Dedicado a los espacios públicos de Asunción.
Un fierísimo cosquilleo me recorre las vértebras; estoy como para levantar calesitas del contento que tengo en el pecho; ¡reina de los juegos florales y líder del clan por esta temporada! ¡Imagínate tú! (como decía la andaluza de mi tía Conchita). Entregada a la tarea con firme celo apostólico, me ha dado por la vena narrativa, así que aquí me tienen, armando una suerte de apretada bitácora -a ver cómo me sale- de ésta, nuestra peculiar familia grande. Es que estando yo al frente ¡la cosa cambia! ¿cómo no dejar registro de todo esto? Igual, mi cabeza no da para tanto merodeo autobiográfico, así que haré el intento por donde me llegan los recuerdos, que ya superan la centuria, lo que no es para menospreciar. Y ahí le voy. Después del encontronazo de Itá Ibaté con aquellos divinos rapáis -guapos de morir-, nuestros exóticos dominios fueron habilitados para el descanso eterno de la comunidad.
El ingreso siempre fue democrático pero, por muy mal comportamiento, Gastón y Cipriano quedaron fuera, castigados en la veredita (exigencia popular, que conste). Guggiari organizó un traslado "total" a los ojos de la prensa, pero a algunos no nos moverían ni con grúa: aquí nos despidieron y aquí nos plantamos; nada de mudanzas retobadas. Crovato cambió el nombre de la zona -sobre la colina más alta de la aldea, qué privilegio de locación- pero nosotros, nostálgicos incorregibles, mantenemos nuestra gracia original y con muchas ganas. El Rubio, con su antojo del canal en los 60, nos dejó hablando pavadas: todo el jardín de medidas euclidianas en el que tanto esmero había puesto Cirilo, pasó a formar parte de los recuerdos del clan. Eso sí, nos tomamos unas fotos monísimas -para la posteridad- con aquella magnífica obra de geometría vegetal, y lo digo yo, que para los números y los cálculos soy una bestia completa. También nos hizo mucha ilusión el decorativo ciervo de Fernandito Almeida, pero la alegría nos duró poquito: tamaña obra de arte desapareció misteriosamente una mañana, como si se tratara de un frasquito de bolsillo. Meses después descubrimos que el feroz tatú carreta que merodea por estos parajes, lo secuestró y lo instaló en su laberíntica madriguera; quién sabe si para paliar la soledad de este desubicado que debería estar en el Pantanal y no aquí con nosotros. No hubo manera de convencerle de lo contrario; más terco que mula este bicho, pero útil, hay que reconocer, ya que nos mantiene libres -con su apetito de avestruz y sus buenos 60 kilos- de las indeseables hormigas y termitas de la zona.
En los 80 inauguramos una coquetísima torre con mirador y unos sanitarios de postal, que fiscalizamos con la guardia montada porque hay que ver lo fogosos que son los aldeanos, y aquí no entro en detalles porque se me ruboriza hasta el peinado. La cantina -de forma circular- hacía sus agostos con las refrescantes bebidas, ya que la aldea, como es sabido, tiene apenas dos estaciones: la del tren y la del calor insoportable. Los bomberos de enfrente siguen alegrándonos las noches con sus guitarreadas, y los fines de semana con la jauría de colegiales que aprenden a subir escaleras, dominar las mangueras y gritar coritos como descosidos. De fútbol nunca he entendido nada, la verdad, pero estas canchas han sido una rotunda bendición. El surtido de atléticos angelitos que realizan sus prácticas aquí, pueden hacerle arder a cualquiera por combustión espontánea. Yo, en esos días, me paseo distraída con un clavel reventón en la oreja izquierda, de puro coqueta y por la alegría visual que esos chicos me generan. Ahora bien, con esto de la seguridad, estamos aunando esfuerzos con los policías asignados y la organización de "Vecinos en Alerta". Hace una semana apenas llego para un rescate. Dos tolondrones de motochorros casi matan del susto a un caminante. Eso sí, les di tal zarandeo de cabaret, que tuvieron que tirar todo lo que llevaban encima. Criaturita de Dios, la víctima cruzó la calle temblando, para pedir a la patrullera que le acercara a su departamento. De consuelo le mandé media docena de pajarillos de distintos canturreos para que le aliviaran el ánimo.
Y aquí termino con la anécdota y paso a recordar a los integrantes de la familia. Eso sí: tengo que confesar que somos una singular macedonia de frutas y verduras, todas creciditas, menos tres párvulos que sólo emiten gorgoritos inentendibles; a ellos les dejamos hacer con sus hamacas, toboganes y balancines; hasta triciclos les hemos conseguido. Pero a veces nos meten en cada lío con esto de no tener muy en claro su condición, que hemos tenido que turnarnos cual niñeras, cada ocho horas, porque el cuerpito no da para tanto con estos salvajitos, que se trepan a los árboles con el riesgo de romperse la nuca; ¿de dónde cuernos quitan tanta energía?
Luego está la queridísima Eulalia, que antes limpiaba chiqueros y despiojaba gallinas, así que esto es el Sheraton para ella. Inocencio, que sufre de delirio patriotero incontenible, vive de escarapelas, himnos y banderitas. El que tiene aires de Robert Redford es el Escolástico, que, para mi desgracia, no deja de llorarle a la finadita; es un declarado abstemio total, y entiéndase la última frase como radicalmente abarcante, así que estoy fuera de las ligas, como quien dice. Locos nunca faltan, y el nuestro se llama Rosendo, que se cree científico: siempre entregado a nuevos y fantásticos experimentos (hay que seguirle la corriente nomás); ahora, el fastidio a gran escala es la Tremendina, que venga a mirar de alturas y menear el abanico como bailaora de flamenco; se da unos aires de marquesa con sus atuendos, mantillas y oropeles... Su peinado, hay que reconocer, es todo un caso de estudio: parece como si llevara un loro atropellado en la cabeza. Casi no se levanta de su mecedora -en forma de trono, qué casualidad- porque dice que le duelen los juanetes y así la caminata "no le va".
Ronaldiño es el alma del cuarteto brasilero, completado por Peta, Teté y Caetano. Tiene un piquito de oro este chico que cuando canta te hipnotiza; lo extraño es que rezuma felicidad hasta cuando barre o cocina, lo que nos viene de perlas a todos, hay que ser francos. Los tres del equipo le siguen con sus maracas y le hacen de corito, los muy monos. El filósofo del clan es Hilario, discreto, tranquilote y ceremonioso, que se pasa el día leyendo, tomando notas y emitiendo frases que son de antología; eso sí, hay que cazarlas al vuelo y anotarlas todas, porque la lengua materna de este sesentón es el silencio. Sí, también tenemos una oveja multicolor, que es el Liberato, que anda más contento que unas pascuas desde su actual condición, ya que lo suyo es el "arte del espectáculo" y antes no podía ejercer. Hay que verle dando saltitos de felicidad en sus mallas ajustadas y con el tutú fucsia: está en su tierra prometida, definitivamente. Y no falta el fanático, como nuestro "pirado religioso" que se sabe la Biblia como el bendito, de génesis a mapas, y no hay fecha devota que pueda pasarle de largo. Ése es Secundino.
Ahora, ¿la verdad? no sabemos muy bien cómo explicar ésta nuestra peculiar situación, que tampoco responde a la mitología local, hay que ser sinceros: estamos despistadísimos. A veces dormimos por un tiempo extrañamente largo, como la última vez en que, cuando despertamos, el techo de la cantina estaba caído y nuestra torre-mirador clausurada. Aquello nos dejó perplejos, pero somos carne dura de roer, por lo visto, y aquí nos tienen, con reina y líder elegida por unanimidad (yo, Frodoberta), para ponernos manos a la obra. Tras una prolongada y reñida tormenta de ideas, filtramos unos cuantos proyectos, bastante potables creo yo, entre ellos, los concursos de grafitis en el pedazote de muralla frente a los bomberos, que nos tiene entusiasmadísimos; la controvertida Priz Praz Pruz puede pintarrajearnos las escalinatas -al puro estilo Antequera-, y si genera polémica, mejor todavía. Por esos coloridos escalones podemos hacer circular los modelitos de notorios diseñadores nacionales (eso le encantará a la Tremendina); y lo de los certámenes fotográficos va bien seguro con la cantidad de pajarraco y floripondio que tenemos por aquí.
Mi aporte fue la idea de los torneos de categoría sub-20 (y de eso me encargo yo, en exclusiva), para el que cobraríamos una entradita, que irá a los fondos de la cantina y de la torre. Y a San Juan no lo dejaremos pasar de largo esta vez, ya que Ronaldiño es el rey del pastelito de mandioca, del mbeju con queso azul y del payagua mascada, los que ya me hicieron agua la boca de tan sólo mencionarlos. Puede ofrecer sus delicias en el estacionamiento, con carpita coqueta y todo por si el tiempo no se porta. También está lo de reactivar la huerta, los jardines de Cirilo y en la terraza ya nos imaginamos unos mega-torneos de pandorga. Peta, el inconsciente, propuso hacer parapentismo, pero el lugar no da, para nada luego; ¿se cree que esto es Camboriú? Rosendo pondrá identificadores a cada mata del lugar, con el nombre coloquial y el científico, y con la Asociación Amigos del Parque podemos lanzar un concurso de frases concientizadoras sobre el medio ambiente y el amor a la naturaleza. Nada nos arruga el ánimo en esta nuestra hora fuera del tiempo; galopamos a lomo de otro mundo, que no aparece en nuestros mapas pero que, al margen de tornados políticos y de furias intolerantes de cualquier laya, aquí lo tenemos todo medianamente resuelto; es más, a medida que pasa el tiempo bajo esta fronda lujuriante y esta luna de película, nos ponemos la mar de contentos.
* Liliana García Wenninger es licenciada en Letras. Es la autora de 100 libros que te harán reír. Guía esencial del humor literario.