"Modo Avión" y el teatro schémboriano: la desconexión como acto de presencia
— En una era donde la hiperconexión nos hace sentir más solos que nunca, tu obra plantea una crítica a esta realidad. ¿Creés que el teatro, un arte esencialmente presencial, puede ser un refugio contra la inmediatez digital o terminará adaptándose a ella?
— El teatro tiene siglos de historia, y siempre se ha aggiornado. Hoy lo vemos mezclarse con el cine, con lo audiovisual, con la danza contemporánea. Esa fusión va a seguir ocurriendo, pero también estoy convencida de que el teatro en su forma más pura va a seguir existiendo. Porque hay algo en ese acto de comunicarse con el otro, sin necesidad de nada más, que es insustituible. Solo se necesita el escenario, el actor y el público. Ese contacto directo con el hecho teatral es tan potente, tan humano, que creo que va a resistir todos los cambios. El teatro es comunión, y por eso va a seguir vivo.
— El "teatro schémboriano" tiene una identidad muy marcada. ¿Cómo equilibrás esa impronta personal con la necesidad de dialogar con un público tan acostumbrado a la fugacidad y el exceso de estímulos digitales?
— El público cambió muchísimo, sobre todo desde el auge de las plataformas. Ya no tiene la misma paciencia, todo es rápido, inmediato. Y eso nos obliga a repensar nuestras formas de narrar. Con Juanca (Maneglia) hablamos mucho de esto. Desde aquel estreno de 7 Cajas en 2012 hasta hoy, el espectador se transformó. Y el teatro no es ajeno a eso.
En mi caso, traigo al escenario muchas herramientas del cine: el ritmo, la dirección actoral, la construcción visual. Ese ida y vuelta entre el audiovisual y el teatro me permite conectar con un público más amplio. Pienso mucho en qué lo aburre, qué lo desconecta. Si en el cine alguien saca el celular, me pregunto por qué. Y lo mismo aplico al teatro: cómo lograr que se olvide del celular, que se meta de lleno en lo que está viendo.
Busco que lo que pongo en escena tenga verdad, que el público se identifique. Y eso también pasa por el trabajo con los actores, por la honestidad y organicidad que logramos juntos. No pienso solo en quienes ya aman el teatro, sino en cómo llegar a todos, incluso a quienes no están habituados a la sala.
— El celular es casi una extensión del cuerpo humano en Modo Avión, pero también en la vida real. ¿Cómo trabajaste con los actores para que esa relación simbiótica entre el dispositivo y el personaje se sintiera auténtica y no caricaturesca?
— Fue un proceso muy orgánico, porque ese vínculo con el celular ya forma parte de nosotros. En los talleres que doy siempre insisto: no dibujemos. El cuerpo tiene que narrar desde la verdad, no desde el gesto exagerado. Trabajamos mucho desde ejercicios físicos, con premisas que les daban a los actores la posibilidad de experimentar sin juzgar. La idea era que transitaran la escena desde su propia verdad, que el dispositivo no fuera un accesorio sino casi una prolongación del cuerpo. Y como el proceso fue colectivo y muy colaborativo, eso se reflejó en escena. Lo simbiótico surgió desde la vivencia, no desde la intención de representar algo.
— Si la vida contemporánea nos empuja a "parecer" más que a "ser", como sugiere la obra, ¿qué desafíos enfrenta el teatro para seguir siendo un espacio de verdad?
La obra está llena de metáforas, y una de ellas es el monólogo del personaje del hater, que habla justamente de la diferencia entre parecer y ser. Creo que el gran desafío del teatro hoy es recuperar esa esencia. Y eso implica también que el teatro paraguayo encuentre su propia identidad. Necesitamos volver a nuestras raíces, reinterpretar lo popular, resignificarlo. La zarzuela, por ejemplo, formó parte de nuestra historia y en algún momento se desdibujó. Pero lo popular nos conecta con nuestro gen, con lo que somos. Para que el teatro siga siendo un espacio de verdad, tenemos que dejar de querer parecernos a lo que se hace afuera. La autenticidad está en encontrar nuestras propias formas de narrar, nuestros lenguajes. Y ahí está el camino: en ser, no en parecer.