[Evangelio según san Mateo (Mt 3,13-17) —fiesta del Bautismo del Señor— Tiempo de Navidad]
La liturgia de la palabra, en la fiesta del Bautismo del Señor, nos propone —para nuestra reflexión dominical— el breve texto de san Mateo que registra este particular episodio en los inicios del ministerio galileo de Jesús. El bautismo de Jesús es un relato programático que tiene la función de introducir su misión. Jesús se dirige de Galilea hacia el Jordán con el fin de hacerse bautizar por Juan (Mt 3,13) asociándose así a aquella multitud (Mt 3,5) que se dirigía hacia el Bautista.
Solamente el primer Evangelio inserta un diálogo entre Juan y Jesús (Mt 3,14-15). Este diálogo, aunque breve, se considera de gran importancia; por una parte, pone en evidencia de qué manera el Bautista ha reconocido en Jesús a aquel que "bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3,11); por otra parte, motiva el propósito de Jesús que se dirige a Juan para recibir precisamente el bautismo. Con un verbo en imperfecto, "se oponía" o "trataba de impedírselo" (diekōlyen), se pone en evidencia la repetida tentativa de parte de Juan de contrastar con la intención de Jesús. El motivo de su oposición está en la presentación que Juan ha hecho de Jesús y de su bautismo: "Yo os bautizo con agua para la conversión; pero, después de mí viene el que es más fuerte que yo, del cual yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3,11).
Jesús persuade al Bautista a bautizarlo, apelando al cumplimiento de la justicia. La respuesta de Jesús es de gran relieve no solo porque son las primeras palabras en el Evangelio sino porque también la justicia es una síntesis de la teología de san Mateo. El verbo "cumplir" (plēroō) es muy usado por el primer evangelista, especialmente para introducir una "citación de cumplimiento" y subraya de qué manera el plan de Dios, preparado en la historia y anunciado en las Escrituras, ahora en Jesús recibe su cumplimiento y su plena actuación (plērōsai pāsan dikaiosýnēn).
También la palabra "justicia" (griego: dykaiosynē) asume en el vocabulario de Mateo (Mt 3,15; 5,6.10.20; 6,1.33; 21,32) una importancia y un significado del todo particular. La justicia no solo corresponde al plan de Dios, como en la teología paulina (cf. Rm 1,17), sino también a la actuación de la justicia humana, consecuencia del deseo y de la voluntad de Dios. El término aparece para describir la misión del Bautista en la explicación de la parábola de los dos hijos, en la que Juan es retratado como aquel que ha venido "en la vía de la justicia": él es aquel que ha cumplido en su misión de profeta precursor la voluntad de Dios (Mt 21,32). Jesús, al hacerse bautizar por Juan, afirma que ambos realizan la totalidad de la justicia, y es solamente por esta razón que Juan retrocede en su oposición inicial. La justicia no se identifica aquí con el concepto forense sino con la justicia de Dios que consiste en el cumplimiento del plan salvífico para la humanidad.
En el relato, la descripción del bautismo de Jesús se reduce a un solo verbo: "bautizado" (gr. Baptistheis, v. 16), mientras se evidencia la visión del Espíritu que desciende sobre él y la voz que lo proclama "hijo predilecto". El bautismo realizado por inmersión evoca la descripción del éxodo en el que el pueblo es salvado por Dios (cf. Sal 114, 3.5). La apertura de los cielos, que hace posible la comunicación con la tierra (cf. Is 63, 19), y la bajada del Espíritu subrayan el carácter profético del episodio (cf. Ez 1,1) y recuerda la investidura mesiánica de Is 11,1-2.
La bajada del Espíritu es comparada a la de una "paloma", imagen presente en la tradición bíblica (Gn 8,6-12; Ct 2,14; 5,2; 6,9; Sir 43, 14. 18; Is 60, 8; Os 11, 1), pero no en relación directa con el Espíritu. Sin embargo, en los textos de la literatura judía, la presencia y la acción del Espíritu se asimilan al vuelo de la paloma, la cual con pertinaz apego nutre y protege a sus polluelos. El comentario judío a Gn 1,2 (atribuido a Rabí Ben Zomá, siglo I d.C., en el Talmud de Babilonia) sostiene: "Y el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas como una paloma aletea sobre sus pequeñuelos sin tocarlos". La bajada del Espíritu en el momento del bautismo expresa así su permanente presencia en la persona de Jesús.
A la visión sigue la voz, elemento esencial y punto culminante de todo el relato, que provee el auténtico significado de la escena. Jesús es declarado "mi hijo predilecto en el cual hallo complacencia". El adjetivo "predilecto", griego agapētos ("amado") es usado también para describir la relación entre Abraham y su hijo Isaac (cf. Gn 22, 2. 12. 16).
Por primera vez no se da una cita bíblica (cf. Mt 2,15), sino de la viva voz de Dios, Jesús es proclamado en su identidad filial. El testimonio del cielo adquiere un carácter mesiánico porque precisamente es a través del estatuto de la filiación que en la tradición bíblica el Mesías es descrito en su particular relación con Dios (Sal 2,7), fundamento de su acción salvífica. En el primer Evangelio a menudo Jesús o se autoproclama o es proclamado por otro como "Hijo", pero solamente en el bautismo y después en la transfiguración (Mt 17,5) es confirmado por la voz celestial.
El apelativo "hijo predilecto" resulta muy importante para entender no solo su identidad sino también su misión en relación con Dios y los hombres. Él no es solamente el hijo sino "el Hijo mío, el predilecto en el cual hallo complacencia" (Mt 3,17). Jesús vive una relación estrecha, cercana con Dios, porque es el Hijo por excelencia.
En definitiva: El bautismo del Señor Jesús con el fin de que "se cumpla toda justicia" es el sello de garantía de parte de Dios de que la salvación ha entrado en el mundo y su consagración a la misión mesiánica anticipa nuestra propia consagración que, mediante el bautismo, nos transforma en sacerdotes, profetas y pastores. "Sacerdotes" porque, mediante el bautismo, quedamos vinculados a la esfera de Dios que se manifiesta en el culto de adoración "en espíritu y en verdad"; "profetas" porque, como Jesús, hemos sido constituidos heraldos de la palabra de vida para anunciar el Reino y denunciar las injusticias que tienden a obstaculizar el plan de Dios; y "pastores" (o "reyes") porque fuimos consagrados para el servicio a los demás que es la forma de gobierno que Jesús asume en su experiencia terrenal: "Porque yo no vine para ser servido sino para servir y dar mi vida como rescate por muchos" (Mt 20,28).