Para José Duarte Penayo, Alfredo Stroessner forma parte de la "historia grande del Paraguay". En cierto sentido tiene razón: en un siglo XX lleno de tiranuelos, Stroessner fue el mayor tirano que haya pasado por el Palacio de López. Duarte dirá: eso es caer en frases gastadas, es apelar al tribalismo, es llevar el debate a un plano emocional. Lo que su hipocresía no reconoce es que fue él quien desató este debate lanzando voleas al plano emocional, para luego replegarse a su torre intelectual ante cada contragolpe en su mismo plano. El sentido de decir, en el contexto en que lo dijo, que Stroessner no fue un dictador sino un "presidente constitucional", no es sentar las bases correctas para una caracterización politológica adecuada. Mientras los intelectuales elaboran puntillosos ensayos sobre el concepto de dictadura en la república romana, en el fondo ladran los que escuchan el silbato en otra frecuencia: mi general no fue tan malo como dicen, su dictadura fue incluso "benigna".
Duarte sabe mejor que muchos que la política no opera solo ni principalmente en el plano intelectual. Ante la nostalgia de las ventanas abiertas, ante el temor a los asaltantes, ante la pérdida de un sentido de orden y de pertenencia, ¿de qué sirven los argumentos? A los que anhelan el retorno del régimen criminal, o militan por la construcción de uno nuevo, poco inquietan listas de desaparecidos, torturados y exiliados. Mucho menos les preocupa saber si el régimen realmente podía llamarse constitucional. Como diría Maurice Merleau-Ponty, uno de los pensadores preferidos del propio Duarte, ¿de qué sirve decir verdades, "si estas son estériles, al no ser dichas a la manera política—en el lenguaje que dice sin decir, que toca cada uno de los resortes de la cólera y la esperanza,—y que nunca será la prosa de lo verdadero?" Lo importante en este contexto no es el contenido proposicional de los dichos de Duarte, sino precisamente lo que dice sin decir.
Por eso me abstengo de participar en un "debate" sobre un tablero en el que la casa gana sin importar el resultado del juego. Responder a las frasecillas de Duarte como si contuvieran un argumento a rebatir es morder el anzuelo. Duarte obtiene lo que quería: la calidez del seccionalero que el día de mañana lo va a votar para senador o para cualquier otro cargo. Pero si además damos a sus dichos el respeto que corresponde a palabras que buscan ser una representación de la verdad, logra algo peor: revestir a la nostalgia del dictador de finos ropajes intelectuales. En ese sentido poco importa si los argumentos elaborados son a favor o en contra de Stroessner. Aceptar la jugada de Duarte de llevar la discusión al plano historiográfico es dejarlo ganar por walkover. El neoestronismo ya logra la victoria de ser tratado como una posición intelectual digna de respuesta.+
Esto poco importaría si el stronismo fuera apenas una parte de nuestro pasado, a ser discutido a la distancia, como quien discute si Julio César debió o no cruzar el Rubicón. El pasado no está muerto, no es ni siquiera pasado, como dijera Faulkner. El movimiento cartista en el gobierno, al que pertenece el propio Duarte, avanza en un proyecto político que nos acerca cada día de nuevo hacia las sombras del despotismo. El primer intento de lograr la reelección en 2017 fracasó ante la brava resistencia de la ciudadanía, pero eso no significa que Horacio Cartes haya desistido de proseguir con la consolidación de su proyecto de poder absoluto. Reprimen a la protesta campesina ante el silencio de la prensa asuncena, utilizan al poder judicial a su antojo, removieron sin el más mínimo proceso a la senadora Kattya González, y avanzan en proyectos legislativos que dificultan una oposición efectiva y la participación de la sociedad civil. Cartes ya ha logrado el control más férreo de la ANR que se haya visto en esta era democrática. En un contexto internacional en el que proyectos autoritarios son vistos cada vez con mejores ojos, los paraguayos no podemos permitirnos ceder un centímetro ante este avance, ni esperar la ilusión de un rescate desde afuera.
La función de un intelectual afín al poder no es, como tal vez se ufane Duarte, la de dotarlo con dirección. Es de revestir al puño de hierro con guantes de seda. Stroessner también tuvo a sus servidores letrados, como relata Raúl Acevedo en un estudio en curso. Cumplen esta función no por el contenido de sus palabras, sino porque dotan al poder de una legitimidad que nunca le podrá otorgar una arenga de seccional. Es la misma función legitimadora que cumplen los títulos de Santiago Peña y su ocasional discurso de demócrata liberal. Pero un Peña o un Duarte no pueden cumplir dicha función ellos solos. Requieren de la ayuda de muchos otros, aquellos intelectuales que mantienen la apariencia de independencia y las manos limpias, pero que, por ingenuidad o conveniencia, se permiten ignorar al puño para saludar al guante. Tratan a los voceros intelectuales del poder como dignos de una respuesta académica, o incluso los defienden de "ataques" que impiden dialogar con la frialdad que corresponde a la torre de marfil. Duarte no es ningún zonzo, sabe perfectamente el efecto político y emocional que tienen sus palabras. En su pugna por una posición, ha elegido el camino más fácil para un intelectual: el de plegarse al poder existente y adornarlo con frases grandilocuentes. Al mismo tiempo, busca preservar su imagen de erudito. No hace falta ser doctor de la Sorbona para poder ver lo que se esconde bajo el adorno.
Sobre el autor: Mauricio Maluff Masi es magíster y doctorando en filosofía por Northwestern University de Evanston, Illinois, EEUU. Actualmente se desempeña como profesor de filosofía en la Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción" y en la Universidad Columbia del Paraguay. Su tesis doctoral en curso es una reinterpretación de la desobediencia civil como herramienta política.