Paraguay en el tablero: entre potencias y la apuesta taiwanesa

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Mientras en Paraguay se planificaban los actos por las fiestas patrias, el presidente Santiago Peña realizaba una visita oficial a Taiwán acompañado por empresarios y representantes del sector productivo. Al mismo tiempo, a más de 12.000 kilómetros de distancia, Donald Trump y Xi Jinping protagonizaban en Beijing una de las cumbres diplomáticas más observadas del año: dos días de conversaciones marcadas por disputas comerciales, inteligencia artificial, seguridad global y, sobre todo, la cuestión taiwanesa.

La simultaneidad de ambos acontecimientos no pasa inadvertida. No necesariamente porque exista una coordinación explícita entre Washington, Asunción y Taipéi, sino porque el tablero internacional actual convierte cualquier movimiento diplomático relacionado con Taiwán en un mensaje político. Y Paraguay, en ese tablero, ocupa un lugar singular: es el único país de América del Sur que mantiene relaciones diplomáticas plenas con Taiwán y rechaza reconocer a la República Popular China.

Ese detalle, que durante décadas parecía apenas una rareza diplomática, hoy adquiere un peso estratégico enorme.

La visita de Peña no fue protocolar ni simbólica. La agenda estuvo orientada a fortalecer inversiones, ampliar vínculos comerciales y ratificar una alianza histórica vigente desde 1957. El mandatario llegó acompañado por cerca de 50 empresarios, en una señal clara de que Asunción busca transformar la relación política en una plataforma económica más amplia.

Sin embargo, el contexto internacional cambia la lectura de ese viaje. En Beijing, Xi Jinping dejó en claro que la isla representa "la cuestión más importante" en la relación entre China y Estados Unidos, y advirtió que si el tema no se maneja bien, ambas potencias arriesgan "choques e incluso conflictos". Trump, por su parte, optó por un tono más pragmático: dijo preferir que la situación "se mantenga como está" y describió como "ficha de negociación" la venta pendiente de armas defensivas a Taiwán por 14 mil millones de dólares, un acuerdo aprobado por su propia administración que Beijing rechazó como una provocación directa. Y aunque trató el tema con ligereza, abandonar la isla tampoco es una opción sencilla para Washington: Taiwán alberga a TSMC, la única empresa en el mundo capaz de fabricar los microchips más avanzados del momento, componente esencial para la industria, la defensa y la inteligencia artificial estadounidense. Ceder Taiwán no es solo una concesión geopolítica, es entregar el corazón tecnológico del siglo XXI.

China sostiene desde hace décadas el principio de "Una sola China", según el cual Taiwán no es un Estado soberano, sino una provincia rebelde que eventualmente debe reincorporarse al territorio continental. Taiwán, en cambio, funciona en la práctica como un país independiente: tiene gobierno, elecciones democráticas, moneda, fuerzas armadas y relaciones internacionales propias. Pero Beijing utiliza su poder económico y diplomático para aislarlo del sistema internacional.

Allí aparece Paraguay.

Paraguay no solamente mantiene relaciones con Taiwán; se convierte además en un símbolo político para Occidente. Cada vez que un país sostiene vínculos con Taipéi, desafía indirectamente la estrategia diplomática china. Y eso tiene costos, beneficios y tensiones.

Desde hace años, sectores empresariales paraguayos cuestionan que el país no tenga relaciones comerciales directas con China continental, principal comprador mundial de alimentos y uno de los mayores mercados para la carne y la soja. El argumento económico parece lógico: Paraguay necesita exportar más y China representa una demanda gigantesca. Pero la política internacional rara vez funciona únicamente bajo lógica comercial.

Taiwán y Estados Unidos compensan parcialmente esa ausencia con cooperación, financiamiento, inversiones y apoyo político. Paraguay recibe asistencia tecnológica, educativa y sanitaria de Taiwán, además de mantener un alineamiento estratégico con Washington. En términos geopolíticos, Asunción se convirtió en una pieza de confianza dentro del esquema occidental en América Latina.

La pregunta de fondo es si esa posición será sostenible a largo plazo.

Lo que la cumbre Trump-Xi revela no es una ruptura, sino algo más inquietante para países en la posición de Paraguay: que las grandes potencias negocian en función de sus propios intereses, y que la ambigüedad puede ser tan desestabilizadora como una decisión clara. Si Washington privilegia acuerdos económicos con Beijing o busca reducir tensiones en torno a la isla, Paraguay podría enfrentar presiones más complejas en el futuro, no necesariamente una ruptura inmediata, pero sí mayores exigencias diplomáticas y comerciales.

China avanza en América Latina mediante infraestructura, financiamiento y comercio. Brasil, Argentina, Chile y Perú tienen relaciones intensas con Beijing. Incluso gobiernos ideológicamente distintos terminan acercándose a China por necesidad económica. Paraguay permanece como excepción. Pero las excepciones en política internacional siempre son frágiles.

Desde el punto de vista geográfico, Paraguay posee una característica singular: está en el corazón de Sudamérica, sin salida al mar, pero conectado a corredores bioceánicos y cadenas agrícolas estratégicas. Su estabilidad política y energética lo convierten en un socio relevante para inversiones logísticas y agroindustriales. China lo sabe. Estados Unidos también.

Por eso Taiwán tiene para Paraguay un valor que supera lo ideológico. La relación con Taipéi es también una forma de posicionamiento internacional. Paraguay ofrece legitimidad diplomática a Taiwán en una región donde Beijing ya consolidó influencia económica y política.

La visita de Santiago Peña puede interpretarse entonces como un gesto de reafirmación estratégica: Paraguay quiere mostrar que no modificará fácilmente su política exterior pese a las presiones globales. Pero el escenario que se abre hacia adelante es más complejo que el que existía hace una década. El mundo no atraviesa una confrontación abierta entre bloques, sino una etapa de negociación pragmática donde los principios democráticos conviven incómodamente con intereses económicos, y donde la ambigüedad de las grandes potencias puede pesar más sobre los países pequeños que una amenaza directa.

Taiwán representa hoy mucho más que una isla. Es el punto donde chocan democracia liberal, autoritarismo, tecnología, comercio y seguridad global. Y Paraguay, aunque pequeño en territorio y población, quedó inevitablemente ubicado dentro de esa disputa. La verdadera pregunta no es si nuestro país sostendrá su posición hoy, sino qué tan costoso resultará mantenerla mañana, cuando los gigantes terminen de redefinir sus términos.