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El muro de Babilonia

Una ficción ubicada en la antigüedad para ser leída en clave contemporánea.

Mauricio Maluff Masi
por Mauricio Maluff Masi 22 Febrero de 2026
22 Febrero de 2026
El muro de Babilonia

Las crónicas de reyes de la antigua Babilonia cuentan del rey Ammi-ditana, de corazón blando. El rey sentía un gran amor por su reina, Samuhtum, y a pesar de esperar año tras año por un heredero, contra la tradición y la presión de la corte, se rehusó a abandonarla por una más joven y fértil. Pasados los años, cuando ya muchos aguardaban con pesar el fin de la dinastía, la reina Samuhtum sorprendió a toda la ciudad dando a luz a gemelos. La reina y sus cortesanas, resguardadas en sus aposentos, esperaban con angustia la llegada del rey, pues en tales casos, el código era severo: para evitar futuras pugnas por el trono, la ley del rey Hammurabi requería la ejecución de uno de los príncipes. Pero al ver a sus herederos en brazos de su amada reina, el blando corazón del rey una vez más se impuso a la tradición babilónica. En lugar de escoger a un heredero, Ammi-ditana dispuso un curioso arreglo: luego de su muerte, los dos príncipes se alternarían como reyes cada cinco años, y sus respectivos herederos seguirían la sucesión del mandato quinquenal.

Los príncipes Saduqa y Samsu crecieron en la dorada corte babilónica, y aún en su madurez era difícil distinguir a uno del otro a la vista. Ambos tenían la piel del color de bronce, eran fornidos como soldados, y tenían la barba negra y tupida como su padre cuando joven. En carácter, sin embargo, eran más bien opuestos: Saduqa era frío, cauteloso, contento de compartir la vanidad de la corte; mientras que Samsu se mostraba apasionado, intrépido, poco preocupado por el protocolo y los rituales del poder. Estas diferencias pronto se verían impresas en sus reinados.

El primero en ascender al trono tras la muerte de su padre fue el rey Saduqa, el primero en salir del vientre de su madre. Preocupado por los crecientes ataques de los pueblos hititas, su primer acto fue mandar a construir un muro que rodeara a la ciudad para resguardar a su nuevo reino. El muro sería grandioso, acorde a la gloria de la mayor ciudad del mundo: tendría gruesas torres de ladrillos, una vistosa puerta en honor a la diosa Ishtar (que casi mil años después sería reconstruida por el rey Nabucodonosor), y sería tan alto que no se podría avistar desde afuera ni las más altas puntas del palacio. Esta empresa, sin precedentes en la historia de los hombres, impuso un alto costo a los pobladores de Babilonia, que pronto vieron a su joven rey con resentimiento. Miles de esclavos, siervos y hombres libres fallecieron levantando el muro de ladrillos. Los mercaderes pagaban los nuevos impuestos a regañadientes, y veían su comercio afectado por la dificultad de entrar y salir de la ciudad. Ni los soldados veían la ventaja del gran proyecto: tras cinco años de constante labor, el muro apenas cubría la mitad de la ciudad, y los bravos hititas no se veían cohibidos por estas medias defensas.

Al cumplirse los cinco años, pues, la ciudad dio un respiro al ver al príncipe Samsu cruzar la Puerta de Ishtar. Este había pasado el reinado de su hermano en aventuras militares por las fronteras del reino, y fue recibido como héroe y libertador por las masas babilonias. Samsu no tuvo dificultades en asumir el trono temporal que le había prometido su padre. Ya el pueblo y la corte clamaban por un alivio de Saduqa y su aborrecido muro.

El nuevo rey Samsu no demoró en otorgar lo que las voces en las calles le rogaban. Mandó a arrestar a su hermano Saduqa y a los arquitectos del muro por crímenes contra la ciudad, y estos no vieron la luz del día en todo el quinquenio de Samsu. Además, mandó a deshacer el detestado muro. La ciudad festejó a su nuevo rey con quince días de festivales, procesiones y sacrificios a los dioses. Ante la pregunta de un general sobre nuevas disposiciones defensivas, el rey replicó con la sentencia que marcaría su reinado: "no venceremos a los bárbaros acobardados tras un muro, ¡sino a punta de nuestras lanzas!". Las crónicas cuentan que los vítores de ese día se oyeron hasta Egipto.

Pero los babilonios pronto descubrieron que deshacer el muro era tan costoso como construirlo. Miles de vidas terminaron sepultadas bajo los escombros del muro en demolición, y la constante labor en nada mejoró la suerte de los mercaderes. A esta pena casi consabida se sumaron las constantes campañas del rey guerrero, que pensaba poder prescindir de defensas por gracia de una victoria definitiva contra los enemigos de la ciudad. Sus sueños de un gran imperio acrecentado de tierras bárbaras pronto se vieron aplastados bajo los carros de guerra hititas. A la vuelta de cada nueva incursión, las madres de la ciudad lloraban a más hijos que los que habían perdido en la desgraciada edificación. Cerca del fin del reinado de Samsu, la popularidad que alguna vez gozó se había esfumado, y ya los ciudadanos recordaban al rey Saduqa, apodado "del Muro", con cierto cariño. Con las peores penas del quinquenio de Saduqa sepultadas bajo años de escombros y guerras, y las frescas penas sufridas bajo Samsu aún latientes, incluso parecían recordar tiempos felices.

Cumplidos los cinco años de Samsu "de las Lanzas", fue el gran ejército que él mismo había reunido el que lo llevó maniatado al calabozo, y el pueblo inauguró con gran fanfarria el segundo reinado de Saduqa del Muro. Sintiéndose vindicado en sus planes por los vivas del pueblo, Saduqa no perdió tiempo en ordenar la reconstrucción de la gran muralla, que en partes aún rodeaba a la ciudad de Babilonia. Cumplidas las celebraciones, el pueblo resignado regresó a sus faenas.

En aquella era temprana de la historia, una gran dinastía no acababa tan fácilmente como en nuestros tiempos. Saduqa del Muro y Samsu de las Lanzas se sucedieron cada cinco años hasta llegar a la vejez, y a su vez fueron sucedidos por generaciones de herederos. Sus sucesores ya no recordaban el sentido de la tradición; tan solo sabían que los hijos de Saduqa debían ocupar su quinquenio alzando un gran muro de ladrillos, para que en su quinquenio los hijos de Samsu puedan derribarlo. Cada uno sentía que deshacer la obra del otro era buena venganza por los años lejos del poder en los calabozos del palacio.

Cuando los hititas al fin lograron la conquista de Babilonia, no supieron decir si el muro que sortearon se hallaba en proceso de construcción o demolición. Se encontraron con una ciudad empobrecida, que poco asemejaba a aquella ciudad de oro y plata que quisieron conquistar sus ancestros. Los pobladores de la ciudad, que poco antes aún aclamaban fervientes cada coronación de esperanza y el derrocamiento del anterior tirano, apenas se inmutaron al ver a sus dos reyes colgados de la puerta de Ishtar.

 

* Mauricio Maluff Masi es magíster y doctorando en filosofía por Northwestern University de Evanston, Illinois, EEUU. Actualmente se desempeña como profesor de filosofía en la Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción" y en la Universidad Columbia del Paraguay. Su tesis doctoral en curso es una reinterpretación de la desobediencia civil como herramienta política.

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