Hace unos días, mirando una fina botella de vino que no podía comprar ?menos por voluntad abstemia que por falta de dinero? evoqué a Cesare Pavese, oriundo de una tierra históricamente aficionada al elixir dionisíaco. Pensé en cómo su vida, ligada a la escritura, se cifraba, de manera tan terrible como maravillosa, en los núcleos narrativos de su obra: el sentimiento melancólico de la vida y el vacío revelado por el desamor. También en cómo se podría entrever, en sus tormentos vitales, con frecuencia relacionados con el amor no correspondido de una mujer, un reverso curioso: cierta aura de vago homoerotismo al describir determinados personajes masculinos que llegan a compartir una amistad secretamente intensa.
Algo de esto puede rastrearse en un libro suyo, quizás poco frecuentado en la actualidad, titulado La Spiaggia (La playa) y publicado en 1941.
Formalmente considerada una novelletta, el relato gira en torno a la amistad entre un narrador anónimo y Doro, de quien se distancia con motivo del matrimonio de este último con Clelia, una mujer misteriosa y a ratos incomprensible. Clelia, en cierto modo, representa una experiencia inaccesible para el narrador: la sexualidad conyugal, sazonada de camaradería marital, algo que reemplazó, según nos cuenta, la compañía itinerante que proporcionaba a Doro en los años de juventud aventurera.
Es indudable que, en esta caracterización del narrador, que establece una relación amable y tensa a la vez con Clelia, se advierten muchos de los conflictos y complejos que el propio Pavese padeció en vida en su intento de establecer relaciones sentimentales con las mujeres. De allí que su literatura, aunque poética y nostálgica, sea también fatalmente androcéntrica y a menudo plantee relaciones masculinas idealizadas como espacios de comprensión sentimental irreductibles. La mujer es vista siempre como una otredad, como una interferencia que genera desorden en un orden simbólico que el hombre pavesiano, ya roto, se esfuerza por recomponer, al menos desde la nostalgia de la memoria.
La novelletta registra una temporada veraniega en la que un grupo de viejos amigos de Doro, entre los cuales se cuenta el narrador, se reencuentra para hablar y pasar el tiempo conversando acerca del pasado, beber vino y cantar. A ellos se suma Clelia, como un elemento que reconfigura estas viejas relaciones.
La idea de la reunión se origina tras una inesperada excursión que Doro le propone al narrador al visitarlo después de años de no verse. Doro deja adivinar cierto cansancio con respecto a Clelia, pero también la seguridad de que la ama sin remisión. Durante esta escapada por las colinas, ambos recrean el tiempo de la juventud y la nostalgia por el tiempo perdido. También, claro está, su antigua camaradería, su complicidad en la que acaso destella un deseo amoroso nunca realizado, siempre suspendido en la risa y en el vino que irriga sus cuerpos, ahora más viejos.
La excursión por las colinas se prolonga en una estadía indefinida en un pueblo costero, cuyo atractivo lo constituye una hermosa playa, en un intento nunca nombrado de recrear un pasado idealizado. Esta operación, sin embargo, está condicionada por la creciente monotonía que traen los años, por la certeza de que nada importante sucede, salvo el peso concreto del aburrimiento. La restauración de la pureza, del brío juvenil, de la temeridad heroica, de la primavera dorada, se disipa en una nostalgia cada vez más borrosa. La pérdida del niño o del joven supone, fatalmente, la desaparición de algo primigenio que habita en todas las personas y que las vincula con el pathos poético.
Aunque es notable que, siendo la única mujer del grupo, Pavese renuncie a desarrollar con mayor precisión la psicología de Clelia ?muchos críticos han subrayado esto, a veces con malicia, como un reducto de misoginia, aun cuando hay novelas de Pavese protagonizadas por mujeres como, por ejemplo, El bello verano?, o bien los entresijos de su matrimonio con Doro, algo en la dinámica de la historia la transforma en una especie de viento que despoja los disfraces.
Otro rasgo peculiar del relato es la construcción de las escenas. Pese a tratarse de un grupo de gente en incesante diálogo, ninguna línea es explícita, sino velada. Las anécdotas, comentarios, discusiones, confesiones, acaban diluidas en el plano de la insinuación, de un gesto perentorio, de un silencio. De allí que un punto central de la novelletta, la imperiosa necesidad que conduce a Doro a dejar de compartir un tiempo exclusivo con Clelia y repartirlo con antiguos amigos, permanezca agazapado en una penumbra siempre sugerida, pero nunca revelada, no obstante las infructuosas tentativas del narrador para que su amigo exponga esa vulnerabilidad que, quizás, podría permitirles de nuevo una unión profunda. La posibilidad de apertura emocional no solo jamás se concreta, sino que adquiere tintes brumosos al interponer Clelia un velo comunicativo entre los amigos.
Con los días, que dan la impresión de evaporarse junto con recuerdos cada vez más efímeros, al narrador se le presenta la playa como escenario de ese sentimiento que avanza con el transcurrir del tiempo: una sucesión de momentos que, en forma pendular, se difuminan con las olas, con el cielo, indiferente e inabarcable, con el sol que inmoviliza la sensualidad, las intrigas, las historias. Como si lejos quedara la sombra del deseo y, en compensación, la playa concediera solo un instante de inmovilidad contemplativa.
* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).