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La piedra como memoria del tiempo

A propósito de la exposición "La piedra y la luz" de Fernando Allen en el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, España.

Daniel Mendonca
por Daniel Mendonca 26 Julio de 2026
26 Julio de 2026
"La piedra y la luz", vista de sala.
"La piedra y la luz", vista de sala. Cortesía.

Antes de la escritura, antes de los archivos y de la memoria organizada en documentos, la humanidad encontró en la piedra el soporte más duradero para preservar una experiencia del mundo. El arte rupestre constituye, en ese sentido, una de las manifestaciones culturales más antiguas de las que se tiene noticia y uno de los primeros testimonios de la capacidad humana para conferir significado a la realidad mediante imágenes. En Paraguay, los conjuntos de pinturas y grabados rupestres conservados en diversos sitios arqueológicos representan un patrimonio de extraordinario valor histórico y cultural, pues testimonian la presencia de comunidades que desarrollaron complejas formas de percepción, representación y relación con el entorno mucho antes de la conformación de la sociedad colonial.

"La piedra y la luz", vista de sala.
"La piedra y la luz", vista de sala. Cortesía.

Reducir esas manifestaciones a la condición de simples vestigios arqueológicos supone desconocer su verdadera dimensión. En rigor, el arte rupestre constituye un notable fenómeno intelectual y simbólico. Cada figura grabada sobre la roca expresa una manera de comprender el mundo y de situar al ser humano dentro de él. Aunque el significado preciso de muchos de estos símbolos permanezca inaccesible, ello no disminuye su importancia. Por el contrario, revela la distancia que separa nuestra sensibilidad contemporánea de los universos culturales que les dieron origen. Su permanencia nos recuerda que toda cultura busca trascender la fugacidad de la existencia mediante formas capaces de resistir el paso del tiempo.

Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra.
Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra. Cortesía.

La piedra ocupa aquí un lugar singular. Su resistencia material explica en parte la extraordinaria supervivencia de estas imágenes, pero también posee una evidente dimensión simbólica. Frente a la fragilidad de la vida humana, la roca aparece como un soporte de permanencia. Grabar o pintar sobre ella significaba confiar en que la memoria podría proyectarse más allá de la duración de una generación. Así, el arte rupestre puede entenderse como una de las primeras formas de construcción de memoria colectiva, una afirmación de la presencia humana frente al tiempo y el olvido.

Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra.
Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra. Cortesía.

En ese contexto, la reciente exposición fotográfica de Fernando Allen en el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, en España, adquiere especial relevancia. Altamira constituye uno de los principales referentes mundiales para el estudio del origen del arte y de las primeras expresiones simbólicas de la humanidad. El hecho de que una institución de esa jerarquía haya acogido una muestra dedicada al arte rupestre paraguayo no solo representa un reconocimiento especial al trabajo fotográfico de Allen, sino también una incorporación del patrimonio cultural paraguayo al diálogo internacional sobre los orígenes de la creación artística. Sus imágenes no se limitan a documentar los sitios arqueológicos, sino que revelan también la textura del tiempo inscrita en la piedra y permiten redescubrir estas manifestaciones como parte de una tradición universal de la memoria.

Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra.
Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra. Cortesía.

Desde esta perspectiva, el arte rupestre paraguayo deja de ser un objeto de interés exclusivamente arqueológico para convertirse en un elemento fundamental de la historia cultural del país. Estas imágenes testimonian la existencia de formas de conocimiento, de sensibilidad estética y de elaboración simbólica anteriores a cualquier registro escrito. Constituyen, además, un recordatorio de que la historia de una nación no comienza con sus documentos oficiales, sino con las primeras huellas que sus habitantes fueron capaces de dejar sobre el paisaje. Quizás esa sea la enseñanza más perdurable del arte rupestre. Las figuras grabadas en la piedra han sobrevivido a quienes las realizaron y continúan interpelando a quienes las contemplan milenios después. Ignoramos muchas de sus respuestas, pero seguimos reconociendo la vigencia de sus preguntas. En esa capacidad de atravesar el tiempo reside, probablemente, la esencia misma del arte: convertir una experiencia particular en una forma de memoria abierta a todas las generaciones futuras.

Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra.
Fernando Allen, fotografía expuesta en la muestra. Cortesía.

 

*Daniel Mendonca es docente e investigador universitario. Es coleccionista de arte contemporáneo paraguayo y titular de la Colección Mendonca.


 


 


 

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