My own personal Walser

Christian Kent
por Christian Kent 20 Agosto de 2023
20 Agosto de 2023
My own personal Walser
My own personal Walser

La suma de pormenores que, por ejemplo, reúne Quentin Bell en su extensa biografía de Virginia Woolf (dos tomos insustanciales repletos de exquisitas naderías), alcanzan a prefigurar una historia y un personaje que dudo hayan existido fuera de esas páginas. La biografía es un género literario y Woolf, un personaje de Bell. Creo que una buena biografía no tiene mayor propósito que la delectación que proporcionan sus pormenores, sobre todo cuando no es organizada por periodistas, que en su ingenuidad pueden llegar a creer que están atando cabos y descifrando misterios. Yo aconsejaría, en general, no tomar nada por verídico.

Me parece demasiado terco el Heiddeger que dice de Aristóteles que “nació, trabajó y murió”. Después de todo Aristóteles fue un hombre sabio y sus acciones tuvieron que ser en algún sentido aleccionadoras para el vecino ateniense y también para nosotros, los que habitamos el porvenir. Prefiero a la Sor Juana que imagina al Aristóteles que guisa. Sustraer el pensar de la experiencia es sin duda una práctica impuesta por los filósofos, quienes por lo general gustan de situarse en la cumbre de los montes para ganar una posición favorable frente al común. Estoy de acuerdo: si Aristóteles hubiera sabido el punto del arroz y del pollo, cómo transparentar cebollas o concentrar los aromas y sabores en el caldo, la escolástica, la edad media, Kant y sus discípulos hubiesen tenido otra sazón.

Hace no mucho leí un precioso librito del italiano Roberto Calasso titulado La locura que viene de las ninfas. Es una colección de ensayos breves que, entre otras cosas, aventura comparaciones entre la mitología antigua y los fenómenos de la cultura moderna (pop, digamos). Entre estos ensayos encontré uno en particular que cambió la imagen que hasta entonces me había hecho de la persona histórica de Kafka, siempre tenido por gris y burocrático. El ensayo, intitulado “Kafka entre los naturistas”, habla sobre la estancia del escritor en un instituto naturista y nudista llamado Jungborn. Permaneció allí, a solas, durante tres semanas. No sabemos si él mismo andaba ligero de ropas o si en todo este tiempo se resignó al triste traje de funcionario (1) que viste en todas las fotos. Lo que sí sabemos son dos cosas: 1. que leía L'éducation sentimentale de Flaubert. 2. que observaba con una mezcla de satisfacción y de estupor a la variopinta fauna de desnudos que se arroja cada tarde a la playa con las vergüenzas al viento. Recuerdo al menos esta: “Como una bestia salvaje, un viejo repentinamente se precipita al prado y toma un baño de lluvia”. Fue grato conocer a ese posible Kafka, más adorable y menos acre que el de las cartas al padre o a Milena.

Como buen niño burgués, aprecio en la biografía (y por qué no en la literatura) el tratamiento amable de lo intrascendente. Por el contrario, considero que los llamados “temas urgentes” son poco favorables a las operaciones de lenguaje. Dedicarse a las coqueterías, como diría Colette, permite a la palabra una libertad que los grandes temas congestionan. Prefiero las manicuras de Lascano Tegui que el serio arrabal de Arlt. Incluso, me parece justificable el Phillip Lindsay que modifica la muerte de Poe por razones estéticas.

La mayoría de las cosas yo las he descubierto tarde, pues fui educado según la ciencia de la prohibición. A los dieciséis años no sabía quién era Jim Morrison ni Julio Cortázar, pero había leído casi todas las historias del Padre Brown y escuchado todas las canciones de los Beatles. Era versado solo en las artes de lo afable. Pero no soy solo yo, algunas cosas que más adelante serán descubiertas como valiosas tienden a ocultarse por un tiempo de la mayoría. Por ejemplo Robert Walser, que no fue leído hasta los años 1970, cuando Bernhard y Handke confirmaron su genialidad, más de medio siglo después de sus mejores obras. También yo llegué tarde a Robert Walser, su nombre se posó en mis oídos muchos años antes de que, durante un tiempo de convalecencia, atiné a hojear sus Historias. La afición fue instantánea. No tuve el impulso de indagar en su biografía, pero sí, según leía, imaginé un Robert Walser personal que fue acrecentándose según avanzaba en las páginas de Vida de poeta, Jakob von Gunten, Los hermanos Tanner y algún otro librito que devoré sin masticar. Creo que estos son los autores que uno finalmente recuerda, los que resultan de ese inocente juego de la imaginación en que uno intenta reconstruir la imagen del gran ausente (si se piensa, es religioso). La propia vida no está exenta de tales edulcorantes.

La literatura es esencialmente un problema retórico. Encontrar otras maneras de disponer lo que ya está ahí, a flor de tierra. Antes de lanzarme a escribir inmeditadamente estas líneas, por ejemplo, repasé mentalmente el tópico del lector que es abordado de pronto por el autor, agotado ya en todas sus formas. Walser llamando a mi puerta. ¿Cómo sería? ¿Cómo es el Walser que yo podría elucubrar en una biografía apócrifa? Condicionado quizás por algún daguerrotipo o retrato que haya visto antes, lo imagino con una frente amplia y ovalada, bajo la cual dos ojos pequeños nos parecen a la vez incisivos y vagos, penetrantes y erráticos. Diría que esta importante cabeza oscila, como todo ícono sagrado, peligrosamente sobre un pedestal de insuficiente apoyo. Debajo de los hombros es un eterno niño esmirriado y femenino, las manos largas y puntiagudas, las ropas siempre de encajes almidonados. En general, esta complexión, que corresponde desde luego al accidente biológico y a las tiranías familiares, lo ha resignado al destino de la inteligencia y la sensibilidad. Es así: una apariencia incómoda puede regalarnos una pasión, un destino, sea como medio de fuga o adaptación. Es monstruoso, pero lo absolvemos por su capacidad de reconocer la belleza, etc.

Robert Walser. Cortesía
Robert Walser. Cortesía

A grandes rasgos ese es mi Walser personal. Soy consciente de que existen otros: el Walser de las biografías institucionales, el Walser que imaginan otros lectores en otras habitaciones, el Walser que el propio Walser dejó anotado en sus diarios (en Poetenleben, por ejemplo), el Walser de Benhard, el de Handke, y todos los demás.

 

Nota

(1) Creo haber sacado esta imagen de un poema de Marechal, uno de los poemas del buey y el ángel.

 

* Christian Kent (Asunción, 1983) es escritor, editor y poeta.

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