Del neoliberalismo de los 90 al retorno del poder geopolítico y el nuevo orden

Osvaldo Rolón Domínguez
por Osvaldo Rolón Domínguez 28 Diciembre de 2025
28 Diciembre de 2025
Un mundo en disputa: tensiones geopolíticas y el reordenamiento del poder global
Un mundo en disputa: tensiones geopolíticas y el reordenamiento del poder global .

Durante décadas, el mundo creyó haber dejado atrás las grandes fracturas del siglo XX. La caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría instalaron la idea de que la historia había entrado en una fase de estabilidad prolongada, marcada por la globalización, la interdependencia económica y la expansión de un modelo de economía liberal y que parecía incuestionable. Se asumió que el comercio sustituiría al conflicto y que la cooperación reemplazaría a la confrontación, desplazando al mismo poder político.

Ese mundo ya no existe

No porque haya estallado una nueva guerra mundial, sino porque el orden que sostuvo esa narrativa se fue erosionando lentamente. Hoy no vivimos una ruptura clara, sino una transición prolongada, ambigua y profundamente inestable. El poder ya no se expresa únicamente a través de ejércitos o tratados, sino mediante energía, tecnología, control de datos, cadenas de suministro y capacidad de influencia cultural. El conflicto dejó de ser frontal para volverse estructural.

No estamos regresando a la Guerra Fría, pero tampoco seguimos habitando su herencia.  Nos movemos en un terreno nuevo, incierto, todavía sin nombre.

Rusia y la idea de una "purificación" del orden occidental

Antes incluso del inicio formal de la guerra con Ucrania, Vladimir Putin había dejado clara su lectura del mundo. En 2021 publicó un extenso ensayo donde cuestionaba la legitimidad histórica de Ucrania como Estado soberano, argumentando que su existencia era el resultado de decisiones tomadas tras la disolución de la Unión Soviética y, en gran medida, alentadas por Occidente.

En ese texto (y en los discursos que siguieron) Putin no solo cuestionaba fronteras, sino la arquitectura política surgida tras el final de la Guerra Fría. Desde su perspectiva, Occidente no solo había expandido su influencia, sino que había empujado a Ucrania hacia una lógica de confrontación mediante promesas, estructuras de seguridad y narrativas que rompieron equilibrios históricos.

Con el avance del conflicto, ese discurso adquirió una dimensión casi moral. Desde el Kremlin comenzó a instalarse la idea de que Rusia no solo defendía intereses estratégicos, sino que estaba llamada a "corregir" o incluso purificar los pecados de un Occidente que habría perdido toda referencia espiritual, cultural y civilizadora.

Lo inquietante no es solo la existencia de este discurso, sino su capacidad de resonar en otras partes del mundo. Así, la guerra deja de ser solo un conflicto territorial para convertirse en una disputa con mayor trascendencia aún y otros campos del poder.

A esta lectura ideológica se suma un factor estructural, la necesidad histórica de Rusia de asegurar salidas estratégicas al mar y espacios de proyección geoeconómica. Sin embargo, reducir el conflicto únicamente a una cuestión territorial sería un error. Lo que revela este momento es algo más profundo; ya no vivimos en una era de estabilidad prolongada, y comprender este quiebre se vuelve indispensable para interpretar el mundo actual.

Xi Jinping, Macron y el agotamiento del orden unipolar

En este escenario, el encuentro entre Xi Jinping y Emmanuel Macron adquirió un peso simbólico particular. Ambos coincidieron en la necesidad de avanzar hacia un mundo multipolar, donde ninguna potencia concentre de manera absoluta el poder político, económico o tecnológico.

Macron sostuvo que Europa no puede convertirse en un "vasallo" dentro de una lógica de bloques dominados por otros. Xi, por su parte, enfatizó que la estabilidad global depende del respeto mutuo y del rechazo a la hegemonía unilateral. Más que declaraciones diplomáticas, estas posiciones reflejan una percepción compartida: el orden establecido por las potencias posterior a la Guerra Fría se encuentra agotado.

Las estructuras tradicionales (incluido el G7) ya no representan con precisión la distribución real del poder global. El mundo avanza hacia un equilibrio fragmentado, más inestable y menos predecible.

Trump, el C5 y la nueva búsqueda del poder

En este nuevo escenario emerge una idea que, aunque aún no se ha institucionalizado, menos estabilizado, pero resulta altamente reveladora: la propuesta del C5 (Core Five) impulsada por el propio Donald Trump. Este esquema busca reunir a Estados Unidos, China, Rusia, India y Japón como los cinco centros reales del poder global.

A diferencia de alianzas tradicionales, el C5 no se apoya en afinidades ideológicas, sino en capacidades concretas: demografía, tecnología, poder económico y capacidad militar. No busca construir consensos morales, sino administrar equilibrios de poder de forma pragmática.

Esta lógica refleja una transformación profunda del orden internacional. El multilateralismo clásico pierde peso, mientras emerge una nueva gobernanza basada en influencia real. En este marco, Europa pierde centralidad, y el sistema internacional se reorganiza alrededor de actores capaces de proyectar poder y respuestas de forma efectiva.

América Latina frente al nuevo mundo

En paralelo a estas tensiones, la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la disputa por influencia global. El caso de Elon Musk resulta ilustrativo. Su acercamiento al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, no giró únicamente en torno a conectividad o infraestructura, sino al uso de Grok, el sistema de inteligencia artificial desarrollado por xAI (una empresa especializada en inteligencia artificial cofundada por Elon Musk), dentro del sistema educativo público salvadoreño.

La propuesta apunta a integrar inteligencia artificial en las escuelas como herramienta de aprendizaje, análisis y formación. Más allá del discurso innovador, el gesto revela algo más profundo, la capacidad de actores privados de influir directamente en la formación intelectual de nuevas generaciones, un terreno que históricamente pertenecía al Estado; hoy puede pasar a los grandes conglomerados tecnológicos.

A este escenario se suma una dimensión controvertida. Elon Musk ha sido acusado en reiteradas ocasiones de incentivar, directa o indirectamente, la difusión de contenidos antisemitas, narrativas conspirativas y discursos abiertamente críticos (cuando no hostiles) hacia Europa y sus instituciones. Esta preocupación llevó a la Unión Europea a iniciar investigaciones formales bajo el marco de la Ley de Servicios Digitales, imponiendo sanciones y advertencias que reflejan una tensión creciente entre el poder tecnológico privado y los marcos regulatorios establecidos por países democráticos.

En ese punto, ya no solo está en juego el equilibrio institucional, sino también la forma en que las próximas generaciones interpretarán la realidad. Cuando una tecnología define cómo se aprende, qué se aprende y desde qué marco interpretativo se accede al conocimiento, deja de ser neutral, y se convierte en un instrumento de poder blando, capaz de moldear visiones del mundo sin necesidad de coerción. La educación se transforma —una vez más— en un nuevo campo de disputa geopolítica.

Esta mirada hacia América Latina no es aislada. Se conecta con los movimientos de Sam Altman (CEO de OpenAI, ChatGPT), particularmente en Argentina, donde se han explorado proyectos vinculados a centros de datos y capacidad de procesamiento. 

A esto se suma el interés creciente de empresas como Amazon, Oracle y Tesla en países como Bolivia, atraídas por factores que van desde el acceso a recursos estratégicos hasta la disponibilidad energética y la ubicación geográfica. En el caso boliviano, el litio ocupa un lugar central dentro de esta ecuación, no solo como recurso natural, sino como pieza clave en la transición energética global.

Sin embargo, estas aproximaciones no deben interpretarse únicamente como oportunidades económicas. También reflejan una reconfiguración del mapa geopolítico, donde los países con recursos críticos pasan a ocupar un lugar estratégico dentro de cadenas de valor cada vez más concentradas. Bolivia, al igual que otros países de la región, se enfrenta al desafío de evitar que esta nueva atención internacional reproduzca viejas dinámicas de dependencia —el neocolonialismo—, ahora bajo una lógica tecnológica.

En este punto se vuelve evidente el peso y la estrategia impulsada por el tecno-nacionalismo: una visión impulsada principalmente desde Estados Unidos que concibe la tecnología como extensión del poder e influencia nacional. No se trata solo de innovación, sino de control de datos, infraestructura y conocimiento como herramientas estratégicas. La competencia ya no se libra únicamente en el terreno económico o militar, sino en la capacidad de definir quién produce, quién procesa y quién interpreta la información y la inteligencia.

América Latina deja de ser una periferia pasiva para convertirse en un espacio disputado. Energía, agua, estabilidad relativa y recursos estratégicos la vuelven atractiva para actores globales que buscan reducir vulnerabilidades y asegurar posiciones futuras.

Paraguay, la urgencia de comprender y reaccionar ante el tiempo que vivimos

Paraguay ocupa una posición singular dentro de este mapa en transformación. Su matriz energética, su estabilidad macroeconómica y su ubicación estratégica le otorgan un valor que trasciende ampliamente su tamaño geográfico o demográfico. En un mundo cada vez más fragmentado, donde la seguridad energética, la infraestructura digital y la previsibilidad institucional y política se vuelven activos escasos, el país comienza a adquirir una relevancia que no siempre resulta evidente a simple vista.

Sin embargo, el verdadero desafío no reside únicamente en atraer inversiones. La cuestión central es comprender qué tipo de inversiones llegan, bajo qué condiciones y con qué implicancias estructurales a largo plazo, y quién las controla. En un escenario donde la infraestructura digital define poder, aceptar proyectos sin una lectura profunda del contexto equivale a ceder márgenes de soberanía sin advertirlo. La dependencia ya no se impone de forma explícita; se construye de manera gradual, silenciosa, a través de sistemas, contratos, plataformas y arquitecturas técnicas que terminan organizando la vida económica y social.

Los cambios más decisivos de esta época no se anuncian con rupturas visibles. Avanzan con discreción, envueltos en promesas de modernización, eficiencia y progreso. Se integran al día a día hasta volverse casi imperceptibles e imprescindibles. Y cuando finalmente se hacen evidentes, ya forman parte del orden establecido. El poder contemporáneo no siempre se impone, se administra, orienta, condiciona e instala.

Comprender los cambios geopolíticos dejó de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una necesidad práctica. Entender cómo se reorganizan las cadenas de valor, cómo se desplazan los centros de decisión y cómo se redefine la soberanía —en la era digital— permite anticipar escenarios antes de que se vuelvan irreversibles. Hoy, gran parte del poder opera sin estridencias, sin signos visibles, pero con una eficacia profunda y duradera.

Se vuelve clave que Paraguay proteja y fortalezca sus propias instituciones estratégicas.  Entidades como la ANDE y las centrales generadoras de energía, como las hidroeléctricas, no deben pensarse solo como prestadoras de servicios, sino como activos soberanos en un mundo donde la energía, los datos y la infraestructura definen el poder real. Preservar su autonomía, profesionalizarlas y dotarlas de visión estratégica y geopolítica es una condición indispensable para no diluir o menoscabar la capacidad de decisión nacional.

La lógica de la intermediación permanente comienza a mostrar sus límites. En un mundo donde las relaciones se redefinen con rapidez, Paraguay tiene la posibilidad de negociar de forma directa, sin capas innecesarias como los intermediarios y brokers. Hoy no resulta impensable que actores de primer nivel (incluso los máximos ejecutivos de grandes corporaciones tecnológicas) se sienten a dialogar directamente con los gobiernos de países, que ofrezcan estabilidad política, energía y previsibilidad a largo plazo.

Lo que hace algunos años parecía reservado a las grandes potencias comienza a abrirse a países capaces de entender el momento histórico. La diferencia ya no está únicamente en el tamaño del mercado, sino en la claridad estratégica, la institucionalidad y la capacidad de sostener decisiones en el tiempo.

En este nuevo escenario, proteger lo propio no implica cerrarse al mundo, sino negociar desde una posición de fortaleza. Exigir condiciones claras, reducir intermediaciones innecesarias y priorizar el interés nacional deja de ser una aspiración idealista para convertirse en una estrategia racional frente a un sistema internacional cada vez más volátil.

Comprender este tiempo (sus silencios, sus desplazamientos y sus nuevas lógicas) se vuelve esencial. Porque el mundo que se está formando no se anuncia con estruendo, sino que avanza de manera silenciosa, constante y profunda. Viene a cambiarnos. Y quienes no aprendan a leerlo a tiempo, y no lo entiendan, terminarán habitando estructuras diseñadas por otros, bajo reglas que nunca eligieron.

Estamos a tiempo aún.

El autor es estudiante de Negocios Internacionales en Nottingham Trent University UK

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