1Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. 2Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. 3Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio 4y le dicen: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?" 6Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en el suelo. 7Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". 8E inclinándose de nuevo, escribía en el suelo. 9Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. 10Incorporándose Jesús le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" 11Ella respondió: "Nadie, Señor". Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más".
[Evangelio según san Juan (Jn 8,1-11) —5º domingo de Cuaresma—]
El texto del Evangelio propuesto por la liturgia de la palabra, en este 5º domingo de Cuaresma, se centra en un episodio en el que las autoridades religiosas ponen a prueba a Jesús en relación con un caso de adulterio. Con habilidad exegética, sin trasgredir las normas establecidas, el maestro logra que la mujer acusada quede libre y no se la ejecute en un linchamiento público. Al mismo tiempo, consigue que los acusadores se confronten a sí mismos y renuncien a la intención de lapidarla.
El suceso que el evangelista narra sitúa a Jesús en el Monte de los Olivos, referente emblemático del inicio de la pasión (Jn 18,1-2); y, sin entrar en más detalles, traslada el escenario al Templo, institución referencial de la fe y el culto de todo Israel. San Juan indica que el maestro se dirigió allí muy temprano y que todo el pueblo acudía a él. El cuadro que pinta el narrador es de una sesión didáctica, de enseñanza, pues, informa que Jesús, sentado, se puso a enseñar a la gente (Jn 8,1-2). De hecho, cuando Jesús acude al Templo, de ordinario, es para "enseñar" e "instruir".
De inmediato, el autor enfoca su atención en los "escribas y fariseos" quienes se hacen presentes ante Jesús llevando "una mujer sorprendida en adulterio". Los escribas son representantes de la élite intelectual de Israel. Son los intérpretes oficiales de la Toráh y muchos de ellos ejercen la magistratura teniendo presente que la misma Biblia Hebrea era el código legislativo civil. Los fariseos pertenecían a la clase laica de la sociedad y se preciaban por el estricto cumplimiento de los mandamientos, leyes y normas.
De la mujer no se dice su nombre, es innominada, es anónima. En casi todas las películas se presenta a esta mujer como si fuese María Magdalena, lo cual es un grave error. Además, de María Magdalena nunca se dice, en todo el Nuevo Testamento, que haya sido sorprendida en adulterio o que fuera una meretriz. Lo que se dice es que Jesús "echó de ella siete demonios". Pues bien, lo único que sabemos de esta desconocida mujer es su pecado: fue sorprendida en adulterio.
Lo primero que hacen los escribas y fariseos es, por un lado, reconocer a Jesús como rabbî; pues, ensayando el arte de la captatio benevolentiae, le llaman "maestro", reconociendo, aparentemente, su doctrina y su conocimiento. Es un trato que se asimila a hipocresía porque en el episodio anterior, lo calificaron de "embaucador" (Jn 7,47). Seguidamente, como si fuese un juicio, presentan la notitia criminis, es decir, la materia del delito: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio" (Jn 8,4) —acusan los escribas y fariseos—. La desventaja de la acusada consiste en que la transgresión fue tipificada de flagrancia. El texto griego emplea el vocablo autófōros que quiere decir "en el acto mismo"; es decir, fue sorprendida in fraganti.
El adulterio, en el Oriente antiguo, era considerado un delito especialmente grave; y en Israel era castigado, incluso, con la pena de muerte. Según el Libro del Levítico, la gravedad de este pecado consiste en el hecho de que "perturba la alianza o pacto con Yahwéh" (Lv 20,10). De hecho, figura en uno de los mandamientos del Decálogo: "No cometerás adulterio" (Ex 20,14). Y el Nuevo Testamento recoge estas leyes, con cierta frecuencia, convalidando esta normativa en su carácter vinculante y como cláusula básica de los preceptos éticos (cf. Mt 5,27-28; 19,18; Mc 10,19; Lc 18,20a). La pena establecida era la muerte por lapidación (Lv 20,10; Dt 22,22).
Hasta aquí no hay mayores dificultades. Podría pensarse que se trata de un caso más entre tantos otros que Jesús tuvo que abordar durante su ministerio. Sin embargo, una vez presentada la acusación, sobreviene un planteamiento tramposo; en efecto, citando Lv 20,10, ellos dijeron: "Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices"? El evangelista, en una especie de "paréntesis", comentando su punto de vista, expresa: "Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle" (Jn 8,6).
Lo que el autor está señalando es la artimaña de los fariseos, una falacia basada en la lógica de la "doble o falsa alternativa". Porque si Jesús solicita clemencia para ella se opondrá a la Ley bíblica que es clara y taxativa; pero si pide que se cumpla la Ley entrará en conflicto con la autoridad romana que regulaba las penas de muerte mediante la normativa imperial conocida como la "ius gladii" o "derecho de la espada". Esta facultad, de condenar a muerte o absolver, como será el caso de Jesús y de Barrabás, estaba reservada al Procurador. Los romanos substrajeron a los países dominados varias leyes, entre ellas, la facultad jurídica de dictar la pena capital.
Los adversarios ponen a Jesús contra la pared: Y él no tiene más remedio que pronunciarse. Los argumentos tienen un peso notable; ya no se trata de un debate académico, sino de una decisión de vida o muerte. Por eso, la "trampa" es radical. La mujer queda situada de pie; "en medio", según solía hacerse en los interrogatorios judiciales (cf. Hch 4,7). En realidad, a los escribas y fariseos no les interesaba la mujer; pues ni siquiera la interrogaron no solo porque su pecado era patente, sino porque no cuenta para nada a los ojos de la élite religiosa. A esta no le importaban las personas, menos aún las desdichadas, pues estaban empeñados en mantener su prestigio y su posición política y económica.
Jesús, sin embargo, no responde; parece evadir el planteamiento, o, al menos retrasar o dilatar. Luego, finalmente, se inclina y escribe con el dedo en el suelo. Muchos consideran este acto como un gesto profético, probablemente en alusión al dicho de Jeremías: "Los que se apartan de Dios serán inscritos en el suelo" (Jer 17,13). Porque los salvados están inscritos arriba, en el "libro de la vida" (cf. Lc 10,20; Ap 13,8).
¿El nombre o los nombres de quién/ o de quiénes escribía Jesús en el suelo? El evangelista no lo dice; nunca lo sabremos, aunque lo podemos suponer o deducir. Quizá lo que viene después —la respuesta del maestro— nos dé alguna pista: "Aquel de vosotros que esté sin pecado que le arroje la primera piedra" (Jn 8,7). Esto quiere decir, con otras palabras, "que se cumpla la Ley", pero que los ejecutores sean impecables, irreprochables. Pues, el que tiene una viga en el ojo no puede sacar la paja del ojo ajeno (cf. Mt 7,1-5; Lc 7,37-38).
Hábilmente, Jesús traslada la cuestión del ámbito jurídico al campo moral, pidiendo un examen de conciencia: "El que no tenga pecado" —dice Jesús—. Porque sabe que, según el testimonio constante de las Sagradas Escrituras, "nadie es justo ante Dios" (cf. Rom 3,9-11) Así, Jesús no cae en la trampa; no se opone a la Ley Bíblica ni al derecho romano; y con una hábil argumentación hace triunfar la misericordia: Salva la vida de la mujer y somete a los acusadores al tribunal de sus conciencias.
Al oír la sentencia de Jesús, escribas y fariseos se fueron retirando uno a uno, comenzando por los más ancianos, quizá por ser los más débiles o por ser los mentores del proceso sumario. El episodio recuerda aspectos del caso de la "casta Susana", no por el caso de la mujer en cuestión porque esta no había cometido pecado sino por la tipología de "jueces", los cuales siendo los perpetradores del delito la acusaron falsamente presentándose ellos como los celosos custodios de la ley y de la moral. Eran viejos, aunque no sabios sino expertos en maldades (cf. Dan 13,1-64), como los ancianos de nuestro texto (cf. Jn 8,9). En definitiva, la autoridad religiosa no pudo con Jesús. No tuvo ni la inteligencia ni la estrategia para doblegarlo. No lograron sorprenderlo con su planteamiento meramente jurídico.
Jesús quedó solo con la mujer, pues los demás se marcharon. Ninguno la condenó; por eso, tampoco él la condenaba. Jesús no le dice que le perdonaba sus pecados. Le dijo "tampoco yo te condeno" (Jn 8,11b), es decir, el maestro permanece en el terreno jurídico de los escribas y fariseos para significar que ellos (los líderes religiosos), siendo igualmente pecadores, no tenían autoridad moral para condenar a otra pecadora como ellos.
No resulta coherente, de hecho, que unos pecadores —escribas y fariseos— sean tan crueles con una pecadora tomando como referente una ley desprovista de contextualización. Probablemente los escribas y fariseos —junto con los ancianos— pensaban que al ostentar posiciones privilegiadas en la conducción religiosa de Israel quedaban exonerados de sus pecados, un autoengaño tan atroz como absurdo.
Con todo, Jesús no condesciende ni contemporiza con el pecado. Él no le dice a la mujer adúltera que puede continuar pecando. No deja las cosas como están; apuesta a la misericordia, pero plantea límites. Por un lado, absuelve a la pecadora; pero, esa misma liberación es ocasión para que le llame a la mujer a la conversión, es decir a "no pecar más" (Jn 8,11c); pues al ser liberada deberá vivir, en adelante, de conformidad con su nuevo status de libertad.
En fin, la Cuaresma es un tiempo privilegiado para hacer una "peregrinación interior", una revisión de nuestras vidas, de nuestro modo de ser y de actuar. Este texto, particularmente, interpela nuestra conciencia de creyentes. La figura de la mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio nos recuerda cuán frágiles somos; que somos débiles y pecadores, necesitados de la indulgencia de Dios. La figura y el comportamiento de los escribas y fariseos nos señalan que, en cada uno de nosotros, a pesar de nuestra adhesión a Cristo, sobreviven remanentes de hipocresía; de dureza y de crueldad para con nuestros semejantes. En Cristo, en cambio, encontramos el paradigma de la sabiduría, de la liberación y de la misericordia y, simultáneamente, de la exigencia de conversión. El Señor Jesús nos invita a adherirnos a su Evangelio con la mente, el corazón y con todas nuestras energías vitales.