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Una cosa por otra

Relato incluido en la antología "Claroscuro. Cuentos y ensayos sobre la transición a la democracia", editada por Sebastián Ocampos y publicada por Editorial Y.

José Bueno Villafañe
por José Bueno Villafañe 14 Diciembre de 2025
14 Diciembre de 2025
Portada de la antología "Claroscuro. Cuentos y ensayos sobre la transición a la democracia".
Portada de la antología "Claroscuro. Cuentos y ensayos sobre la transición a la democracia". Cortesía

Bernardino resolvió comprar un arma e ir a Yvykuí. Lo que le había contado su madre era intolerable. ¿Sus propios primos, de la familia del padre, habían entrado en su campo para robar las vacas? ¿Una, dos, tres, más veces? Ella, en vano, trató de calmarlo: 

—Son nuestros familiares. Encima los más pobres. Con esta crisis la gente hace cualquier cosa... Tu tío va a hablar con ellos. Anike nde tarova, che memby.

—Ya tomé una decisión —le dijo él.

Tras hablar con la madre, llamó a un amigo, expolicía que se movía en el mercado negro de venta de armas. Fijaron un día y lugar para el intercambio. Fue de noche, detrás de algunos depósitos cercanos de la zona de Calle Última. El arma era una escopeta de caño largo, de las que disparan balas expansivas.

—Ya es ya —dijo Bernardino, y le entregó un sobre.

Cuando llegó al viejo edificio en Luque donde alquilaba un monoambiente, notó que sus manos estaban temblando. Respiró profundo, abrió la puerta del cuartucho, entró, guardó el bolsón con el arma en el ropero y buscó una cerveza de la heladera. Se dejó caer en el sofá. El temblor no cesaba. Volvió a respirar profundamente y bebió un largo trago, mientras recogía el control del televisor.

Despertó con dolor de cabeza y la boca pastosa, sabor herrumbrado de la mala bebida. Lo peor, sin embargo, era el dolor en la espalda alta. Aún no sabía que eso y el insomnio no lo abandonarían más. Vio la hora: era tarde. Los mensajes de Juana, su novia, a quien buscaba todos los días para llevar al trabajo antes de ir al suyo, pasaron de preguntas a acusaciones y reproches. Con los ojos entreabiertos y los dedos torpes escribió: Ya voy.

En la oficina del Ministerio, los funcionarios conversaban sobre la proximidad de las elecciones. La mayoría tenía un candidato, al que habían condicionado para que "haga algo respecto del tema de las horas extras y el aguinaldo". Bernardino no les prestaba atención. Ya le habían hecho bromas sobre el rostro, el peinado y la mirada con la que había llegado. Él respondió con otras bromas. Todos rieron, mientras revisaban las carpetas, las planillas y los biblioratos. Igual que otros días de trabajo.

Juana le invitó a salir el viernes. Estaba preocupada por el ánimo y el aspecto de él. Cuando ella le preguntaba por eso, Bernardino solo decía irritado:

—Mucho trabajo nomás es. 

Ella creía que las parejas no debían tener secretos. Entonces, haría lo que estuviera a su alcance por él. Ya sentados, mientras comían y bebían, insistió:

—Quiero estar tranquila. Contame qué te pasa, ¿sí?

Él tomó el vaso con cerveza, bebió un trago e inició una narración larga y difícil de seguir. Hablar no era su fuerte. Ambos lo sabían. Durante el relato, él se presionaba con los dedos la parte de la espalda. Ella intentó no interrumpirlo, pero cuando llegó al momento de la compra del arma, le dijo:

—¿Vos pio estás loco?

—Sabía luego que no me ibas a entender.

—¿Cómo se puede entender que tu novio quiere volver a su valle para matarle a unos ladrones de vacas que, encima, son su familia?

—Y vos por lo menos no podés.

Discutieron, por momentos, a los gritos. Él se levantó y se fue. Ella se quedó y se cubrió con las manos el rostro con lágrimas. Recordó a su madre. Le había advertido que Bernardino «algo tiene que no me gusta». Pero qué iba a saber ella, también la madre, que ese hombre bajo y panzón, pero atento y con sentido del humor, escondía a un potencial homicida.

Amanecía cuando Bernardino llegó a la estación de servicios previa de la entrada a Yvykuí. Estacionó, entró en la tienda, buscó un sándwich y pidió café con leche. Se sentó frente al televisor. En las noticias hablaban del candidato del Ministerio y de la investigación que lo relacionaba con licitaciones arregladas. Era su candidato, también, por lo que prestó atención. El aire acondicionado soplaba tanto frío que se le erizaron los pelos. Además, notó que las manos le temblaban y que mordía con mucha fuerza el sándwich.

Salió y aspiró el aire húmedo de la mañana. Olía a rocío y a bosta de vaca. Se rascó la panza y se presionó con una mano la zona adolorida de la espalda. Subió al vehículo. Lo puso en marcha y encendió la radio. Escogió la canción "Mamama" y la fue tarareando, mientras golpeaba con los pulgares el volante e ingresaba en la ciudad. El sol brillaba. Reconoció los lugares que había recorrido en su infancia y adolescencia. Eso lo calmó, lo puso de un mejor humor. Vio a conocidos y los saludó. Algunos perros dormían en los patios frontales. Los dueños, sentados bajo árboles frondosos, contemplaban el transcurrir de los demás. 

Tanta calma, sin embargo, acabó cuando llegó al centro. Vio nuevos locales de bancos, venta de artículos electrónicos, ropa casual y deportiva, así como comedores. Cada uno con un equipo de sonido. Todos competían contra el volumen del vecino. Él también elevó el volumen de la radio. Sonaba la canción "Nunca es suficiente". Lo dejó melancólico y tenso, cuando se encaminaba a la casa familiar.

También Lourdes, su madre, se puso tensa cuando lo vio llegar. Quería y extrañaba a su hijo, pero le hubiera gustado verlo en otra circunstancia. El saludo fue frío. Ella le ofreció asiento y comida. Él aceptó. Mientras preparaba el plato y los cubiertos, llamó a Mercedes, su hija. 

—Vení a saludarle a tu hermano. 

El resto del día pasó con el relatorio de infortunios de Lourdes y la evidencia del deterioro de su relación con Mercedes. Su padre era un ebrio y ausente. Los vecinos ayudaban y murmuraban. La crisis económica y los robos. La preocupación por el futuro de las dos. 

—Acá Meche no tiene nada que hacer, pero tampoco quiero quedarme sola.

Varios días estuvo Bernardino en la casa familiar, esperando. No pudo dormir. Notó que Lourdes y Mercedes tampoco. Agudizó el oído: podía sentir el crujir de la madera, el roce de las hojas en la brisa nocturna, una cachaca a kilómetros de distancia. Le alteraban los ladridos del perro. Hacían que, con manos sudorosas, buscase el arma, la sostuviera y fuera hasta donde se encontraba. Disparó contra arbustos en movimiento, donde se ocultaban infortunadas guineas, pollos y otros perros. Cavó una fosa profunda para ellos.

Resolvió volver a Luque al séptimo día. Le dijo a Lourdes que no podía ausentarse tantos días en la oficina.

—De paso, me voy a fijar si hay algún trabajo para Meche —comentó en el almuerzo. 

Mercedes sonrió. 

Él notó que sus manos estaban firmes, los músculos relajados, los dientes menos apretados. Por fin volvería a dormir.

A las tres de la mañana los ladridos del perro lo despertaron. Por inercia fue a buscar el arma. Algo le hizo pensar que debía ser más cauteloso. Caminó agachado y con pasos cortos hasta el tambo y los vio: dos de sus primos y un tercer hombre trataban de llevar una de las vacas. Se acercó hasta el rango de tiro, apuntó y disparó. El sueño, la tensión, los nervios y la oscuridad hicieron que fallara. La vaca recibió el disparo a la altura del cuello y murió al rato, regando de sangre el suelo. Los ladrones huyeron. Él los persiguió en vano.

Una siesta nublada de sábado, Bernardino acompañó a un amigo a una reunión. Sería en la quinta del candidato del Ministerio, cuya investigación demoraba en dar resultados. No había espacio en el estacionamiento cercano. Cuando llegaron, escucharon la polca partidaria y vieron que el humo del asado se elevaba sobre las cabezas de los invitados, en su mayoría adultos obesos, acompañados de chicas jóvenes.

El amigo lo introdujo a un tal don Víctor. 

—Me gusta tu nombre y de donde sos —fue su primer comentario, antes de una risotada y palmadas en los hombros.

—Mi socio acá tiene un problema y quería saber un poco cómo le podemos ayudar —dijo el amigo.

Bernardino le contó desordenadamente lo que había ocurrido. Don Víctor escuchó atentamente y contestó:

—Nosotros, hermano querido, no somos delincuentes. Pero tampoco podemos no hacer nada ante el problema de un correligionario. Si no nos cuidamos entre nosotros, entonces, quién... Esto no se va a quedar así, quedate tranquilo.

Despachados, se sentaron a comer y beber. Alrededor, todo era algarabía, júbilo y abundancia. Se quedaron hasta que el cielo oscureció. 

Tambaleantes, fueron al vehículo, donde Bernardino durmió apenas se acomodó en el asiento. Despertó al día siguiente. El amigo le dijo que lo vio dormir muy tranquilo y que decidió no molestarlo.

—Qué calidad, mi cuate —dijo Bernardino, que solo quería llegar al cuartucho para seguir durmiendo, descansando.

Una semana después, mientras era festejado el cumpleaños de uno de los funcionarios, Bernardino recibió una llamada del amigo. Salió al pasillo para los fumadores. Contestó.

Ha upéi, Berna. Nde, ¿tenés tiempo? 

—Sí, claro. Qué hay.

—¿Te acordás de don Víctor, verdad? Bueno, pues, esta mañana me mandó decir que tu temita ya está solucionado.

—¿Cuál tema, pio? —preguntó, sabiendo de qué se trataba.

—Ese que vos le contaste aquella vez que fuimos al asado. Anike eñembotavy, che socio. Jaja, bueno, pues, me manda decirte, por un lado, que estés tranquilo, que a tu gente ya nadie le va a molestar más.

"Por un lado". Esa expresión le sacó todo el alivio.

—Otro tema es que el don me pidió que te pida un favor: viste que ese candidato del Ministerio donde vos trabajás es su contrario... Parece que le lleva una buena ventaja, y hasta que supo de dónde eras y te conoció, no tenía un contacto directo para saber más cosas del tipo. Don Víctor necesita que vos le consigas todos los documentos sobre el problema ese que tiene con las licitaciones.

—Heee, y no sé, no va a ser tan fácil, correlí. Sacar esa información implica tocar el sistema, o sea, que yo entre con mi usuario y vea qué hay. Eso queda todo registrado. Si se publican los documentos en la prensa, bastará una auditoría para que me pillen y me saquen de acá.

—No vaya pues a ser tranca, Berna. Acordate de lo que decía el general sobre los mejores amigos. Este es un país de amigos y no te conviene no tenerlos. Don Víctor es un buen amigo, de verdad te digo. Él ya te ayudó, ahora vos le ayudás a él. Hacé nomás lo que se te pide y después vemos ese otro tema que dijiste.

Bernardino, ebrio, recostado en el sofá del cuartucho. Dejó las latas vacías y las colillas de cigarrillo desparramadas en el suelo. El televisor estaba encendido. Pasaban la película Hannibal que él encontraba larga y aburrida. Sin embargo, prestó atención a uno de los diálogos entre Hannibal Lecter y Clarice Starling. "Quid pro quo, Clarice", dijo Hannibal, y los subtítulos tradujeron «Una cosa por otra». Pensó en la frase, mientras giraba sobre sí mismo, adolorido y temblando, aterrorizado por las sirenas de las patrulleras en la madrugada.

 

Nota de edición: Claroscuro. Cuentos y ensayos sobre la transición a la democracia, Editorial Y, 2025. Antología de treinta y seis autores contemporáneos paraguayos. Introducción y edición: Sebastian Ocampos, 432 páginas. La publicación es resultado del "Proyecto Transición", organizado por Revista Y y apoyado por Ciencia del Sur, con el objetivo de reunir a jóvenes autores y autoras de todo el país para pensar, narrar, publicar, difundir y debatir lo sucedido en los últimos treinta y seis años, "en busca de comprender las causas de que el Paraguay aún se encuentre en este periodo llamado transición a la democracia". La antología incluye textos de Sergio Alvarenga, Adán Amarilla, Isidro Britez, José Bueno, Patricia Cabañas, Jéssica Cohene, Lilian Córdoba, Rubén Darío Cuevas, Ricardo Doldán, Erasmo Martín Fonseca, Valeria Franco, Fredy Fretes, Esteban Hermosa, Yobana Insúa Rojas, Ana Leguizamón, Cristian David López, Joel López Vidal, Linda Mazacotte, Guido Mendieta, Adriana Mora, Fernando Pereira, Lilian Portillo, Ricardo Portillo, Alexandra Pose, Guadalupe Ramírez, Alicia Riquelme Crosa, José Riquelme, Mirna Robles Armoa, Lilian Rodas Giménez, Elizabeth Rodríguez, Tania Sosa Caniza, Diego Martín Verón, Bernardo Villalba, Cecilia Zayas, Eduardo Quintana y Sebastian Ocampos. 

 

* José Bueno Villafañe (Asunción, 1987) es abogado con maestría en Politología. Es subeditor de Revista Y, donde publica reseñas de libros paraguayos contemporáneos. Su cuento "Lo más importante" fue traducido al portugués y publicado en la antología de cuentos postpandémicos @normal (2020). Su minirrelato "Rozar el paraíso" fue publicado en la antología Brevestiario (2021), editada por Brevilla, revista digital de minificción. 

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