El asado de fin de semana, acompañado de la infaltable mandioca, es uno de los rituales de los hogares paraguayos y parte de nuestras tradiciones. Desde hace unas cuantas décadas, cuando aparecieron las parrillas -que se sumaron al tatakuá-, las familias paraguayas se reúnen alrededor del fuego, entre aromas de carne sabrosa, para disfrutar de un descanso dominguero o de algún feriado guazú.
Esta costumbre, ligada a la alimentación al estilo nuestro, va desapareciendo lentamente. La carne se volvió casi inalcanzable, y ya no se tiene en los hogares la abundancia de la mandioca, compañera inseparable del asado o del popular asadito.
Al escribir estas páginas viene a mi mente el libro de Richard Goudhman, La chipa y la soja. En esta obra, el autor analiza la penetración del agronegocio en Paraguay, con el cultivo masivo de soja que amenaza y desplaza a la comida autóctona paraguaya, representada por la chipa. La mandioca también se ve dañada por la destrucción de la tierra a causa de la expansión sojera, generalmente acompañada de agrotóxicos.
De la misma forma, la exportación de carne desplaza el consumo interno y eleva los precios al nivel del mercado internacional. En consecuencia, nosotros debemos comprar lo que sobra, y a precio de exportación, si es que el bolsillo lo permite. Ni carne ni mandioca. Así estamos, paraguayos y paraguayas. Mientras tanto, el asado abunda en los ostentosos quinchos de quienes todo lo tienen.
Esta situación de desigualdad, que altera la vida familiar, ya está prevista en el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que advierte que las relaciones internacionales de cooperación económica no deben arriesgar los recursos alimenticios necesarios para la población. El documento afirma que "los Estados deben asegurar una distribución equitativa de los alimentos mundiales, tomando en cuenta los problemas que se plantean tanto a los países que importan productos alimenticios como a los que los exportan".
Esto es lo que ocurre aquí: otros rincones del mundo disfrutarán de las mejores piezas de la carne paraguaya, pero nosotros no.
El derecho a la alimentación está reconocido en esta normativa internacional de derechos humanos, vigente desde 1976 y de la cual Paraguay es Estado parte. Nuestro país se comprometió a garantizar a todas las personas un nivel de vida adecuado y seguridad alimentaria, lo que incluye no solo los derechos civiles y políticos, sino también el derecho a conservar la alimentación autóctona, acorde con la propia producción y las costumbres locales.
La carne es la base de la alimentación en Paraguay y es casi insustituible. Sin embargo, los sucesivos gobiernos, alentando el agronegocio irracional, han olvidado -o ignoran deliberadamente- este compromiso internacional.
No vemos esfuerzos de las autoridades para asegurar una alimentación adecuada a la gente. Al contrario, los bajos ingresos impiden la compra de alimentos básicos, en medio de un constante aumento de precios. Y, como consecuencia, se niega a las familias el derecho al reparador asado de fin de semana. Como ilustrara un prestigioso economista: "las heladeras están vacías".
La falta de conciencia se refleja también en las declaraciones públicas. Hemos escuchado a un senador afirmar con arrogancia: "pueden comer puchero". Ese mensaje quiere decir: el asado es para los ricos, y para los demás, puchero. Lo más triste es que muchas familias ya tampoco tienen acceso al puchero. Como afirma Goudhman, vivimos "un verdadero conflicto gastro-político", donde se despoja a las familias de su alimento autóctono, mientras el buen asado nunca falta en los quinchos de la clase privilegiada.
No es cierto que el principio constitucional de la libre competencia impida la intervención del Estado en el control de precios. Esa es una falacia que nadie cree. Otros países democráticos han resuelto problemas del costo de vida implementando mecanismos de regulación. La libre competencia nunca puede ser un obstáculo para que el Estado actúe en defensa de los derechos humanos. La política económica debe tener un rostro humano.
No sé si el hartazgo que se observa en otros países llegará al Paraguay, pero creo que la política gubernamental ya toca un límite que trasgrede los derechos humanos fundamentales a una vida digna. Y eso es peligroso.
La invocación del crecimiento macroeconómico ya no convence a nadie, cuando las desigualdades son cada vez más visibles. Las cifras lo confirman: nuestro país se destaca en los índices globales de desigualdad social y asimetría en desarrollo humano. Y como dicen algunos economistas: "la macro no gotea".
Sabemos que el mundo cambia, y probablemente estemos al final de la era del welfare state. Pero podríamos "vivir mejor" todos y todas. El verdadero telón de fondo del problema es la ausencia de sensibilidad humana, indispensable para la vigencia de los derechos humanos sin excepción.