Jorge Eduardo Eielson: entre la ética y la estética
En la idea que Jorge Eduardo Eielson tiene del arte, “decir” no es necesariamente “comunicar”. Así lo expresa en uno de sus últimos escritos, que se constituye en una suerte de legado artístico y de arte poética de toda su obra, tanto la de estirpe verbal como no verbal. En efecto, en “La escalera infinita” -texto escrito originalmente en italiano en diciembre de 1998- Eielson señala: “Es por eso que sobre todo he recurrido a la poesía escrita -que circunda más estrictamente el silencio del decir, del escribir y de la lectura misma- y a las imágenes abstractas, que no comunican explícitamente nada sino más bien algo que va más allá de todo lenguaje, y que, por lo tanto, aun si quedamente, está diciendo mucho”. En tal sentido, estamos, pues, en lo de “poesía no dice nada / poesía se está callada / escuchando su propia voz”, de Martín Adán, con quien el poeta Eielson, dicho sea de paso, tiene muchas afinidades, tal vez poco o nada resaltadas por la crítica literaria.
Por estas razones es que, en algunas instalaciones y performances, Eielson ha apelado a sonidos puros más que a la música compuesta, es decir, a materia prima llana y fresca, aun sin procesar. Es así que nuestro artista, en especial desde fines de 1950, cuando escribió Habitación en Roma, se ha aproximado tanto a la filosofía zen como apasionado por la historia y la filosofía de la ciencia. Esto, más otros saberes y diversas formas de creatividad, lo han conducido por una amplia vía que desemboca en un fructífero encuentro de culturas, lo cual le ha conferido una visión más completa de eso que insistimos en llamar Realidad: esa entidad compleja, ambigua, fragmentaria y huidiza, a la que nunca se alcanza y que más bien solo se sigue y se persigue, recurriendo de nuevo al también escurridizo e insobornable Martín Adán.
En un poema de su penúltimo libro que, expresivamente, se llama Sin título, el “payaso” Eielson, con desopilante sorna, refiere:
La gente dice que me he vuelto loco
Porque no uso corbata
Ni sombrero. O porque me enamoro
Siempre cuando llueve
O hace frío. La gente se ríe
Cuando lloro o cuando respiro
Pero la verdad es que la gente
Detesta mi cara de payaso
Asustado. Y sobre todo mi bolsillo
Siempre vacío y la oscuridad
En que me muevo entre destello
Y destello
No existe verdadero artista ni verdadero hombre de ciencia desprovisto de esta dimensión humana, a la vez fuente de indignación, de dicha y de inagotables energías creativas. La belleza, fin último del arte, que nace de este humus histórico y humano, debería ser un derecho de todos y un deber para cada artista, como la verdad -otra forma de la belleza- lo es para el hombre de ciencia. Un deber que implica integridad, responsabilidad, generosidad, amor a la naturaleza y al prójimo, además de imaginación, libertad, asombro, curiosidad, paciencia, rebelión, transgresión, humildad.
Eielson solía decir que su quehacer múltiple, a la manera de su reverenciado Leonardo, era acaso uno solo: la paciente obra de alguien que emplea distintos códigos (lingüísticos, plásticos, sonoros, verbales) para urdir una especie de red (con sus emblemáticos nudos), siempre más densa y estrecha, a fin de aferrar, detener o contener la evanescente realidad última.
A propósito de esto, permítaseme decir que, en lo personal, a Eielson siempre lo he imaginado de dos maneras: la primera como el Rey Pescador, esa especie de señor mago que, según las novelas medievales francesas como las de Chrétien de Troyes, guarda en su castillo invisible el Santo Grial así como su secreto, el cual solo puede ser revelado a aquel que tenga ojos para ver y el corazón puro para palpar la transparencia.
Y la otra manera es la que él mismo me refirió una vez hace más de una década: en sus últimos años él se veía como un pianista de jazz, ciego, como su amado Homero, tocando hasta el amanecer en un viejo café todas las melodías que le gustaban a Michele, su compañero de toda la vida (Sam, play it again!).
Se trata del mismo Michele a quien recién en sus últimos años Eielson dedicará algunos de sus mejores textos, siendo quizás el más hermoso y revelador de ellos el que comienza con “La gente...”, de su último libro titulado Del absoluto amor y otros poemas sin título. Este es un largo poema donde el compañero aparece como un personaje de características órficas, en tanto ser redentor y dispensador de vida, cuya luminosa y benéfica presencia se opone a la sociedad vacua y desprovista de sentido y grandeza que se le opone y que, no obstante, terminará por desaparecer sin pena ni gloria ante tal magnífico y a la vez sencillo personaje. Cabe anotar que si en la historia de la literatura hay obras fundamentales que hablan de la amistad y del amor o, mejor, del amor-amistad, como la más importante y trascendente de las relaciones (piénsese si no en las parejas Gilgamesh-Enkidu [un epígrafe del Gilgamesh da inicio al poema de marras], Aquiles-Patroclo [Ilíada], Narciso- Goldmundo [de Hesse]), con este texto el par Jorge Eduardo-Michele se suman a esa galería de personajes que lo dieron todo por causa de la vida a través del arte y de la amistad.
* Renato Sandoval Bacigalupo (Lima, 1957) es profesor de literaturas europeas, doctor en Filología Románica y traductor. Ha publicado poesía y ensayo. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, Perú, en 2019, mención especial en Poesía. Acaba de publicar su poesía reunida Trenos de trinos (1983-2023).