le ofrecen hospedaje "comiendo y bebiendo lo que tengan porque el obrero merece su salario", como se expresa en la Didajé: "Todo verdadero profeta que desee establecerse entre vosotros merece su sustento". En definitiva, hay que aceptar sencillamente, y sin exigencias, cualquier signo de hospitalidad por parte de los habitantes. Como contraparte, a los discípulos se les solicita "curar a los enfermos" y, como añade Lc 9,2: "...resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios", pues, "de balde recibisteis, dadlo de balde".
El anuncio fundamental, que se sustenta en las obras de bien, de sanación y de liberación, está cargado de esperanza: "El Reino de Dios está cerca de vosotros". La expresión implica que la llegada definitiva del Reino pertenece aún al futuro, una concepción escatológica que caracteriza a la comunidad cristiana naciente. El rechazo del mensaje misionero obligará a los discípulos a alejarse de la ciudad reacia y ellos deberán "sacudir el polvo de vuestros pies". Esto implica que, ante la actitud inhóspita de una ciudad hay que desprenderse de todo lo que pueda tener relación con ella. Ese modo de proceder tiene valor de acción simbólica, con la que se pretende significar la separación absoluta de todo lo que va asociado a esa ciudad (cf. Lc 9,5). En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas presentará a Pablo y a Bernabé reaccionando con ese mismo gesto en Antioquía de Pisidia (Hch 13,50). Cuando un judío volvía a Palestina, procedente de un territorio pagano, debía hacer lo mismo. Este gesto supone que ni la cercanía del Reino podrá impedir la reprobación de esas ciudades.
El día en que llegue la absoluta soberanía de Dios sobre la historia humana y el propio Dios juzgue a las naciones, una catástrofe como la de Sodoma —la ciudad símbolo del pecado en la historia del judaísmo— será un juego comparado con el desastre de una ciudad que se resista a aceptar la proclamación de los enviados de Jesús.
A su relato de la misión de los "otros setenta (y dos)" discípulos, Lucas añade un breve apunte sobre la vuelta de los misioneros, llenos de euforia por el resultado de su actuación, y tres comentarios de Jesús sobre lo que sus mensajeros acaban de contarle (Lc 10,17-20). La triple respuesta de Jesús al informe de sus discípulos, entusiasmados por el éxito de su misión, sitúa esa legítima euforia en su perspectiva adecuada. Jesús acaba de decir que los discípulos son sus representantes (Lc 9,16); ahora, en su triple comentario, trata de descifrar los efectos de esa representatividad, relacionándolos con el mundo de la trascendencia. Llama poderosamente la atención el contraste entre la caída de Satanás "desde el cielo" y el hecho de que los nombres de los discípulos estén escritos "en el cielo" (cf. Lc 10,18.20). Una nueva correlación se juega en torno al "nombre": El resultado de la misión cumplida debe radicar especialmente en que "vuestros nombres están escritos en el cielo".
El primero de los comentarios de Jesús (Lc 10,18) parece que hace referencia a una "visión" pero no en el sentido de un éxtasis sino como un modo simbólico de hablar en el que se anticipa la condena definitiva del príncipe del mal. Jesús puede entrever y sintetizar, siempre simbólicamente, la actuación de sus discípulos, en cuanto victoria sobre el poder y la perversa soberanía de Satanás sobre el ser humano. El príncipe de las tinieblas, en cuanto personificación simbólica del mal, ha sido ignominiosamente derrotado; la función que desempeñaba en la corte celeste, como acusador de los santos, ha sido anulada definitivamente. Con todo, no resulta fácil precisar exactamente en qué sentido queda anulado su poder maléfico (cf. Lc 22,3.31-32).
En su segundo comentario (Lc 10,19), Jesús da una razón más profunda de la derrota de Satanás. Con la caída del Maligno, queda desbaratada su influencia; por consiguiente, el mal, en todas sus manifestaciones —físicas, psíquicas, simbólicas, e incluso personales—, queda subyugado y sometido a una "autoridad" que, en definitiva, no procede más que de Jesús. Los discípulos, en cuanto representantes del Maestro (Lc 10,16) y enviados como precursores suyos (Lc 10,1) han sido capaces de enfrentarse con las más variadas manifestaciones del mal y destruirlas en su propio terreno.
En su comentario final (Lc 10,20) Jesús despliega el horizonte de la misión, abriéndola a la trascendencia. La alegría de los discípulos es legítima, pero no por la destrucción del poder satánico, sino por la actuación de Dios, que ha escrito en el libro de la vida los nombres de esos plenipotenciarios de Jesús. Jesús orienta la atención de sus discípulos no hacia los éxitos sensacionalistas de su actuación misionera, sino más bien hacia la ratificación de sus esfuerzos por parte de Dios. Sus nombres, su personalidad, obran en poder del Padre de la vida, consignados en su registro; como antaño, el pueblo de su propiedad. El poder sobre los demonios no garantiza la participación en la vida auténtica; pero estar inscrito en el libro de los elegidos es fuente segura de "alegría" imperecedera.
En fin: El envío de los "setenta (y dos)" discípulos está marcado por la soberana voluntad de Dios expresada en el mandato de Jesús y se realiza bajo el signo de la gracia, de la libertad y de la premura del anuncio del Reino. Los heraldos deben cumplir el mandato desprovistos de preocupaciones materiales y apegos financieros porque están bajo el cuidado del Padre que les asistirá mediante el don de la hospitalidad de quienes abren sus corazones al Evangelio. No obstante, deberán dejar constancia simbólica de quienes se muestran renuentes a abrirse al mensaje de salvación. El premio que les aguarda a los misioneros no consiste, principalmente, en los éxitos humanos, estratégicos y pastorales que puedan obtener, sino en el hecho de que sus nombres están escritos en el libro de la vida, es decir, en la comunión definitiva con Cristo y con el Padre en el mundo venidero.