Ñoty
El artista toma una serie de representaciones estandarizadas que remiten al paisaje cultural y sensible de Areguá, imágenes moldeadas en arcilla de animales y frutas -en particular la frutilla, cuya cosecha, convertida en emblema agrícola y atractivo turístico, sostiene buena parte de la economía local-, para disponerlas en planteras de barro. El conjunto tensiona las separaciones entre la obra única, la fabricación artesanal estandarizada y el bricolaje y convoca sensibilidades populares y estéticas minoritarias asociadas a lo cursi, lo pueril, lo kitsch y lo doméstico. Suerte de contramonumentos de entrecasa, estas obras se ofrecen como pequeños altares cotidianos que invierten la lógica de lo monumental en clave de bricolaje camp.
Benítez compone su jardín artificial de souvenirs maravillosos, mediante el "trasplante" de un repertorio de objetos que, más que simples adornos, conforman, en sus palabras, "espacios de contención, crecimiento y contemplación": disposiciones sensibles para cultivar formas de belleza, espera y cuidado. Se trata de una "estética de la existencia" -en el sentido foucaultiano del cuidado de sí como forma de vida- que aquí resuena en proximidad con el teko porã guaraní, ideal ético donde la belleza es concebida como una dimensión inseparable de un buen vivir colectivo, en vínculo con el entorno.
Ñoty es también un homenaje a Feliciano Centurión (San Ignacio Guazú, 1962 - Buenos Aires, 1996) y puede interpretarse en diálogo con una obra anterior de Benítez, un video de 1997 en el que el artista lee la última carta que su amigo le envió desde Buenos Aires en septiembre de 1996, poco antes de fallecer por complicaciones relacionadas con el VIH/sida. El relato epistolar, que la obra organiza en el registro de la voz de Benítez y en el primer plano de su boca leyendo las palabras de Centurión, superpuesto a la imagen suspendida de la escritura, enhebra temporalidades heterogéneas: la espera y el cansancio del cuerpo, los recuerdos de Asunción y de sus flores y frutas perfumadas, la mudanza, el inicio de un nuevo tratamiento para detener el avance del virus. Tiempo de "cambios", escribe Centurión, de cierre y apertura de ciclos, de un "estar en movimiento", "de no quedarse", pero también de espera y permanencia, de atenta disposición a lo por venir.
A contramano de la concepción normativa del tiempo como un curso único y uniforme, proyectado linealmente hacia adelante, las obras de Benítez, como las de Centurión, nos hablan de temporalidades afectivas, organizadas en ciclos y transformaciones vitales. Benítez concibe Ñoty como cita a la serie Planteras (1990) de Centurión, donde macetas albergan objetos cotidianos -un matamoscas, un cepillo, una esponja, entre otros- intervenidos con pintura. "Trasplantar" se vuelve aquí un gesto delicado de conexión y complicidad entre tiempos, materialidades y afectos: un tiempo de siembra y cuidado, de recuerdo y reparación, de espera y contemplación como claves para la apertura a lo por venir, para la invención de una vida bella en tanto vida compartida.
Nota de edición: El presente texto acompaña la muestra "Ñoty", de Marcos Benítez, habilitada en Galería Fábrica, con curaduria de Osvaldo Salerno en el marco de Pinta Asunción 2025.
* Fernando Davis es profesor e investigador, especializado en arte contemporáneo latinoamericano y curador independiente.