Siempre fue difícil acercarse en vida al dictador Francia; muerto, más difícil aún. Es así por las muchas y contradictorias opiniones que rodean los actos y pensamientos de un personaje histórico y novelístico, a más de las fabulaciones que le acompañan siempre. Nicolás Morínigo estudia al dictador Francia a partir de dos libros esenciales: Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay, de los suizos Rengger y Longchamp, que llegaron a Asunción el 30 de julio de 1819. Estuvieron 6 años, tiempo suficiente para hacerse de materiales para un libro, publicado en Europa en 1828. El otro libro, Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, se publicó en Buenos Aires en 1974. La obra de los suizos es un ensayo; la de Roa, una novela. Siempre nos preguntamos dónde comienza la historia y dónde la ficción. Morínigo nos resuelve la vieja y ardua cuestión: une la historia con la ficción.
En el título de su ensayo, Morínigo ya nos adelanta su opinión: “El Paraguay del Dr. Francia”. ¿Del doctor Francia el Paraguay? ¿Tanto así? ¿Esta República fue del dictador Francia? Sí, lo fue. Por los datos que nos da el autor, el Paraguay fue cincelado por Francia con mano firme, vigorosa, sin vacilaciones.
El punto de partida de Francia -nos dice Nicolás Morínigo- “fue poner en duda la acción de la limitada oligarquía; por tanto, recurrió al apoyo del pueblo. Por eso el Dr. Francia expresa en la novela Yo, el Supremo que 'aquí la generalidad del pueblo se encarna en el Estado. Aquí puedo afirmar yo, sí, con entera razón: el Estado soy yo, puesto que el pueblo me ha hecho su prestatario supremo'”. No puede olvidarse -nos recuerda Morínigo- que en esos momentos en el Paraguay no existía un poder legislativo, ni un poder militar ni religioso capaz de alternar la relación del dictador con la sociedad.

En este párrafo, como en muchos otros, vemos el socorro que le presta la novela a la historia para una mejor comprensión. Esto es así porque la ficción puede enmendar al personaje real. A un novelista le es permitido introducirse en las ideas y pensamientos donde no llegan los historiadores.
Del 14 y 15 de mayo de 1811 se sabe lo elemental, apenas la cáscara. Se conocen algunos nombres de los próceres, ni siquiera de todos, y ciertos hechos que determinaron el alzamiento de los patriotas; también algunas anécdotas sueltas, inconexas, erradas pero que, en general, forman la historia aceptada acerca de nuestra ruptura política de España y de otros acontecimientos.
No hay pretextos para que ignoremos, o conozcamos mal, los hechos que vinieron tejiendo nuestra actualidad política, social, económica, cultural. Hay muchos textos de paraguayos y extranjeros que son imprescindibles para el conocimiento de nuestro pasado.
Bien leídos, los acontecimientos del 14 y 15 de mayo de 1811 nos dejan muchos temas para la reflexión. ¿Cuáles son las causas? ¿Cuáles sus efectos? ¿Se realizaron las ideas originales que animaron la independencia? ¿Qué sucesos llevaron al dictador Francia a ordenar el fusilamiento de algunos de los próceres? ¿Eran traidores? ¿Sirvió la ruptura de cadena para el fomento de la educación, el arte, la cultura? Son muchas las preguntas cuyas respuestas están en la lectura metódica, sin apasionamiento, de la historia.
Ahora bien, ¿es la historia, como la define el diccionario, narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados? ¿Es enteramente fiable la narración de esos acontecimientos? ¿Es creíble que los historiadores se despojan de sus afectos o animosidades para darnos como hechos objetivos lo que, en realidad, no lo son? ¿Existe la objetividad?
En su monumental Estudio de la Historia, el historiador inglés Arnold J. Toynbee, escribe: "Se ha dicho, por ejemplo, de la Ilíada que todo el que comienza leyéndola como Historia encuentra que está llena de ficción, pero que, igualmente, todo el que empieza leyéndola como ficción encuentra que está llena de Historia. Todas las historias se parecen a la Ilíada en la medida en que no pueden prescindir por completo del elemento ficticio. La mera selección, disposición y presentación de hechos, constituye una técnica que pertenece al campo de la ficción, y la opinión popular está acertada en su insistencia de que ningún historiador puede ser 'grande' si no es también un gran artista".
La Historia se enfrenta a la fragilidad cuando es tratada por manos inexpertas o inescrupulosas. Se tiende mucho a exaltar o denostar a personajes históricos, según la ideología del historiador o del comentarista. El mariscal Francisco Solano López es la figura protagónica de estos extremos. Es el ejemplo del más subido patriotismo, o el asesino desalmado que mató a su pueblo. En ambos casos se dan ejemplos que avalan las expresiones laudatorias o endemoniadas. Sucede igual con José Gaspar Rodríguez de Francia. En este punto de nuevo acudo a Toynbee. Nuestro máximo escritor, Augusto Roa Bastos, es el autor de la novela Yo, el Supremo, de tanto éxito desde su aparición. Esta obra tiene como protagonista al dictador Francia. Como en la Ilíada, hay ficción en la historia e historia en la ficción.
¿Cómo distinguir la mera fantasía introducida en la historia? Hay dos caminos certeros: leer mucho y elegir autores que investigan, acuden a las fuentes, a las documentaciones, no a los historiadores que copian a los historiadores en los fragmentos que avalan su ideología, o sea, su interés de elogiar o censurar comportamientos de figuras conocidas.
Hay otro camino que Nicolás Morínigo nos indica con pericia: presentar la ficción como historia y la historia como ficción. Es más, introduce la ficción para apoyar la historia. ¿Y cuál es el resultado? Un magnífico ensayo que ilumina una parte trascendente de nuestro pasado.
Conocedor de nuestra historia y de nuestros personajes históricos, también lector reiterativo del Quijote, se me ocurre pensar que Roa Bastos, en una de esas lecturas, asoció al dictador Francia y a su secretario, Policarpo Patiño, con Don Quijote y Sancho. A partir de esta asociación, o revelación, intuyo que comenzó a tejer su obra con un lenguaje que no podía ser otro que el de Francia. Las grandes obras no se copian. Se emparejan. En muchos fragmentos de Yo, el Supremo pareciera escucharse a Don Quijote reñir a su escudero: “Come, Sancho amigo, sustenta la vida, que más que a mí te importa. Yo nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo... ¿Es posible, ¡oh, Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que no eres tonto [...] ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o majadero? Calla y no me repliques...”
Y el Supremo a su fiel de fechos: “Eh, Patiño, saca esa mosca que ha caído en el tintero. Con los dedos no, ¡animal! Con la punta de la pluma. Como cuando te deshollinas las fosas nasales. ¡Despacio, hombre! Sin manchar los papeles. Ya está, Excelencia; aunque me permito decirle que en el tintero no hay ninguna mosca. No discutas las verdades que no alcanzas a ver... Alcánzame el catalejo. Abre bien los postigos. Despliega todos los tubos. Alguien agita los brazos allá lejos. Está llamando, pide auxilio. Ha de ser ese mosquito nomás, Excelencia, pegado al vidrio".
En estas breves escenas, de las muchas que adornan el libro, Roa Bastos nos da la pintura exacta del dictador Francia. Solo él veía las verdades que a nadie permitía ponerlas en discusión.
También en este libro de José Nicolás Morínigo nada queda para la discusión. Está todo y admirablemente dicho de un personaje histórico cuyo comportamiento es entendible solo desde la ficción.
Nota de edición: El presente texto fue leído por el autor en la presentación del libro de José Nicolás Morínigo, El Paraguay del Dr. Francia en el "Ensayo histórico" y en "Yo, el Supremo", Arandurã, Asunción, 2022, 148 páginas.
* Alcibiades González Delvalle (1936) es periodista, dramaturgo y narrador. Es miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y de la Academia de la Lengua Guaraní. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 2013.