Marcelo Hernáez: "Los dientes del tiempo"

11 Abril de 2021
11 Abril de 2021
Marcelo Hernáez: "Los dientes del tiempo"
Marcelo Hernáez: "Los dientes del tiempo"

Marcelo Hernáez se ha ido. Con discreción, en silencio. Como vivió. "Porque puede ser que pronto / No te encuentre ya más / En los trozos de un espejo / Que se ha roto de impaciencia". Es el final de un poema suyo, uno de los tantos que aparecen reunidos en Los dientes del tiempo, su único libro, publicado en 2009. Poesía cruda. Lenguaje ríspido.

Pero no solo la palabra habitaba el paisaje poético de Marcelo Hernáez. Escribía con el cuerpo. Cantó, pintó, dibujó, compuso, hizo teatro y construyó un pequeño paraíso verde, fuera de Asunción, donde decía estar "reordenándose en la distancia".

Entrar en casa de alguien que acaba de partir produce siempre una sacudida, por ínfima que sea. Las cosas estrenan su abandono y el silencio se expande hasta cubrirlo todo. Algo similar ocurre cuando visitamos el perfil de Facebook de alguien que ya no está. Siguen allí, latiendo en la red, expresiones ya sin dueño, imágenes huérfanas. Pero el perfil de un poeta muerto es más que eso: es una casa abierta a la exploración, y también al saqueo.

Ayer visité esa casa, su casa. Una casa precaria, imprevisible, de publicaciones esporádicas y también frecuentes. Una casa sostenida, en gran parte, por el afecto. Un afecto diseminado en todas direcciones y que de todas direcciones regresaba. Mensajes, emoticones, destellos de sabiduría cotidiana. Una vida que se regocijaba en lo simple, en lo breve, como quien se acomoda bajo un alero en medio de la tormenta.

Encontré cosas, no muchas. Algunas fotografías significativas. Indicios, huellas. Ajeno a la práctica exhibicionista, supo guardar para sí sus momentos más intensos. Y hacer con ellos poesía.

Marcelo Hernáez, retratado por Lucio Aquino, 1983 (detalle)
Marcelo Hernáez, retratado por Lucio Aquino, 1983 (detalle)
Los dientes del tiempo

a Telésfora

Desnuda tu faz

con esta doctrina alfeñique

de pasto y rocío

y permíteme no hablar

de la tórtola renga

(paseandera cotidiana

del patio abandonado)

ni nombrar lapachos

ni rosas ni amarillos

ni rasgar por negligencia

las alas azules de la mariposa

tan azul que ya no existe.

Dejemos matándose de risa

a los vástagos del viento

mordiendo con sus muelas impasibles

la comida indigestible del olvido

y llevemos el jazmín y la violeta

a enterrar con orgullo

entre los dientes del tiempo

para atarte fuertemente

entre la luna y el lucero

Para romper

en la cicatriz de una alborada

los vidrios de tus ojos

con el sol desesperante

de una lágrima furtiva.

 

Pepa Plá

Casi en el límite de un siglo

se cierra un círculo en ti

brillando en la forma de un marco

que enmarca la luna en tu faz

Tu faz que no se quiere dormir

El canasto inundado de verbos

y un espejo indagando al amor

con tus ojos traspasas el tiempo

con vaivenes de mimbre y de luz

De luz que no podrás detener

Veinte gatos maullando tus deudos

y en cojines de nube tus pies

estás viendo otra vez a tu amante

en un plato de barro y sudor

Sudor que no se quiso secar

Te despido en presencia del sol

que al crepúsculo grita su adiós

vete en paz para recomenzar

en los labios que quieran decir

Decir lo que quisiste callar.

 

Ofertorio

Toma esta tajada de naranja

no la descascares

déjala en tu pecho un minuto

Recorta un cinturón

de la piel de los pomelos

y cúbrete el vientre

que hace frío

Monda una manzana

una docena de peras

de sandías

de melones

de duraznos

Llénalos de besos

Que tu vista disfrute de estas frutas

No

Perdón

No las comas aún

detente un momento

Entonces

cuando sientas que de eso

ya nada es necesario

ven aquí

mírame

y comienza a desnudarme.

 

El velero

a Derlis

Náufrago en el raudal

con su sueño de papel

un barco se va

tropezando de emoción

Un gran torrente

un caudal

lo está llevando hasta el mar

y una risa total

llena el aire de pan

aunque el niño no tenga

algo para comer

y anhele acaso olvidar

cuánto tendrá que olvidar

Velero de luz calle infantil

tierna imaginación

El infante no tiene

el tamaño eficaz

para ser un peón

para ser capataz

Cuidado que el albañal

no devore su sueño infantil

Construido de paz

arquitecto del sol

solo sólo es timonel

de un bolsón de ilusión

Boga flota sutil

en las olas del basural

Reciclando feliz

un diario de ayer

engañando a la verdad.

 

Nota de edición: Marcelo Hernáez. Los dientes del tiempo. Asunción: Fondec-Servilibro, 2009. Ilustraciones de portada e interior: Carlos Colombino.

 

* Adriana Almada es escritora, crítica de arte, curadora.

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