De Rafael Eladio Velázquez tengo dos recuerdos personales (no cuento las numerosas veces en que nos vimos en conferencias o actos de carácter cultural o familiar, por el parentesco del historiador con amigos míos), ambos de la década de 1960, la de la rebelión estudiantil que llegó hasta el Paraguay. Yo pertenecía al centro de estudiantes de Derecho de la Universidad Católica y, con mis compañeros, buscaba la manera de organizar una oposición efectiva contra Stroessner, que por entonces creíamos muy cercano al fin; era difícil anticipar entonces su increíble longevidad política, terminada en forma inesperada, cuando casi habíamos perdido las esperanzas; en 1968, no esperábamos que terminara a causa de un golpe militar, y tratábamos de concientizar al estudiantado y a la ciudadanía.
La visita se debió a que, no sin fundamento, pensaba que un historiador puede ayudarnos a comprender mejor la historia reciente y no solamente la pasada. No me equivocaba, solo que los hechos pueden mostrar a veces una opacidad impenetrable a las luces del entendimiento que, si pueden decirnos cómo pueden ser las cosas, no siempre cómo han de ser. Y bien, el doctor Velázquez conocía bien la historia de su país, tenía ideas razonables, pero las cosas siguieron siendo como eran, y el régimen siguió por dos décadas más, a causa de factores impredecibles.

La segunda experiencia fue una discusión entre el historiador y el filósofo Juan Santiago Dávalos, fallecido en 1970 a causa de un accidente de automóvil; no llegué a presenciar la discusión, pero tuve buen conocimiento de ella a través de mis conversaciones con Dávalos, a quien visitaba con frecuencia en su casa de Mayor Bullo, donde él guardaba una extraordinaria biblioteca de filosofía, desde sus orígenes con los textos griegos, hasta las obras de Martin Heidegger y los filósofos de la escuela de Frankfurt; entre ellas las de Herbert Marcuse, ideólogo de movimientos contestatarios estudiantiles.
Viejo conocido y adversario de Velázquez en el plano de las ideas, Dávalos le acusó de dar demasiada importancia a la acumulación de datos y muy poca a la interpretación de los datos; lo acusó de datista. El criticado replicó que, en el estado actual de las investigaciones y recursos para emprenderlas, se debía de momento seguir reuniendo material empírico, para no incurrir en interpretaciones infundadas.

No me atrevo a decir quién tenía razón, considerando el desorden del Archivo Nacional de Asunción, ya señalado por Félix de Azara, si mal no recuerdo. Fiel a su propósito, Velázquez viajó a España en 1955, y ya con la formación académica suficiente para saber qué debía buscar en los archivos peninsulares. Para entonces, ya había obtenido la licenciatura en Historia en la Universidad Nacional de Asunción; fue uno de los primeros en obtenerla, ya que la carrera comenzó en 1948, y en esto se distinguía de otros compatriotas que, aunque destacados, carecían del título.

El viaje y la estadía se los posibilitó el Instituto de Cultura Hispánica, años después reemplazado por el Centro Juan de Salazar. En un principio, el Instituto se creó como un instrumento de propaganda del régimen franquista pero, para la década del 60, Francisco Franco había comenzado a delegar tareas a funcionarios que, más jóvenes y más hábiles, comprendieron que no volvería a reinar Carlos V; en un sentido menos limitado, podía crear vínculos que a la larga influirían en las buenas relaciones políticas y comerciales con las antiguas colonias. Por eso, durante el año de estadía en la ex metrópolis, Velázquez tuvo la oportunidad de aprender y de recabar información necesaria para la comprensión del Paraguay de los siglos XVI y XVII. De España pasó a Francia, donde investigó en el archivo del Ministerio de Asuntos Extranjeros y encontró material útil para la comprensión del Paraguay del siglo XIX. En 1965, diez años después de su primer viaje, el ya catedrático y miembro de la Academia Paraguaya de la Historia volvió a Sevilla, donde encontraría a sus amigos y colegas Antonio Ramos y Julio César Chaves, a quien su estadía en España le permitió recabar información utilizada después para escribir un libro sobre Unamuno y otro sobre Machado, dos figuras aún censuradas por el franquismo.

Para cuando regresó, Velázquez era ya la mayor autoridad sobre la historia paraguaya del siglo XVII, que había abordado como tema de su tesis doctoral sobre la época del gobernador Corvalán (1671-1681), y que siguió investigando, en la convicción de que aquel siglo fue esencial en la formación de la futura nación paraguaya, no por haberla facilitado, sino por haberle puesto tantos obstáculos, que su superación fue necesaria para conformar un ethos nacional. En ese sentido, aquella centuria de desgracias tiene algo en común con otra prueba decisiva, que fue la Guerra de la Triple Alianza: "... la guerra lo descasta todo, pero constituye indiscutible testimonio y afirmación de nuestro ser nacional [...]; en tanta destrucción se fusionan y desaparecen las últimas diferencias étnicas y sociales que pudieron haber subsistido del Paraguay colonial".
De la Guerra Guazú, lo que llamó la atención del investigador fueron sus aspectos civiles, la intervención de personas que, desde la retaguardia, se ocuparon de proveer a los soldados de víveres, de municiones, de armas, de los instrumentos necesarios para poder sostener la contienda. Creo que se trata de un tema poco estudiado y en consonancia con el enfoque del historiador, que tomaba como temas los considerados poco interesantes, como la institución de la encomienda, que según él tuvo menos rigor en la provincia paraguaya que en otros territorios del Imperio español, y los estudios de población, la materia de una interesante conferencia dada por él en el local del Touring Club (si la memoria no me falla). Otro tema que mereció su atención fue el de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, sobre las que escribió varios ensayos y dejó otros inconclusos en su archivo personal, conservado en la Academia Paraguaya de la Historia. Me resulta novedoso el que trata de la influencia de la Iglesia en la Independencia, señalando que treinta religiosos participaron en el Congreso de 1811, entre ellos fray Fernando Caballero, partidario de la Independencia y pariente del doctor Francia y de Pedro Juan Caballero, y otros como Sebastián Patiño y Baltasar de Casajús, partidarios de conservar la dependencia de España.

Sin embargo, como señala Liliana Brezzo, una inquietud permanente del hombre fue la de trasmitir sus conocimientos y formar discípulos enriqueciendo el programa de enseñanza de la Historia, donde sus ex estudiantes lo recuerdan como persona dispuesta a dar más de lo que debía de acuerdo con su trabajo de profesor universitario. Dentro de esa línea, organizó reuniones semanales en el Archivo Nacional para impartir clases prácticas de paleografía, que debían conducir a propuestas y trabajos originales. Eso, a pesar de su delicado estado de salud, que lo obligó en sus últimos años a asistir al Congreso (era parlamentario) en silla de ruedas, un ejemplo no seguido por los colegas menos responsables. La enfermedad y la militancia política pudieron haberle impedido dejar un archivo más organizado, y aun así valioso para comprender debidamente su legado de dedicación a la enseñanza, a la que se empeñó por darle el sentido de la profesionalización de la disciplina que lo guió a lo largo de toda su vida.
* Guido Rodríguez Alcalá es escritor, historiador, periodista y crítico literario. Asesor del CCR Cabildo y colaborador en diversos periódicos locales y extranjeros, ha publicado obras en casi todos los géneros, siendo sus novelas más conocidas Caballero (1986), elaborada en torno al personaje histórico, a quien desacraliza a través de su propio discurso, y El peluquero francés, obra sobre la relación entre Elisa Lynch y Solano López con la que obtuvo el Premio de Novela Lidia Guanes en 2008.