“Como yo os he amado”

5 Mayo de 2024
5 Mayo de 2024
“Como yo os he amado”
“Como yo os he amado”

9Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. 10Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. 11Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. 12Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.13Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.14Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. 17Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.

[Evangelio según san Juan (Jn 15,9-17) - 6º Domingo de Pascua]

El Evangelio propuesto por la liturgia de la Palabra, en este 6º Domingo de Pascua, se centra en el “amor” (griego: agáp?) que en 9 versículos recurre 10 veces en su forma nominal y verbal. Es el léxico dominante que determina el tema. Del simbolismo de la “vid y los sarmientos”, del texto precedente (Jn 15,1-8), se pasa al “amor” que, según Jesús, tiene su fuente en el Padre (Jn 15,9). El amor del Padre al Hijo, en efecto, es el origen y fundamento del amor del Hijo al género humano. En consecuencia, se trata de un amor que brota en Dios y se comunica: Del Padre al Hijo, del Hijo a los discípulos, luego de los discípulos entre sí; y de estos hacia el mundo. Un amor que es don, tarea y testimonio.

El concepto de “amistad” -enunciado por Jesús- es muy diferente a la idea de “amigo” a la que estamos acostumbrados. No implica una simple simpatía de uno hacia el otro; tampoco se reduce a una mera relación de correspondencia o de reciprocidad en el marco del afecto o de la compatibilidad de caracteres. La “amistad” de la que habla Jesús emerge de lo que él denomina el “amor más grande” (griego: meízona agápen) que se expresa y se materializa en la donación de la propia vida: “Nadie tiene mayor amor -literalmente: 'amor más grande'- que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Aquí se evoca la muerte de Cristo como acto supremo de amor. Ningún tipo de amor puede aventajar a esta superlativa ofrenda personal y voluntaria. Todo lo que se ha dicho, escrito y testimoniado sobre el “amor”, a través de la historia humana, encuentra aquí su punto de inflexión. Imposible de ser superado.

La revelación de este singular amor desemboca en una “llamada”, en una “vocación”: La permanencia en el amor personal de Jesús (Jn 15,9b). Este verbo (griego: mén?) que se repite como tres veces, subraya la necesidad de perseverar o perdurar en el amor del Hijo para alcanzar el amor del Padre, porque del amor del Padre es de donde procede la inhabitación por la que los “dos” se hacen “uno”, sin dejar de ser “dos”. Ahora bien, el “permanecer” en el amor de Jesús no pertenece al orden del sentimiento o al de una experiencia mística, sino a la comunión de voluntades; significa, en concreto, permanecer unido a él, a Cristo, obedeciendo sus mandamientos (Jn 15,10). Asumir estos mandamientos requiere internalización, es decir, la capacidad de transformar los principios en acción. Internalizar los mandamientos implica, ante todo, dejar de lado los anteriores criterios que direccionaban la experiencia humana. El creyente se hace “discípulo” porque sigue la “disciplina” del maestro.

Jesús declara: “Os he dicho esto para que el gozo, el mío, esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno” (Jn 15,11). Esta manifestación permite interiorizar la revelación sobre el amor bajo el aspecto del gozo que se experimenta. La “permanencia” en el amor del Padre -cuya obra ha acabado con la entrega del Hijo- desemboca en el gozo del Hijo al final de su misión, y que se comunicará a todos los que se unen a él en el amor. El “gozo” (griego: chará), en el Antiguo Testamento, va unido a la salvación prometida y, en el Nuevo Testamento, al acontecimiento Cristo. La novedad del evangelista consiste en que el mismo gozo de Cristo es el que se pasa a los discípulos. Dicho de otro modo: El “gozo” del discípulo solo puede alcanzar plenitud en el gozo de Jesús.

En la prosecución de la cantata del amor divino, el amor que Dios ha concedido a los discípulos se expresa en el amor que estos se tienen mutuamente en este mundo. Por eso, el amor fraterno se presenta como el mandamiento por excelencia. En efecto, la práctica del “mandamiento nuevo” caracteriza al verdadero discípulo de Jesús. El carácter absoluto del amor de Cristo, un amor sellado con su sangre, motiva la fidelidad cotidiana del discípulo al mandamiento del amor fraterno. “Dar la vida por los que ama” o “por sus amigos” no excluye a los hombres que sean enemigos. Más bien subraya la motivación de aquel que ofrece su vida. De hecho, según la perspectiva del Evangelio, solo el amor da razón de la cruz.

“Os he llamado amigos” -les dice Jesús- “porque todo lo que he oído de mi Padre, os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Esto implica que el amor que se expresó en la entrega de la vida es también el amor que reveló el secreto de la intimidad propia del Hijo. Luego Jesús declara sobre “la elección” de la que son objeto todos los creyentes, aquellos a los que el Hijo llama sus amigos, es decir, la comunidad con todos sus miembros en oposición al “mundo” que vive según los códigos de la “enemistad”. Los discípulos no son siervos a sueldo de un señor, sino amigos que voluntariamente colaboran en la tarea. El “sueldo” condiciona y crea dependencia; la amistad libera. El grupo de amigos vive en su compañía, en comunicación y confianza. Él está con ellos y comparte su vida, su intimidad; no tiene secretos para ellos.

Por lo ante dicho, Jesús establece a los suyos para que den fruto y ese fruto permanezca. De esta manera, el Padre les concederá todo aquello que le soliciten en su nombre (Jn 15,16). En efecto, ellos son los sarmientos injertados en la vid, destinados a fructificar a través del envío y de la misión. Al final de esta parte del discurso de Jesús, se repite el mandamiento por excelencia, como un “sello” al “cántico del amor”: “Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15,17).

Desde la perspectiva de san Juan -y de los demás evangelios- el amor no se reduce a un simple sentimiento afectivo. En general, podemos distinguir tres niveles de amor: El amor-eros que se refiere al amor sensitivo, sensual, de atracción; el amor-filia o amor de amistad, de sentimientos y el amor-agápe, el amor de naturaleza espiritual que consiste en dar la vida por los demás; es el amor de Cristo, el amor cristiano por antonomasia (cf. Benedicto XVI, Deus caritas est). Se puede afirmar que la mejor descripción de ese amor lo presenta Pablo de Tarso en 1 Cor 13. Sus notas características son: la paciencia, la benignidad, la oposición a la envidia, a la jactancia, al engreimiento o arrogancia; el amor cristiano es decente, no es egoísta, no se fastidia ni toma en cuenta el mal; se alegra en la justicia y en la verdad. Excusa, espera y soporta todo. Según Pablo, no es un carisma; es más bien “un camino”, el camino por excelencia.

Según lo formulado en precedencia, el amor cristiano, presentado bajo la figura del “camino”, es un estilo de vida, un modo de ser y de obrar, propio de los discípulos (en concordancia con la idea de “permanencia”). De hecho, solo con el amor oblativo podemos cooperar en el proyecto de Dios para la salvación del mundo. Resulta claro que Cristo nos redime con el amor crucificado. En consecuencia, lo que todos debemos preguntarnos es sobre la “calidad de amor” que manifestamos hacia los demás, es decir, sobre nuestra entrega generosa por los hermanos; cuestionarnos sobre nuestra disposición para “indultar” al prójimo la falta cometida; o absolverlo, verdaderamente, de una falla real o presunta. El “gran amor” de Jesús, que consiste en “dar la vida” por el prójimo, implica perdón total, real, absoluto; sin “residuos” ni resquemores. De lo contrario, no estaríamos ante el amor cristiano sino ante una simple caricatura del amor que no va más allá del restablecimiento de relaciones de cortesía y de buenos modales.

A propósito de la conducta sutil y educada, el papa Francisco pide prestar atención a ciertas actuaciones afables o amables porque el demonio se presenta con “conducta educada”. No confundirla con el amor. Porque el demonio no ama ni se entrega por los demás; todo lo contrario, el demonio pone en movimiento el “odio” -antípoda del amor-. El comportamiento del maligno se vale de todo; usa a los demás para sus fines; su objetivo es destruir disfrazándose con la “careta” de la educación, con la máscara de los modales convencionales y de la estudiada actuación. Quieren convencer de que no son enemigos; que son aliados y se sientan a tu mesa para susurrar y murmurar contra los demás. Son extremadamente peligrosos (cf. Francisco, Homilía, Santa Marta: 12/10/18). Urge, por eso, la edificación de nuestras relaciones personales y comunitarias según este mandamiento principal: “... amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). No según el amor mundano, interesado y utilitarista, sino a la manera de Cristo.

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