La inspiración de Delfín Chamorro, o cómo sobrevivir a tiempos difíciles

La inspiración de Delfín Chamorro, o cómo sobrevivir a tiempos difíciles

Fui uno de los millones de norteamericanos que reaccionaron a las elecciones de noviembre de 2024 con considerable consternación. Todo lo que había esperado para mi país ahora estaba siendo desafiado por personas e ideas que, en mi opinión, representaban los impulsos más ruines de mi sociedad. Fue, y es, profundamente desalentador para mí, y eso que no soy una persona política. Dediqué tiempo a reflexionar sobre los caprichos de la política en Estados Unidos, de los cuales no podía esperar ningún alivio significativo, por así decirlo, durante al menos cuatro años. Por lo tanto, si tuviera que escapar a la ansiedad que esta situación me provocaba, necesitaría ser muy creativo. Ciertamente, no quería pasar por el tormento que experimentaron tantos de mis compatriotas al intentar decidir cuál era la mejor manera de resistir a la derecha populista.

Así que fue entonces cuando decidí dedicarme con más empeño y constancia a la poesía, en un sentido amplio. Escribiría más poesía; leería más poesía; intentaría vivir de acuerdo con una sensibilidad más poética. A partir de entonces -o hasta que empezara a sentirme mejor con respecto a las cosas- vería la poesía como una herramienta terapéutica y la aplicaría a mí mismo. Algo así como la acupuntura [1].

Imagino que esto parecerá superficial o ingenuo a muchos de mis lectores. Quizás la crisis política en Estados Unidos me haya dado una excusa para centrarme más fácilmente en cosas en las que había planeado enfocarme de todos modos. Después de todo, en 2022 escribí un libro con Dardo Ramírez Braschi titulado Leyendo la Guerra de la Triple Alianza. Versos bélicos y combate literario (1864-1870). Este estudio de 500 páginas se centró en los versos que aparecieron como propaganda de guerra durante la Guerra Guasú y los análisis que Dardo y yo reunimos nos ayudaron a comprender cómo la poesía reflejaba esa época. Este tipo de análisis subjetivo era completamente nuevo para mí, pero aprendí mucho de él.

Por supuesto, los versos de guerra constituyen sólo una pequeña parte de la poesía paraguaya. De hecho, desde hace mucho tiempo he querido examinar los contornos más amplios de la literatura paraguaya y ahora el tono curioso y desconcertante de estos tiempos ha servido para estimularme en esa dirección. Decidí que un buen lugar para comenzar sería consultar Parnaso Paraguayo, editado por Michael Angelo de Vitis y publicado en Barcelona en 1926. Esta compilación fue una de las primeras en tomar en serio el verso paraguayo moderno e intentar brindar a los lectores una muestra relativamente completa de lo que los poetas paraguayos tenían para ofrecer.

Parnaso Paraguayo, de Michael Angelo de Vitis. Cortesía

No sorprende que las primeras selecciones ofrecidas en la compilación tengan antecedentes románticos. El romanticismo hispanoamericano nunca fue un movimiento formal como en Europa, sino que surgió de manera irregular a partir del caos político que siguió a la independencia de España. Tendía a tener un carácter ecléctico, tomaba prestado ampliamente de diversas lenguas extranjeras y significaba cosas distintas en distintos lugares. El romanticismo apareció antes o duró más en algunos países que en otros, principalmente en función del acceso a influencias extranjeras. Así, el primer poeta romántico hispanoamericano probablemente fue José María Heredia (1803-1839), un cubano que vivió en Nueva York en la segunda y tercera décadas del siglo XIX y que se sentía muy atraído por los poetas románticos que escribían en inglés.

En el continente austral, el primer poeta romántico argentino de cierta importancia fue el políglota Esteban Echeverría (1805-1851), quien publicó Rimas en 1837 y luego, uno o dos años más tarde, compuso un famoso poema en prosa, “El matadero”, que sólo fue impreso veinte años después de su fallecimiento [2]. Para no quedarse atrás, Domingo Faustino Sarmiento hizo su gran defensa del estilo romántico en Chile, cuando -según sus propias palabras- el romanticismo “ya estaba muerto y enterrado en Europa” [3]. Y, si buscamos un romántico uruguayo, el mejor ejemplo llegó aún más tarde: “Tabaré”, de Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931). Este último era un poema de seis cantos, publicado por primera vez en 1888 y todavía considerado un clásico en la República Oriental.

Dado el grado de aislamiento y analfabetismo que Paraguay enfrentó hasta después de la Guerra de la Triple Alianza, no debería sorprender que el primero, o al menos uno de los primeros- poemas románticos que De Vitis eligió destacar fuera Todo está perdido, del lingüista y educador Delfín Chamorro (1863-1931):

Todo está perdido

Libre cual brisa de la mar un día

las calles recorrían

en suelta vaguedad;

y en la mágica red de tu mirada,

cual siempre despiadada,

perdí mi libertad.

Luego, una chispa de sonrisa ardiente

vino a encender mi mente

en llamas de ilusión;

Y soñando inocente como un niño,

al ganar tu cariño

perdí mi corazón.

Mas la hoguera también hace apagado,

acaso al soplo helado

de tu cruel desdén;

Y hoy la dicha soñada de tu seno,

de mil placeres lleno,

perdida esta también.

Sé que la rosa de tus labios pura,

jamás con su hermosura

mis labios tocará,

Y hasta la luz de la esperanza mía,

también desde este día

miro perderse ya.

Otro amor en tu pecho inmaculado,

holgándose a tu lado,

su edén encontrará;

Yo solo espero como bien la muerte,

pues para mí, al perderte,

perdido todo está.

Este poema, publicado cuando el autor tenía veintisiete años, reflejaba una cuidadosa consideración del campo paraguayo y, al mismo tiempo, ofrecía indicios de cómo era vivir las agonías de la catástrofe nacional. Chamorro era originario de Caaguazú. Luego pasó una parte considerable de su juventud en San Juan Bautista y Villarrica antes de mudarse en 1911 a la capital, donde Manuel Gondra fue su mentor literario [4].

En el reconocido catálogo de fichas biográficas del profesor Raúl Amaral se dice que don Delfín atravesó una crisis sentimental poco después de haber llegado a Asunción. Hundido en la desesperación y la melancolía, buscó consuelo en los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, el romántico español. Esta influencia, a su vez, lo motivó a escribir “Todo está perdido”.

Le mostré el poema a un amigo cercano que, además de ser un científico retirado, se ha convertido en un ávido poeta del mundo natural [5]. Estuvimos de acuerdo en que la estructura del poema de Chamorro era notable, como en los patrones repetidos en cinco estrofas de 6 versos cada una. Cada estrofa consta de dos tercetos o subestructuras de tres versos interconectados. Los tercetos contienen una línea larga, que parece tener seis tiempos, y dos líneas cortas de tres tiempos cada una [6]. El esquema de rima es A-A-B-C-C-B. El poema también presenta una variedad de rimas internas, lo que lo vuelve bastante musical al ser leído en voz alta, produciendo un sonido general que recuerda al de un vals. Esto podría explicar su perdurable popularidad entre los lectores paraguayos.

Si mi amigo poeta y yo tenemos razón acerca de la estructura, entonces Chamorro requería coherencia. Necesitaba, por tanto, ubicar líneas en blanco de manera regular entre las estrofas, insertando las pausas solo después de cada grupo de seis líneas. Pero he visto varias versiones de la estructura publicada, no solo la que registró De Vitis. Uno puede imaginar el poema construido a partir de diez tercetos en lugar de cinco pares de tercetos. En ese caso, debería haber una pausa en la estrofa después de cada conjunto de tres líneas. Sin embargo, a falta de más información, es difícil saber qué pretendía don Delfín cuando compuso el poema en 1880.

En cuanto al contenido, aquí es donde brilla su romanticismo. Vemos en su elección de palabras todas las señales de las influencias románticas: sonrisa ardiente; llamas de ilusión; perdí mi corazón; cruel desdén; pecho inmaculado. Todos estos términos podrían haber sido utilizados por Bécquer, Goethe, Heredia o Echeverría para expresar una reacción profundamente personal ante los desafíos del mundo. Hacer el amor puede ser sencillamente banal; alimenta la idea del romance como algo fundamentalmente sensual, pero nada más que eso. Enamorarse, por el contrario, es hermoso y recuerda a los trovadores españoles y al piropo bien compuesto. Es un ideal que se sustenta en nuestras aspiraciones más humanas.

La proximidad entre un hombre arrastrado por un amor apasionado y un hombre perdido en la melancolía mundana también es muy real, especialmente cuando ubicamos al hombre en la tragedia en curso de la Guerra Guasú. Incluso el título del poema, “Todo está perdido”, evoca el paisaje devastado del Paraguay, tanto del corazón del poeta como del país mientras avanzaba cojeando hacia el siglo XX. El poder del amor romántico, no menos que los efectos de los cañonazos aliados en Tuyutí, hace que los corazones se dobleguen y rompan. Incluso la muerte, nos recuerda Chamorro, está condicionada por ese amor, y cuando uno pierde a un amante, pierde una parte del “todo”. No hay nada como la pasión del amor para volver original lo común y nuevo lo que muere de viejo.

Debió de parecerle nuevo a Chamorro. Mi reflexión aquí sobre uno solo de sus poemas depende de dos historias particulares: una, la del poeta que vivía en el interior rural del Paraguay en 1880; y otra, la mía, viviendo en Estados Unidos en 2025. Ya he mencionado cómo mi propio giro hacia la poesía refleja mi objetivo más amplio de sobrevivir a los años de Trump e, incluso, florecer en cierta medida. Pero ¿y don Delfín? Realmente me pregunto qué habría pensado el Chamorro mayor sobre el Chamorro joven. A fin de cuentas, el primero abandonó en gran medida al segundo en su exitosa búsqueda por convertirse en un educador serio, un gramático, y un profesor de lenguas modernas en el Colegio Nacional [7]. Sin duda, Chamorro siguió siendo un auténtico “maestro de conocimiento y virtud”, con muchos discípulos que llevaron su mensaje de discurso civilizado a las generaciones más jóvenes. Y siempre fue modesto.

Al ofrecer una especulación final en un ensayo que ya está lleno de especulaciones indemostrables, permítanme decir que el éxito de Chamorro se debió tanto a su sensibilidad como poeta romántico como a su devoción por la ciencia. Pero podría estar equivocado.

Notas

[1] Los turcos tienen una palabra para esto: hüzün, una sensación lúgubre de que las cosas están en declive y que la situación (a menudo de carácter político) probablemente empeorará gradualmente; el mismo término, que es la oscuridad personificada, permite sin embargo una escasa medida de esperanza, evitándonos un sentimiento de persecución personal y recordándonos que las desgracias son en gran medida de naturaleza colectiva.

[2] Existe cierto debate entre los historiadores literarios sobre si “El matadero” debe considerarse poesía, un cuento vernáculo, un boceto, o algo más. Juan María Gutiérrez afirmó haber descubierto la obra entre los papeles de Echeverría, pero nunca se ha encontrado un original y algunos estudiosos han llegado a afirmar que el propio Gutiérrez era el autor.

[3] Arturo Torres-Rioseco, The Epic of Latin American Literature (Berkeley, Los Angeles, Londres: University of California, 1970). p. 79.

[4] Teresa Méndez-Faith, Breve diccionario de la literatura paraguaya (Asunción: El Lector, 1994).

[5] Para aquellos interesados en traducciones de la poesía de Bob Ambrose, sugiero “Una traducción poética que une dos culturas” y “El jardín”. Gaceta Parnasus, 31 dic. 2023, pp. 8-9. Ver: https://issuu.com/parnasuspy/docs/diciembre_2023_gaceta_parnasus

[6] En cambio, la estructura del tiempo podría ser 5-3-3 o incluso 4-2-2, dependiendo de cómo se lea el poema en voz alta. Sólo el propio Chamorro podría decirnos cuál prefería. Los poetas profesionales de la era moderna suelen utilizar el término “métrica” en lugar de “línea” o “tiempo”, pero yo prefiero este último término.

[7] En vida, Chamorro publicó varios trabajos breves de teoría de la gramática española. Años después de su muerte, su poesía fue publicada en una recopilación de Romualdo Alarcón Martínez titulada El parnaso guaireño (Asunción: Ediciones Intento, 1987).

 

* Thomas Whigham es profesor emérito de la Universidad de Georgia, Estados Unidos.