Seis historiadores que conocí (III)
Antonio Ramos fue mi profesor de historia diplomática del Paraguay en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Asunción. Sus clases me resultaban aburridas, pero debo decir que la carrera de Derecho no era la mía, y la terminé solamente porque la había comenzado y creí que debía arrastrarla hasta el final.
Ahora veo las cosas de otra manera porque, pensándolo bien, sus clases debían ser aburridas porque, al concederle tanta importancia los hechos (la llegada a Asunción de Correa da Cámara, las ambiciones de doña Carlota Joaquina), no daba las interpretaciones suficientes para comprenderlos. Pero ocurría que sus interpretaciones podían entenderse mal en los círculos gubernamentales y crearle dificultades. Mi profesor Ramos no debía de olvidar que, algunos años atrás, su colega historiador Benjamín Velilla criticó discretamente la estrategia del mariscal López y, ni bien terminada la conferencia, fue enviado a la Argentina. Aunque no lo dijera ninguna disposición escrita, se suponía que el general Stroessner era el heredero directo del mariscal López, así que criticarlo al antecesor era criticarlo al sucesor.
Y conste que los primeros tiempos del gobierno de Stroessner significaron una apertura por comparación con los anteriores, que conservaban muchas de las peores características de la guerra y posguerra civil de 1947. En los meses que siguieron al mes de agosto del 47, el de la victoria del general Morínigo sobre los liberales, febreristas y comunistas, Asunción quedó ocupada por los pynandi, los milicianos del bando triunfador, capaces de cualquier abuso. Josefina Pla estuvo a punto de ser violada por ellos en la calle, y se salvó gracias a la solidaridad de un vecino que le abrió la puerta y se la cerró en las narices a los perseguidores (me lo contó ella). Al psicólogo Víctor Frankl, que pasó unos meses en Asunción, le asaltaron la casa (me lo contó Lorenzo Livieres, quien tuvo un disgusto menor con estos herederos de la Mazorca).
Los desmanes de los milicianos y luego de los caudillos colorados, así como la inestabilidad política, hicieron sentir la urgente necesidad de la paz y las garantías básicas, que Stroessner prometió restaurar y lo hizo hasta cierto punto en su primera administración. Él les prohibió a los colorados perseguir liberales por liberales y les prometió a los colorados superar las divisiones internas de su partido para que este, unido, pudiera conservarse en el poder por medios electorales, venciendo en buena ley a los liberales. Con Stroessner, volvieron del exilio Julio César Chaves, Efraím Cardozo, Carlos R. Centurión; el Partido Liberal, proscrito en 1942 por Morínigo, pudo celebrar una asamblea pública en Asunción en 1958. Entre las aperturas y las cerrazones, la censura de Stroessner daba una mano de cal y otra de arena; los catedráticos debían tener cuidado.
Al margen de la historia, y en mayor medida con apoyo gubernamental, se desarrollaba en el país la novela del Paraguay. Y me refiero a lo dicho por el historiador Marc Ferro en una entrevista al diario Noticias de Asunción: al escribir una historia de su país, él decidió distinguir entre la historia de Francia y la novela de Francia; la primera era el estudio riguroso del pasado y, la segunda, todo lo que se suponía o afirmaba sin fundamento; en este sentido, todos los países tienen su novela.
La novela más aceptada y exitosa en el Paraguay es que el país conoció una edad de oro en el siglo XIX, y aquel tiempo feliz terminó con la Guerra de la Triple Alianza, provocada por una conjuración internacional, que a su vez fue provocada por una rivalidad secular, que debía conducir a un desenlace trágico, más tarde o más temprano. Los culpables fueron el imperialismo británico, la ambición de Buenos Aires o la codicia portuguesa. Por esa razón, los archivos públicos del Brasil están herméticamente cerrados a los investigadores.
Y, sin embargo, Ramos investigó en esos archivos en sus tres estadías en el Brasil, con el apoyo del Gobierno del país, y no fue el único: también pasaron por ellos los paraguayos Justo Pastor Benítez y Efraím Cardozo. Basado en aquellas investigaciones, Ramos escribió tres libros muy bien documentados: La política del Brasil en el Paraguay bajo la dictadura del doctor Francia, Juan Andrés Gelly y La Independencia del Paraguay y el Imperio del Brasil. En ellos se muestra con buena base documental que la política internacional de la Corte de Río de Janeiro, real y después imperial, fue la de separar al Paraguay o mantenerlo separado del Virreinato del Río de la Plata y luego de la entidad política que se llamó Provincias Unidas del Río de la Plata (después de la revolución de 1810) y Confederación Argentina (después de 1831); aproximadamente lo que hoy sería la República Argentina.
La historia comienza en 1808, cuando llegaron a Río de Janeiro los soberanos de Portugal, huyendo de la invasión francesa, el príncipe regente don Juan y su esposa Carlota Joaquina, hermana del rey español Fernando VII, prisionero de Napoleón. Invocando el derecho monárquico, Carlota Joaquina quiso hacerse reconocer, sin éxito, como reina del Virreinato del Río de la Plata. En 1810, Buenos Aires destituyó al virrey español y quiso extender su influencia a las provincias aún leales a España; entonces la Corte portuguesa invocó de nuevo el derecho al trono de Carlota Joaquina y, para apartarlo de Buenos Aires, envió al Paraguay a su emisario José de Abreu, con la consecuencia no deseada de precipitar el golpe incruento que depuso al gobernador español Bernardo de Velasco en 1811.
Después de la Independencia, el doctor Francia cerró las fronteras; sin embargo, en 1825 recibió en Asunción a Manuel Correa da Câmara, el enviado del emperador del Brasil, que se había independizado en 1822, pero que buscaba un acercamiento al Paraguay, para apartarlo de una posible alianza con Buenos Aires, decidido a desalojar al Brasil de la Banda Oriental, al alimón con los orientales independentistas. Francia y Correa da Câmara mantuvieron largas conversaciones, en que el diplomático prometió satisfacer ciertos pedidos del Supremo, y que no fue capaz de conceder porque la decisión no dependía de él sino del emperador. El brasilero volvió al Paraguay en 1827, pero Francia no le permitió seguir su camino hasta la capital, porque no había mantenido su palabra. Me pregunto si fue una manifestación de malhumor de la diplomacia del Supremo o la decisión de mantenerse apartado de las guerras de los países vecinos. De todos modos, la decisión de cortar las relaciones y volver al habitual aislamiento la tomó él, y no Don Pedro.
El Paraguay aislado no pidió el reconocimiento de su independencia a los países vecinos; lo hicieron los gobiernos posteriores, que decidieron entablar relaciones diplomáticas con otras naciones, y no lo podían hacer sin previa declaración de la independencia, cuestión de previo y especial pronunciamiento, para usar la expresión forense. El congreso de noviembre de 1842 dio ese paso y luego envió a sus representantes con el texto de la declaración de la independencia. El imperio del Brasil decidió aceptarla, por intermedio de José Antonio Pimenta Bueno, quien viajó a Asunción para el efecto. No conforme con eso, el gobierno imperial realizó activas gestiones para que otros países reconocieran al Paraguay.
Aquello provocó la protesta del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, el hombre fuerte de la Confederación Argentina, que no se resignaba a aceptar la separación del Paraguay de las demás provincias argentinas. Por su parte, el emperador se ratificaba en su decisión de apartarla de Buenos Aires, siguiendo la línea tradicional de Río de Janeiro. La disputa diplomática se convirtió en enfrentamiento armado: en la batalla de Caseros (1852), Rosas fue derrotado por una coalición de argentinos, orientales y brasileros. A partir de entonces, la Confederación reconoció al Paraguay como república soberana, y posteriormente lo hicieron Inglaterra, Francia, Cerdeña y los Estados Unidos. Antes no hubiera tenido sentido hacerlo, a causa del control de Rosas sobre la navegación del Paraná, la única vía de comunicación eficaz con el Paraguay.
En 2002, el reconocido escritor brasilero Francisco Doratioto publicó su libro Maldita Guerra, que se ha vuelto una obra clásica sobre la Guerra de la Triple Alianza. Según el autor, la política tradicional del Imperio del Brasil fue la de impedir la reconstrucción del Virreinato del Río de la Plata; entiéndase, la unión de los países que lo habían integrado (el Paraguay, el Uruguay, la Argentina y Bolivia), y por eso apoyó la independencia del Paraguay frente a las pretensiones de Buenos Aires. En esto, Doratioto coincide con Ramos, y no a causa de alguna afinidad ideológica, sino de la base documental.
Cinco años después, yo revisé los papeles del Archivo Nacional de Asunción, y con José Eduardo Alcázar publiqué el libro Paraguay y Brasil, que no está a la altura de los citados anteriormente, pero que coincide con su visión de las relaciones binacionales. Mi sorpresa fue constatar que mi viejo profesor, aún aburrido, tenía razón; por su parte, el debió de estar aburrido de los estudiantes poco motivados como yo, del poco reconocimiento alcanzado en su país y de la necesidad de ganarse la vida dando clases mal pagadas, pues no existía entonces lo que podría llamarse una carrera universitaria, tal como se daba en los países vecinos. Tampoco podía complacerle el régimen de Stroessner, con sus suposiciones conspirativas.
¿La Guerra de la Triple Alianza fue inevitable? No. Lo demuestra un libro de Efraím Cardozo, Vísperas de la Guerra del Paraguay, que nos muestra cómo la Triple Alianza pudo haberse dado de varias maneras: como la unión del Paraguay, Uruguay y Argentina contra el Brasil, o del Brasil, Paraguay y Uruguay contra la Argentina: los dirigentes políticos de la época lo veían así y actuaron movidos por el temor de los vecinos.
Un temor que duró mucho tiempo y, por suerte, no provocó otro conflicto internacional mayor. Todavía en el siglo XX, un grupo de militares brasileros temía la reconstrucción del imperio español, como se ve en el libro del general Golbery do Couto e Silva, Geopolitica do Brasil, que reúne las ideas expresadas en la década del 50 por el autor; este fue profesor en la Escola de Guerra de los autores del golpe militar de 1964. Para evitar verse asediados por sus vecinos, los herederos de los virreinatos del Río de la Plata, el Perú y Nueva Granada, el Brasil debe crecer, buscando una salida al Pacífico, sea mediante la ocupación territorial o el aumento de su influencia en países limítrofes. Golbery resulta cómico a veces, aunque fue siniestro, y sus afirmaciones influyeron en los militares y en la política internacional brasilera hasta la creación del Mercosur en 1991, un giro copernicano operado por la visión racional de Fernando Henrique Cardoso.
Los errores pueden ser fatales, y el conocimiento del pasado que ofrecen los historiadores puede evitarlos; nos da la posibilidad de evitarlos, aunque a veces se prefiera el error. Dentro de las limitaciones de su entorno, Ramos hizo un aporte sincero en esa dirección.
* Guido Rodríguez Alcalá es escritor, historiador, periodista y crítico literario. Asesor del CCR Cabildo y colaborador en diversos periódicos locales y extranjeros, ha publicado obras en casi todos los géneros, siendo sus novelas más conocidas Caballero (1986), elaborada en torno al personaje histórico, a quien desacraliza a través de su propio discurso, y El peluquero francés, obra sobre la relación entre Elisa Lynch y Solano López con la que obtuvo el Premio de Novela Lidia Guanes en 2008.