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"Exuvia", o la resonancia del despojo

Quién es Sabina Candia o cómo, habiendo nacido en Misiones, sur del Paraguay, llegó a instalarse (esconderse, cuentan los editores) en los Cárpatos rumanos son preguntas que, aunque se pudiesen contestar, mejor sería no hacerlo.

Cave Ogdon
por Cave Ogdon 2 Noviembre de 2025
2 Noviembre de 2025

[...] la falta de solidez biológica, 
la imperecedera disposición a la ruina.
Peter W. Zapffe.

Lo que importa es lo que Sabina Candia escribe. Mejor dicho, lo que escribió, ya que parece que, como una encarnación rimbaudiana, no quiere saber más de la literatura y ahora prefiere mirar flores, pincharse con las espinas y lamerse la sangre en frías y remotas mañanas en compañía de sus gatos. Por mi parte, la imagino misántropa, algo que, lo confieso, me seduce.

Puede que una aproximación inicial nos convenza de que Exuvia es un un librito de cuentos, de textos que se parecen a cuentos, aunque estén rebanados con una hoja tan filosa como poética. Por fortuna, los editores de Kivevé sintonizaron con el aura de Exuvia, que mucho tiene de indefinido y fantasmal (como si más que un bicho fuera el espectro de un bicho), y fueron capaces de imaginar Exuvia como lo que es: una experiencia que empieza con la lectura, pero que, conforme se incrementa su efecto hipnótico y casi obsesivo, acaba alterando de extraña manera los sentidos del organismo lector. Digo "organismo lector", y no "lector" a secas, porque, tras haber transitado por el nada lineal itineario poético que proponen estos textos, no resulta imposible imaginar, entre los lectores incondicionales de Exuvia, a un ente alienígena. 

En fin, efectos como los que conjura Exuvia solo podían replicarse en la delicada artesanía de un librito-objeto que, a medida que lo inspeccionamos, se desdobla en especie de trozos lúdicos y desarmables. 

Pero, dejando de lado la propuesta sensorial que proponen los editores, ¿en dónde radica el embrujo de estos textos fragmentarios y deliberadamente agujereados que nos provocan la sensación de ir siendo barridos, palabra a palabra, por el viento del deterioro, de la lenta e inexorable aniquilación del tiempo? 

Como una carta ya anunciada, diremos que el término exuvia no es accidental. Por ende, sería oportuno que también nos apropiáramos de esta denominación y la empleáramos como categoría textual. 

La imagen de la exuvia evidentemente cifra una intención estética: escribir ya no para fijar discurso alguno, sino para deformar, retacear, desmembrar el sentido convencional de un relato, y solo entonces reutilizar lo remanente como elemento compositivo. El residuo reclama que aproximemos el oído para intentar percibir, siempre de forma distinta, la fantasmagoría de lo ausente, de lo que ya no puede reverberar vagamente sino como alucinación, pesadilla, incongruencia, vacilación. 

Estas exuvias no cuentan, titubean. Tiemblan en un abismo que, al igual que sucede con el agujero negro y la luz, traga el sentido corriente de la narración y, a cambio, nos devuelve la siempre insólita resonancia del despojo. 

No obstante su condición residual, podemos pensar estas exuvias como trozos separados, pero también como conjunto, aunque en cualquiera de los casos percibiremos un laberinto poliédrico. 

Si pensamos estas exuvias como un extraño y difuso exoesqueleto que las magnetiza en enjambre, podremos entrever un abanico de caras desplegadas como pétalos de origami. Y también nosotros, ya en metamorfosis, podremos esparcir nuestras propias exuvias analíticas:

[1] Como insectos o arácnidos, las exuvias de Sabina se amontonan reclamando atención, pero casi sin argumento. Son una especie de coupes de vie, pero no de cualquier vida, sino de una al parecer maldita desde su enunciación embrionaria, pues aun la nostalgia de la infancia (territorio de la inocencia por excelencia) cobra matices sórdidos o infernales. ¿Puede un niño nacer monstruoso y devorar las entrañas maternas? Sabina sugiere que sí.

[2] Las exuvias de Sabina no se esfuerzan en ocultar lo descarnado de su composición, la cual se basa en la manipulación de despojos, de cáscaras de algo muerto, reseco o fosilizado. En todo caso, algo que, en definitiva, mudó, ya sea rumbo a la extinción o a la transformación inevitable o espantosa.

[3] Ya metidos en la exploración de cáscaras, cutículas y membranas, nos enredamos con otra de las irresistibles singularidades de las exuvias de Sabina: la enunciación de lo fantástico como núcleo primordial del clima que traspasa los fragmentos de relato. Si para Todorov la percepción de lo fantástico residía en la suspensión de lo natural, en la momentánea incertidumbre hacia lo que damos por sentado que es real, en estas exuvias lo desbordante, lo inverosímil, lo absurdo configuran el clima habitual que respiran los personajes: hormigas que, con sus picaduras, fundan en la piel un territorio de olores; un alacrán que vive en los zapatos; la obsesión por una barba entrevista alguna vez en sueños; un niño convertido en demonio; un estuche de lluvia conformado a partir de secretas nostalgias cotidianas.

La lectura de Exuvia, fugaz pero intensa, nos introduce en una caparazón de melancolías epifánicas, la cual habitaremos con (provisoria o no) extrañeza hacia la apariencia convencional de lo que nos rodea. Para muchos, en el fondo, no se tratará de un descubrimiento, sino del hallazgo de una sintonía por mucho tiempo presentida: el vaho que desprenden los recuerdos al romperse como un hueso que nunca pudo sostener la efímera e insoportable existencia.

 

* Cave Ogdon (Asunción, 1987) es escritor. Ha publicado cuentos y novelas. Algunas de sus obras son Los incómodos (Arandurã, 2015, mención honorífica certamen literario Roque Gaona), Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018) y Perros del pantano (Póra, 2021).

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