Tenía un alumno muy aventajado en la secundaria, que luego se convirtió en un brillante docente de historia. Ya en su época estudiantil era un experto en la historia de Roma. Una vez le pregunté: "Dame una causa clave de por qué cayó el Imperio romano". Él, sin titubear y con total franqueza, me respondió: la corrupción.
Si revisamos un poco la historia, vemos que, efectivamente, una de las principales causas de la caída del gran Imperio romano fue la corrupción. Los servidores públicos y gobernantes priorizaban sus intereses personales por encima de los del pueblo, incurriendo en prácticas deleznables como nepotismo, extorsión, soborno y desvío de fondos públicos. Ningún Estado o imperio puede sostenerse si sus propios funcionarios se llenan los bolsillos con el sudor del pueblo. Eso debilitó la economía romana y, como consecuencia, todo se vino abajo.
Otro factor señalado por los historiadores fue la falta de liderazgo y de experiencia de los gobernantes de la época para sostener un imperio tan poderoso. Además, hubo conspiraciones, asesinatos y otras intrigas que aceleraron la decadencia.
Una copia casi calcada de la caída del Imperio romano se dio en América Latina con la pérdida del poder del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, un partido hegemónico que gobernó por casi 70 años. Allí volvieron a repetirse los mismos factores: corrupción, autoritarismo y falta de liderazgo. Las reformas electorales permitieron la participación de partidos de oposición, fortaleciendo poco a poco la democracia. En el año 2000, el Partido de Acción Nacional (PAN) llegó al poder y derrumbó al PRI. Actualmente, el gobierno en el poder pertenece al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).
La historia deja lecciones amargas pero recurrentes. Como pueblos emergentes aún no hemos consolidado parámetros morales sólidos —fruto de la falta de una buena educación— que permitan formar generaciones de personas honestas al servicio de la nación. Cuando la oportunidad se presenta, muchos sucumben ante los instintos de ambición, hedonismo o prácticas inmorales.
La evidencia histórica es clara: la corrupción destruye cualquier posibilidad de progreso. Sin embargo, los gobiernos siguen reincidiendo en esas mismas prácticas. El pueblo, hambriento de justicia y mejores condiciones de vida, vuelve a ser víctima de dirigentes que repiten errores del pasado.
En el plano local, vemos que la historia aún no nos ha enseñado nada. Los escándalos actuales del gobierno, bajo el control egoísta del movimiento político Honor Colorado, están destruyendo el tejido moral del país. La prensa ha revelado hechos sumamente graves que no pueden ser pasados por alto ni reducidos a simples rumores. El Congreso no puede quedarse de brazos cruzados; debe desprenderse de sentimentalismos y cumplir con lo que dicta la Constitución. Es inadmisible que el presidente desaparezca cada vez que la situación se complica, como lo hizo tras una manifestación pacífica de jóvenes que pedían cambios profundos en la conducción del gobierno.
Otro escándalo reciente es el caso del supuesto dinero en efectivo encontrado en Mburuvicha Róga, sobre el cual hasta ahora no se tiene una explicación clara ni del Ejecutivo ni del Ministerio Público. Al menos, un destacado abogado ha presentado una denuncia formal en busca del esclarecimiento del hecho.
Todo esto demuestra que el Congreso debe madurar políticamente y desligarse de las ataduras económicas, amistosas o sentimentales con el Ejecutivo. Estos escándalos ameritan, bajo mi mirada, un juicio político, pues la evasión y la falta de manejo responsable de la cosa pública solo aumentan la presión para que el actual gobierno concluya anticipadamente.
Quizás, con el segundón del Ejecutivo, el país encuentre un mejor rumbo en los años de gobierno que quedan.
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