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Uno de cada cuatro hogares paraguayos aún arrastra carencias básicas, según el INE

El 28,3% de los hogares del país presenta al menos una necesidad básica insatisfecha, según el INE. El indicador revela una dimensión de la pobreza que va más allá del ingreso y expone las brechas persistentes en vivienda, infraestructura sanitaria, educación y capacidad de subsistencia.

23 Julio de 2026
23 Julio de 2026
Economía familiar no levanta cabeza.
Economía familiar no levanta cabeza. Imagen referencial.

Paraguay ha logrado avances en la reducción de la pobreza monetaria, pero una parte importante de los hogares continúa enfrentando carencias que no se resuelven únicamente con mayores ingresos. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que el 28,3% de los hogares del país presenta al menos una Necesidad Básica Insatisfecha (NBI), una medida que permite observar la dimensión estructural de la pobreza y las condiciones en las que viven las familias.

El indicador, elaborado con base en los resultados del Censo Nacional de Población y Viviendas 2022, revela que cerca de uno de cada cuatro hogares paraguayos mantiene al menos una privación en dimensiones consideradas esenciales para una vida adecuada. La medición contempla cuatro áreas: calidad de la vivienda, infraestructura sanitaria, acceso a la educación y capacidad de subsistencia.

La principal lectura que dejan estos datos es que la pobreza no puede medirse únicamente por cuánto dinero ingresa cada mes a un hogar. Una familia puede superar temporalmente una línea de pobreza monetaria y, sin embargo, continuar viviendo en una vivienda precaria, sin condiciones sanitarias adecuadas o con dificultades para garantizar la permanencia de sus integrantes en el sistema educativo.

La diferencia entre ambos indicadores resulta fundamental para comprender la situación social del país. La pobreza monetaria mide la capacidad de los hogares para adquirir una canasta básica de bienes y servicios a partir de sus ingresos, mientras que las NBI permiten identificar privaciones acumuladas que reflejan condiciones de vida y déficits estructurales. En 2025, la pobreza monetaria total se redujo al 16% de la población, desde el 19,6% registrado en 2024, según la actualización de la serie del INE. Sin embargo, la persistencia de las NBI muestra que la mejora de los ingresos no necesariamente avanza al mismo ritmo que la solución de los déficits históricos.

Dentro de las carencias identificadas por el Censo 2022, el acceso a la educación representa el 10,6% de los hogares, seguido por las deficiencias de infraestructura sanitaria, con 10,4%. La capacidad de subsistencia concentra el 8,3% y la calidad de la vivienda, el 6,4%. Un mismo hogar puede presentar más de una de estas carencias, por lo que los porcentajes no deben sumarse para obtener el total de hogares afectados.

La infraestructura sanitaria constituye uno de los puntos que mejor refleja las desigualdades territoriales. Los datos más recientes del INE indican que el 93,4% de los hogares cuenta con acceso a saneamiento mejorado, pero la diferencia entre las zonas urbanas y rurales sigue siendo significativa: mientras en las ciudades el acceso alcanza al 97,8%, en el área rural llega al 82,5%. La brecha muestra que los promedios nacionales pueden ocultar realidades muy diferentes según el lugar donde vive cada familia.

Algo similar ocurre con el acceso al agua mejorada. A nivel nacional, el indicador alcanza al 93,2% de los hogares, pero baja al 89,6% en el área rural, frente al 94,6% en las zonas urbanas. Aunque el país ha avanzado en cobertura, todavía existe una distancia entre la situación promedio y la calidad efectiva de los servicios disponibles para determinados grupos de la población.

La persistencia de las NBI también plantea una cuestión sobre la calidad del crecimiento económico. La reducción de la pobreza monetaria es una señal positiva, pero su impacto social será limitado si no se traduce en mejoras sostenidas de las condiciones de vivienda, educación, saneamiento y acceso a servicios básicos. El desarrollo no consiste solamente en que las familias tengan mayores ingresos, sino en que puedan transformar esos ingresos en mejores condiciones de vida.

El desafío es especialmente complejo porque las carencias tienden a concentrarse en determinados territorios y grupos sociales. Por eso, la información desagregada adquiere un valor estratégico: permite identificar dónde están las mayores brechas y orientar las políticas públicas hacia las necesidades concretas de cada comunidad. El propio INE destaca que la medición de las NBI ofrece una mirada integral de la pobreza estructural y una desagregación territorial útil para diseñar políticas con mayor focalización.

La reducción de la pobreza monetaria registrada en los últimos años abre una oportunidad para avanzar sobre esa segunda capa del problema. Cuando una familia deja de estar por debajo de la línea de pobreza, el siguiente paso debería ser que también pueda acceder a una vivienda digna, servicios sanitarios adecuados, educación y condiciones que le permitan sostener su bienestar en el tiempo.

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