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Frente mío un tapiz de pájaros pequeños, insectos siempre alados. Se diría que todo tiene alas o que todo es aéreo, incluso aquello vegetal. Incluso aquello que debería tener raíz. Nada agita lo que permitiría el vuelo, sin embargo. Nada agita sus alas.
Puede que sea este el sitio donde un tiempo se abre como se abre el cielo ante la lluvia.
Quiero pensar la muestra de Mónica Millán, ¿Oíste los pájaros que cantaban por el corazón de la lluvia? -curada por Lia Colombino y expuesta actualmente en el CAV/Museo del Barro-, a partir de una serie de asociaciones, de préstamos epistemológicos a Maurice Blanchot. Estiraré estas ideas tanto como mis palabras resistan. Específicamente, me enfocaré en la narrativa de dos obras, El vuelo trémulo de las mariposas entre las flores quejumbrosas y las aterciopeladas hojas (2015-2016) y Ñangapirí (2018-2022).
Haré una serie de preguntas.
¿Las haré?
¿O pondré en escena las preguntas que la obra de Millán me ha hecho a mí?
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Hilo: hebra, borde finísimo. Filum. Es la misma raíz que da nombre a la palabra filo. Jugar a pensar que borde se acerca peligrosamente a la palabra bordar, pero en realidad ambas tienen orígenes diferentes por entero. Jugar a pensar que de cierta forma bordar es un poco parecido a una apuesta de filos. Bordear bordando, bordear el peligro del bordado, más bien. Coquetear con ese peligro, un peligro bello.
Una vez me dijeron que Ricoeur define lo bello como aquello que peligrosamente desdeña aniquilarte.
El colibrí construye su nido, en parte, con restos de hilo. Nido de hebras. Findêre. Rasgar, hendir. Hendir restos textiles en restos de otro tipo, tejerlos para hacer sitio donde incubar. Bordear algo preciado, arriesgo.
Pienso que las mariposas no tienen nido pero algunas, para el cambio, tejen seda. Pienso que para que ciertas plantas carnívoras se cierren sobre su alimento hace falta sólo tocar delicado uno de sus bordes.

¿Qué es, precisamente, lo que Millán bordea en su poética de la profusión? ¿Qué borda la artista al unir piezas con piezas, hilos con hilos? Como lo hicieran los colibríes con sus nidos, las orugas con sus capullos, o los escritores con sus textos.
3
No todo es bordado en la obra de Millán pero, arriesgo -irresponsablemente-; todo es borde. Dicho de otra forma, aún cuando no hay bordado que atraviese la tela, la silueta de lo que debería de ser bordado persiste. Vacío. Vacío originario. Silencio originario fuera del hilo, antes del hilo -diríase-. Idea del bordado, de que la tela vuelva a recibir agujas porque al menos eso dejaría marca. Scription. Al menos. Pero no siempre una silueta espera incisiones, no todo trazo en el tejido aguarda la noche del bosque en la que el cielo se abra en su silencio.
Sobre la tela, el dibujo o silueta de lo que posteriormente -en un presente que no es este- debiera haber recibido el tacto puntiagudo. Sin embargo el pespunte no siempre llegó, resta su posibilidad. Mejor dicho en palabras de Blanchot (1994) “Por haberse escapado siempre el presente, el acontecimiento ha desaparecido siempre sin dejar más huella que la de una esperanza para el pasado, hasta el punto de convertir el porvenir en la profecía de un pasado vacío” (p. 42). Relacionar la obra de Millán con la idea del vacío pareciera extraña, pero me interesa el atrevimiento de argumentar que el vacío no guarda relación alguna con una falta o con un espacio en blanco, y que, más bien, está íntimamente imbricado a un tiempo insituable, inasible en su retirada.

Su obra, tan avasallante, como quien quiere tapar el vacío. ¿Será? O, como recuerda Blanchot (1994) “La estancia era sombría, no es que fuera oscura: la luz era casi demasiado visible” (p. 42). ¿Hablar de la obsesión por colmar, colmar hasta hacer de lo colmado otro nombre para lo vacante? De hacer de la profusión una otra forma de silencio. Oh, Mrs. Dalloway, always giving parties to cover up the silence, escribe Virginia Woolf.
4
El colibrí es una de las pocas especies de pájaros capaces de volar hacia todas direcciones -retroceder, por ejemplo-. Antes he dicho que lo bello no siempre es inofensivo; argumento ahora que de hecho para la belleza es estrictamente necesario la deformación del sujeto expectante luego de su mirada. Lo bello no sería permanecer intacto tras lo bello, sino ser torcido bajo el peso de su caricia. Supongo que existe una violencia agazapada en todos los colibríes.
Pienso en versos de Luise Glück: “The earth, he thinks / has overpowered me” y otro, en donde la autora observa un paisaje natural y concluye “Violence has changed me”. No es que la narrativa de Millán sea amenazante -de hecho, muy por el contrario, apela a su opuesto-, sino que tras la belleza permanece expectante un recuerdo ocupado por lo puntiagudo, en ese presente que Blanchot (1994) describe como un “presente habitado, aunque sea por fantasmas” (p.42), los fantasmas de la aguja.
Que de la obra de Millán pueda llamársele delicada no contradice la posibilidad de un peligro a la espera. Ninguna de las plantas carnívoras de Millán devoran a sus insectos, pero sin embargo en su mundo existen. ¿Esperan éstas un presente donde los pájaros, al oír el corazón de la lluvia, confundan sus bordes con otros pétalos menos voraces? E, infatuados de refugio, se hieran o se ahoguen.
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Existe un silencio que se parece sospechosamente a la falta de silencio, un silencio que no calla, no ausencia de sonido, sino la propia ausencia del silencio hablando. Retomando a Blanchot (1994) “No-presente, no-ausente: (...) nos tienta de una manera que sólo podríamos hallar en aquellas situaciones en las que ya no estamos: salvo -salvo en el límite-” (p. 35) ¿En el límite de qué?, me pregunto. Curiosamente, límite y borde a veces comparten sentido semántico. Espacio sin bordar, o relación del bordado con el bordado, cuando ésta se anuncia al borde de sí misma.
Ninguna presencia vendrá tras este canto mudo. Quedará un tapiz de pájaros congelados en el aire, plantas hambrientas aguardando descuidos. El momento antes de que el cielo se abra, insisto, de que el bosque conozca la tormenta.
Todo ahí. En el linde anterior de las primeras lluvias de enero llegar y soltar al bordado de su letargo. Todo salvo la ilusión de un presente agudo destinado a presenciarse, coserse, exponerse.
Hasta caer creyéndolo colmado de flores.
Bibliografía
Agarben, G. (2014). Desnudez, Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.
Blanchot, M. (1994). El paso (no) más allá, Barcelona: Paidós Ibérica.
* Andrés Vásch es poeta e investigador independiente de arte. Maestrando en Arte Contemporáneo por la Universidad do Estado de Minas Gerais. [email protected]