Hoy, más de medio siglo después, el videoarte atraviesa una transformación radical impulsada por la irrupción de la inteligencia artificial (IA). Esta alianza entre creación artística y tecnología no solo redefine las herramientas del artista, sino también la experiencia del espectador y el alcance mismo de la obra.
En el presente, el videoarte ya no se limita a pantallas o instalaciones en museos: se despliega en espacios urbanos y plataformas digitales -como es la propuesta de Lúmina, concurso de videoarte y videopoema organizado por El Nacional-, así como en entornos inmersivos de realidad virtual o aumentada. La inteligencia artificial potencia esa expansión al permitir procesos de generación visual y sonora que antes eran inimaginables. Algoritmos entrenados en grandes volúmenes de imágenes y datos son capaces de crear narrativas, manipular secuencias en tiempo real o producir texturas audiovisuales que trascienden lo humano.

Lejos de reemplazar la sensibilidad del artista, la IA se convierte en un interlocutor creativo: propone alternativas, improvisa imágenes y abre caminos estéticos que el creador puede aceptar, modificar o tensionar. De este modo, la obra se convierte en un campo de negociación entre la intuición humana y la lógica algorítmica.

Nuevos alcances y desafíos
Uno de los mayores aportes de la IA al videoarte es la posibilidad de generar experiencias interactivas y personalizadas. El espectador ya no ocupa un rol pasivo: su voz, sus movimientos o incluso sus datos biométricos pueden influir en el curso de una obra audiovisual, haciendo de cada experiencia algo único e irrepetible.
Al mismo tiempo, surgen interrogantes éticos y políticos. ¿Qué sucede cuando la máquina utiliza imágenes sin consentimiento para entrenar modelos? ¿Cómo se regula la autoría en una creación compartida entre artista y algoritmo? Estas tensiones atraviesan los debates actuales y revelan que el videoarte con IA no solo experimenta con la forma, sino también con los marcos legales y conceptuales del arte.

En un mundo saturado de imágenes, el videoarte mantiene su lugar como laboratorio crítico. A través de la IA, puede explorar las estéticas de la vigilancia, cuestionar la manipulación digital de la realidad o imaginar futuros posibles donde lo humano y lo maquínico coexisten.
La importancia del videoarte en el arte contemporáneo actual radica justamente en esa capacidad de anticipar y problematizar las mutaciones tecnológicas y sociales. En este cruce entre sensibilidad y algoritmo, entre memoria visual y cálculo matemático, el videoarte sigue expandiendo las fronteras del arte y de la experiencia estética.