Rosa Shipper observa el paisaje de la frontera. El sol del mediodi?a chaquen?o es intenso. Esta? cansada pues ha dormido poco y, quie?n sabe por que? motivo, los meandros de la memoria la llevan a una plaza del microcentro asunceno, y tambie?n a Wolf. Una diminuta la?grima llega hasta la comisura del labio que dibuja una casi imperceptible sonrisa. Ahora la memoria la lleva frente a la puerta de una ca?rcel. Ahi? esta? Rosita, apretando una vianda, mientras un soldado le dice que no, que no puede pasar, que las visitas esta?n prohibidas. Detra?s del soldado hay una puerta cerrada y detra?s de esa puerta un pasillo que conduce a una celda. Tras las rejas esta? el pintor Wolf Bandurek.
A Wolf lo han rapado. E?l no eligio? el nuevo corte de pelo. Son tiempos difi?ciles en Asuncio?n. Sus peluqueros esta?n enmascarados, son polici?as del Departamento de Investigaciones. Primero lo han azotado con sables, fueron cincuenta azotes al torso desnudo del extranjero con ideas extran?as. Despue?s lo obligaron a ver co?mo torturaban a su amigo Alfredo Alcorta. Ahora esta? en una celda oscura. Wolf tiene miedo y no tiene miedo, ahora escupe sangre, ahora intenta pensar en otras cosas; recuerda. La memoria lo lleva a su ciudad natal, luego a la Academia de Bellas Artes de Poznan, luego al Hochschule fu?r Bildende Ku?nste de Du?sseldorf, Alemania. Si?, ahora a sus primeras experiencias con el expresionismo, ahora recuerda cuando le contaron que su nombre estaba marcado y decidio? irse lejos. Los Bandurek, al ser hijos de judi?os, como cientos de inmigrantes escaparon de Europa y llegaron a Sudame?rica con poco, casi nada. Ahora los recuerdos lo llevan a la Argentina y finalmente al Paraguay de la posguerra del Chaco.
Wolf solo intenta respirar. Los torturadores lo han dejado tirado en una celda sin techo. Unas horas antes, a las 9 de la man?ana del 18 de mayo de 1943, un equipo de inteligencia de la polici?a entro? con pistolas y garrotes a su casa ubicada en la numeracio?n 12 de la calle El Progreso y lo llevo? maniatado hasta Investigaciones. Antes de los azotes lo tuvieron rigurosamente incomunicado. Desde el aislamiento, Wolf escucho? muchas palabras en guarani? y castellano, pero tambie?n escucho? palabras en alema?n. Era Siegfred Kassel, un amigo suyo, tambie?n pintor. A los gritos de Kassel se sumaban principalmente gritos de dolor de dirigentes obreros y estudiantiles que eran azotados, y los ma?s infortunados luego eran sometidos a largas horas de sofocacio?n en una ban?era llena de agua, vo?mitos y excrementos dejados por quienes les precedieron en este amargo destino.

Rosita mira el horizonte y observa co?mo la geografi?a lentamente va transforma?ndose en sino?nimo de an?oranza. Tan solo unos an?os atra?s podemos ver a Rosa Shipper en Colo?n casi Palma mirando las ofertas de un puesto de revistas. Su padre, al igual que Wolf, es polaco, pero e?l no es artista, es un confeccionista de camisas finas y prendas de vestir. Cada quince di?as, Rosa va al puesto para adquirir nuevas publicaciones sobre el mundo de la moda, las telas y la decoracio?n. El duen?o del puesto de revistas se llama Luis Livinson. Livinson fuma una pequen?a pipa que trajo de Egipto, su pai?s natal. El olor a tabaco ha quedado impregnado en las revistas y libros, pero esto parece no importarle ni a e?l, ni a sus clientes. A Rosa tampoco le importa, se queda paralizada ante la caja de oferta de libros usados, mira detenidamente las novelas y cuentos. Al terminar el ritual de revisio?n cotidiana de que? hay de nuevo en la caja de libros viejos, Rosa pasa unas monedas a don Luis y le pide una revista sobre telas para su padre. Rosa va sonriente. Don Luis, mientras frota levemente el borde de la cazoleta de su pipa, mira hacia el este y tambie?n sonri?e.
Dentro de la revista sobre telas, Livinson incluyo? discretamente la revista Claridad. Rosita lo sabe, pues para eso va junto al egipcio cada dos semanas. Varias ce?lulas clandestinas trabajan para esta operacio?n. La revista se despide de sus compan?eras de la imprenta argentina, ingresa sigilosamente en el puerto de Buenos Aires, viaja de polizonte en un barco mercante, evade astutamente el puesto de control del puerto de Asuncio?n, del puerto llega a la revisteri?a y se impregna del fuerte aroma que emana el tabaco que fuma Livinson. De la revisteri?a llega, al fin, dentro de una enorme revista sobre el mundo de las telas, al grupo en el que Rosita participa, actualizando asi? las novedades arti?sticas y revolucionarias. Livinson cambia el tabaco de su vieja pipa, sonri?e y saluda a un nuevo cliente. Un di?a ma?s con la tarea hecha.
Rosita es joven y esta? segura de lo que piensa, siente y hace. La conocen ma?s como actriz. Salvo sus camaradas, pocos saben que Rosita integra la Unio?n Femenina del Paraguay. Ama la actuacio?n. Desde hace unos meses, ella y su hermano Miguel integran la Compan?i?a Paraguaya de Comedias, gracias a eso tiene frecuentes tertulias con artistas como Julio Correa y Roque Centurio?n Miranda. La otra vida de Rosa seguira? oculta por un lapso breve, pues la hora se acerca, la coyuntura local e internacional asi? lo demuestran. El asesinato de Salomo?n Sirota, vi?ctima de las torturas el 5 de enero de 1936, indigno? a toda la ciudadani?a, las movilizaciones resquebrajaron el gobierno de Eusebio Ayala, luego se sobrevino la revolucio?n del 17 de febrero, pero algo pasa entre los aliados civiles y militares, existen personas con pensamiento totalitario, y cada vez tienen ma?s poder, y los exiliados europeos, al igual que muchos sindicalistas y artistas nacionales, saben bien lo que significa. La presio?n de las fuerzas internas de la revolucio?n es intensamente diale?ctica. Son dos modelos de pai?s totalmente opuestos. Rosita y sus camaradas saben que un grupo va adquiriendo poder en diferentes esferas de la economi?a y de la poli?tica, ocupando espacios claves. Ella habla de esta situacio?n con sus compan?eras, y discuten, clandestinamente, por ahora, co?mo afectara? a los derechos de las mujeres. Y tambie?n habla de esto con muchos otros artistas e intelectuales, cuando, por ejemplo, va a la farmacia, en especial cuando ingresa a la robo?tica de una farmacia administrada por el dramaturgo Arturo Alsina, ya que para sobrevivir don Arturo trabaja de boticario, y a veces este querido lector de Ibsen, entre risas cuenta a sus contertulios que su farmacia es la primera botica cultural del Paraguay, y que los artistas son así, necesitan encontrarse para rei?r, llorar, creer y crear. Los hermanos Shipper son artistas. A veces, don Julio los invita a la casona en Luque para apostar a caballos, a la noche entre mu?sica, mono?logos y ka?so n?emombe'u, hablan intensamente del presente y el futuro de estas violentadas tierras y el rol del arte. Pero todo esto es un recuerdo; Rosita, desde el Chaco argentino, siente añoranza. Ahora vuelve a recordar el u?ltimo comentario que le dijo Wolf sobre su estadi?a en la ca?rcel. En ese recuerdo, Wolf respira con dificultad y la mira fijamente a los ojos, mientras le cuenta que cuando el sol del medio di?a le dio al rostro, desperto? en una celda sin techo. Que desde la rendija vio unas botas acerca?ndose, y que sin mediar palabras los polici?as lo sacaron de su celda y lo expulsaron de la ca?rcel.
En todo ese tiempo, compan?eros como Rosita Shipper habi?an reportado sobre la situacio?n de Wolf y de otros camaradas. Las notas fueron de la misma forma clandestina en que llegaban las revistas distribuidas por Livinson. Muchas fueron interceptadas por los servicios de inteligencia, pero algunas llegaron al objetivo. Se veni?an tiempos ma?s oscuros, pero la nota sobre la situacio?n de Wolf y sus compan?eros llego? a destino. Di?as despue?s de que el mensaje llegara a sus destinatarios, organizaciones sociales de Argentina denunciaron el hecho a nivel nacional e internacional. En Asuncio?n, el gobierno militar tuvo que discutir el tema de los extranjeros hasta llegar a la conclusio?n de liberar al polaco y a algunos de sus camaradas para que la situacio?n, como deci?an los asesores, se relaje.

Por delicadeza o timidez de Bandurek, Rosita no sabe que, cuando Wolf fue expulsado de la ca?rcel, camino? con dificultad rumbo a la estacio?n del tren. Senti?a la clara necesidad de pasar unos di?as en la casona de don Julio. El calor era intenso para un polaco, pero lentamente se iba adaptando. Nunca sabra? ella, que cuando Wolf cruzo? la plaza del microcentro asunceno, recordó, como si fuera ayer, la imponente y delicada presencia de Rosita en el gran mitin del primero de mayo de 1936. Ahi? recomenzo? todo para e?l: nuevo clima, nuevos idiomas, nuevos colores, nuevo pai?s. El exiliado pronto comprendio? que la posguerra del Chaco estaba cargada de indignacio?n, y que el pai?s en si? apostaba por una nueva revolucio?n, esta vez, a manos de una forzada unio?n entre civiles y militares. Con la sagacidad de los que ya vivieron la misma experiencia en otra geografi?a y en otro idioma, fa?cilmente reconocio? lo que para algunos era necedad, y para otros como e?l, la necesidad para alzar la voz por un mundo mejor. Comprendio? que los sindicatos y las organizaciones populares precisaban hacer una demostracio?n de fuerza; el uno de mayo era clave. Y ahi? estaba el pintor exiliado, Wolf Bandurek, presenciando su primer mitin paraguayo. Esa tarde, en el momento ma?s agitado de los discursos que oscilaban entre el guarani? y el castellano, el li?der sindical Francisco Gaona invito? a escuchar las palabras de la representante de la Unio?n Femenina del Paraguay, y fue asi? que, por primera vez en el di?a, en el momento ma?s a?lgido, una joven subio? al improvisado estrado de la tribuna popular. Con sorpresa, Wolf percibio? el repentino silencio e, incluso, una repentina tensio?n. La mujer respiro? hondo y, con seguridad, miro? a los ojos sorprendidos de su pu?blico mayoritariamente masculino. Rosita, sin ningu?n temor, levanto? sus brazos y de manera pausada pero firme, con sus ojos, sus manos, con sus dedos, con los pun?os crispados con cada centi?metro de su cuerpo, y palabra por palabra, si?laba por si?laba, con todo su ser, a los estudiantes, obreros y espi?as presentes, dijo que: el movimiento revolucionario del 17 de febrero debi?a romper las cadenas que tan fuertemente oprimi?an al pueblo, y que la u?nica forma para ser enteramente libre era que la revolucio?n, si?, la revolucio?n, debi?a ser democra?tica, y antiimperialista. Rosita nunca sabrá, pero gracias a esas palabras, Wolf no dudó y se sumo? a la ce?lula 1 de mayo.
Rosita, con su familia, buscaba donde iniciar la actividad de venta de camisas finas, en una nueva ciudad. Recuerda su discurso y no se arrepiente de ninguna de sus palabras. En esa tarde los espi?as anotaron el nombre de Rosita. Y di?as despue?s, cuando la ce?lula 1 de mayo inicio? sus actividades gremiales, anotaron el nombre de Wolf. Rosita y Wolf, como Kassel, Miguel, Julio Correa y otros eran anotados por los espi?as como artistas subversivos. Unos jo?venes que dan su vida al arte, al amor y a la revuelta, no pueden durar mucho en este pai?s, deci?an, en voz baja, por supuesto, los pesimistas de ayer, hoy y siempre. Pero cuando todos murmuran, los impertinentes colores de Wolf alzan la voz. Hay momentos en la vida en que a la voz de un artista poco o nada le interesa el que? dira?n. Los colores de Wolf hablan y cuentan sobre ese momento. Lo mismo sucede en las tablas con Rosa y su hermano Miguel.
Los meandros de la an?oranza se mezclan, la tristeza y la alegri?a llevan desde dos geografi?as distintas a Wolf y a Rosita al mismo laberinto de evocaciones, suspiros e invocaciones. Todo es oscuro y los recuerdos son como faros, para quiza?s volver a encontrarse con seres iguales. La memoria los lleva a la dolorosa y bella esencia del arte y la revolucio?n. En ese recuerdo mutuo Rosita y Miguel irradian felicidad, ambos trabajan en la primera peli?cula de larga duracio?n de la historia paraguaya y en tiempos de Revolucio?n. El recuerdo los lleva al ve?rtigo, la tensio?n y la alegri?a de ese instante que no se repetira? y a la vez, extran?amente renace con cada acto de alzar la voz. Los recuerdos llevan a Wolf y Rosita al estudio. Mientras Wolf haci?a un retrato del guionista, los hermanos Shipper comparti?an escena con actores amigos como Correa o Centurio?n Miranda, pero no era solo eso, ahora conoci?an a ese locutor y actor tan famoso de Argentina, Fromigue?, y a esa hermosa y talentosa actriz, Maruja Pacheco Huergo. Pero, adema?s, principalmente estaba James Bauer, un reconocido director de cine alema?n, que tambie?n habi?a logrado escapar de la persecucio?n nazi hacia los judi?os, y aca? estaba Bauer, alzando su voz de cineasta en Paraguay, haciendo arte, continuando su vida ¡haciendo arte! Era una gran convergencia de artistas de diferentes nacionalidades y de diferentes disciplinas. El guionista era un mu?sico llamado Remberto Gime?nez. Ante este contexto de agitada efervescencia arti?stica, la pintura de Remberto fue hecha cuando se podi?a y como se podi?a. Wolf recomendo? que el retrato fuera con el violi?n, pues este instrumento era la real pasio?n de Gime?nez. La an?oranza tambie?n dibuja a un Correa feliz, empezaba a recibir ofertas de viajes a la Argentina para presentar sus obras de teatro, pero tambie?n, de paso, pero no tan de paso, aprovechar ese viaje para incursionar en el cine. La primera peli?cula de larga duracio?n abri?a puertas para otras peli?culas, y los actores lo sabi?an. Habi?a mucho por celebrar, y mucho por batallar. Sin embargo, pocos meses despue?s, el rodaje de la peli?cula fue detenido. Algunos afirmaron que fue por un esca?ndalo entre actores. Otros, como Rosita y Wolf, que la peli?cula fue secuestrada por la faccio?n totalitaria, como castigo a la ofensa de la presencia de Bauer; adema?s fue impedida la exhibicio?n de las escenas por, segu?n la polici?a contrarrevolucionaria, la inmoralidad de la misma.

Rosita suspira desde su nuevo exilio, y desde ahi? sigue pensando en Wolf y sus amigos. En ese mismo instante, desde Luque, Wolf an?ora a Rosita, mientras pide un trago a unos amigos espan?oles tambie?n exiliados que administran un bar cerca de la parada del ferrocarril. Si?, hay momentos en que un artista debe alzar la voz, y en ese momento no le importa el que? dira?n, porque lo que dice es tan urgente como necesario. En Luque, a unas cuadras del bar donde Wolf an?ora, don Julio y su elenco ensayan, tampoco les importa el que? dira?n, aunque las cosas van subiendo de tono, y ma?s de una vez ya se ha ido preso. Muchos lo acusan de subversivo por escribir un poema dedicado a Pangolo, el estudiante que fue asesinado y tirado al ri?o, o alzar la voz organizando una funcio?n en homenaje a Jose? Asuncio?n Flores. De la voz de James Bauer, de la peli?cula, no quedara? nada, las escenas estara?n en el recuerdo desperdigado en distintos exilios de los que hicieron parte del staff. Desde la Argentina, gravemente enfermo, el viejo Bauer tambie?n recordara? esas escenas, como don Julio, como Rosita, como Wolf.
Rosita abraza a su hermano Miguel en el Chaco argentino, y Wolf, en Luque, toma un trago ma?s y piensa en hacer un boceto del mercado guazu? de Luque. Don Julio y su elenco siguen ensayando la escena. En lo u?nico que piensan es que la funcio?n debe continuar. Wolf apura el trago y se despide de los espan?oles republicanos. Con cuidado enrolla el boceto del mercado guazu? de Luque. Au?n no sabe que, de la peli?cula de sus amigos, solo quedara? el retrato de Remberto Gime?nez con un violi?n, donde destacan unas pa?lidas manos y un fondo oscuro, muy oscuro, entreviendo la melodi?a danzando en la penumbra. Au?n no sabe Wolf, mientras saluda a un alban?il que integra el elenco de don Julio, que dentro de poco su vida volvera? a cambiar radicalmente y partira? a Buenos Aires, y que pronto debera? aprender, nuevamente, como Rosita, a ser extranjero en una nueva geografi?a, an?orando un tiempo viejo, y buscando un tiempo nuevo, como otros en el teatro, en la mu?sica, y los pintores como e?l mismo, en los grabados y la pintura, alzando la voz, a su singular estilo, como siempre.
Nota de edición: Carlos Bazzano (1975) es escritor y gestor cultural. Ha publicado varios poemarios y su obra ha sido incluida en antologías nacionales e internacionales. Obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Cuentos El Cabildo (2008) y el primer premio del Concurso Nacional de Cuentos Jorge Ritter (2015). Ha participado en emprendimientos editoriales y ha coordinado diversas publicaciones. Agradecemos a la Dirección del Sector Cultural del Banco Central del Paraguay por habernos facilitado el texto y autorizado su reproducción.