Perla del Norte queda en un lugar edificado en la memoria. A diferencia de la distópica Comala o la ucrónica Novilla, en Macondo o en Santa María la vida transcurre como una versión de las cosas arraigada a la cultura que las contiene. Esto también sucede en Perla del Norte, pero de una manera muy diferente: La realidad se suscita allí como un universo personal y primario que remite a un sinfín de experiencias iniciales; esas que modifican el inconsciente y ordenan sus significantes. El sitio es difuso en el tiempo y está habitado por una tensa serenidad que desde el comienzo promete los agridulces de una armonía en descomposición. Un neblinoso sopor inunda los ambientes y se mezcla con los relatos, los atraviesa, dejándonos sentir un sabor áspero, acalorado, como el pulso de Perla del Norte: mezcla de sueño encantado, páramo misterioso, e infierno grande.
Tiendo a pensar que Kundera tenía razón cuando decía que no conocemos la realidad si no es en tiempo pasado, que las cosas no se parecen a su recuerdo y que, por lo tanto, el recuerdo no es la negación del olvido, es una forma del olvido. Perla del Norte fue fundada en la mirada de un niño que rememora. Ha crecido para comprender mejor el alcance de lo vivido, pero sabe que no debe abandonar la magia en su registro para que este sea fidedigno. Tal vez por eso, en las historias entretejidas de su gente, en la intimidad aislada y solitaria de sus personajes entrelazados, en la exigua parcialidad de un nimio punto sobre el mapa, puede el autor reflejar la universalidad de tal vasta multiplicidad de experiencias y emociones.
Con rápido reflejo, consigue hacernos encarnar en sus protagonistas y recorrer sus laberintos. En el tránsito logra reencontrarnos con una variante primitiva y ancestral del miedo que creíamos haber perdido en la adultez: un terror franco a la oscuridad, a estar solos, a los espejos y los altillos, a ciertas tenebrosas configuraciones de la infancia. Es estremecedor volver a saborear esos temores que parecían sepultados para siempre por el paso del tiempo. Todos los cuentos nos muestran que siempre estuvieron ahí, listos para ser evocados y reconstruidos en la pluma exquisita de Christian Kent.

El viaje comienza entre elecciones fatales en "Caribdis", un cuento que lo tiene todo y nos introduce a un escenario promisorio. Lo que allí se dice tiene un correlato con lo que se oculta, la historia se completa con lo que no se ha escrito, quizás con lo que no ha sido. Esa constante está presente en todo el libro, alimentando una nostálgica construcción del misterio. Desde la inquietante primera persona en el "Testimonio de Luana Macedo", a la flagrante inconformidad con el tiempo de la señora Pompa en "El chamán de Formosa", la frágil psicología de algunos personajes nos sumerge en una atmósfera agobiante que administra la incomodidad, sosteniendo la tensión, incluso en las escenas más pacíficas. Sin embargo, la narrativa fluye serena, delicada y sinuosa. Nos envuelve sigilosamente, sin abrumarnos, hasta adormecer el asombro; nos hechiza, permitiéndonos creer que todo lo que sucede allí es natural, y nos enseña a aceptarlo de ese modo. Tal es el caso del cuento de "Ramiro Henrique (supuesto espectro)", donde el autor despliega una amplia paleta de recursos de orden imaginativo, transitando con firmeza la delgada línea que separa lo ficticio de lo real hasta borrarla por completo. Disemina en la mente del lector la avidez por la fantasía, invitándolo a participar en un mundo donde lo verdadero no constituye ningún orden, ni siquiera tiene relevancia. La percepción y las consecuencias de los sucesos construyen la realidad y no su veracidad, que carece de cualquier importancia. Probablemente, ningún otro relato exhiba aristas tan definidas sobre la cosmogonía de los pobladores de Perla del Norte y sus bases mitológicas.
Luego descubriremos que las pequeñas distancias etarias, la sociabilización, el temor reverencial, las revelaciones de la transgresión, recorren la narrativa en "De carne y hueso", conduciéndonos hacia la compleja identidad de los vínculos. Cada cuento está favorecido por un uso preciso y agraciado del lenguaje que sabe ser simple como sus entornos cuando los pasajes lo requieren, como también elevarse con majestuosa síntesis poética cuando las circunstancias lo imponen. En todos los casos, el dominio ostensible de la técnica y la destreza al servicio del amor por el detalle, ofrecen al lector un invaluable disfrute que excede inclusive a la propia historia, dándole a la calidad de la ejecución un papel igual de preponderante.
Completa el índice "Vértigo en la calesita". Kent nos propone un final esperanzador, cercano a las ilusiones. La historia entre un niño prodigio y su profesora de piano nos incita a repensar la creación en sus aspectos más genuinos. La prevalencia de la libertad interior sobre los mandatos, el desprejuicio y la precariedad de las virtudes, encienden fervorosamente las luces que iluminan los caminos hacia todo porvenir.
Perla del norte nos invita a regresar una y otra vez a su mundo deliciosamente autoconstruido. Después de haber estado allí, tenemos la certeza de que volveremos pronto a repasar sus historias, a recorrer de nuevo sus calles con forma de tiempo, hechas del olvido y del recuerdo de los seres que hemos sido.
* Ricardo Giménez nació en La Plata (Argentina) y desde 2002 reside en Asunción. Es editor en otrasletras.com, redactor en Semitono/Prensa para distintos medios nacionales y colaborador del blog Jupixweb.de