Pensamiento

El debate Rafael Barrett-Manuel Domínguez y la figura del intelectual en el Paraguay de comienzos del siglo XX (II)

La pregunta por la responsabilidad del intelectual -¿debe ser la conciencia crítica de su tiempo o el guardián de la tradición y el orden?- permanece abierta y reaparece, con nuevos ropajes, cada vez que la palabra pública oscila entre el compromiso con la justicia y la sumisión al poder. De este modo, se trata de un debate que retorna e insiste, reapareciendo como una interrogación crítica en el presente. Segunda y última entrega.
Manuel Domínguez y Rafael Barrett. Archivo

Problematización

¿Por qué el enfrentamiento entre Barrett y Domínguez, aparentemente marginal en la historia intelectual paraguaya, conserva una actualidad incómoda? Propongo leer este enfrentamiento a la luz de la tipología elaborada a partir del caso Dreyfus -la conocida división entre dreyfusards y antidreyfusards, a la que Carlos Altamirano se refirió como "familias espirituales [1]-, con una advertencia necesaria: el contexto paraguayo no solo desplaza, sino que reconfigura profundamente los términos del conflicto. Mientras en Francia se enfrentaban dos facciones de la elite intelectual, en Paraguay la disputa enfrentaba a un intelectual estatal (Domínguez) con un outsider radical (Barrett), en un campo donde casi no existían espacios autónomos de legitimidad crítica. 

Primero, los dreyfusards (Émile Zola, Jean Jaurès y Georges Clemenceau), defensores de una concepción crítica y ética del intelectual, comprometida con la denuncia pública de la injusticia [2]; segundo, los antidreyfusards (Maurice Barrès, Charles Maurras y Henri Rochefort), portadores de una visión funcionalista de la intelectualidad, subordinada a la defensa del orden, la nación y la autoridad [3]. Tanto Barrett como Domínguez conocían el caso Dreyfus y pudieron situarse conscientemente (o inconscientemente) respecto de esta controversia. En el caso de Domínguez, esta familiaridad se muestra de manera explícita en La traición a la patria y otros ensayos (1959), particularmente en su réplica a Insaurralde. 

Tapa de La traición a la patria y otros ensayos (1959) de Manuel Domínguez. Archivo

Barrett puede ser leído como una figura afín a la tradición dreyfusard, en tanto que su autoridad intelectual no se apoya en cargos, instituciones ni en el reconocimiento estatal, sino en un compromiso ético sostenido, en su cercanía efectiva con los sectores explotados y en su disposición a confrontar los discursos dominantes. Domínguez, en cambio, se inscribe en una perspectiva afín a la antidreyfusard, al concebir la intelectualidad como un instrumento de legitimación del poder, priorizando la preservación del orden social y la tradición por encima de la crítica social. Conviene subrayar que no se trata de una traslación mecánica del esquema francés al caso paraguayo, sino del uso deliberado de una tipología analítica que, por contraste, permite hacer visibles las modalidades locales de la figura del intelectual.

El carácter intempestivo del debate reside, en primer lugar, en su desajuste respecto de las condiciones de recepción de su época. En un contexto en el que la intelectualidad dominante tendía a naturalizar -o a no problematizar en su justa dimensión- la desigualdad social mediante discursos nacionalistas, morales o racializados, la intervención de Barrett introdujo una crítica que no podía ser plenamente asimilada. Pero la intempestividad del debate no se agota en su desajuste inicial. Se manifiesta también en su persistencia, o sea, el problema que allí se formula -la relación entre crítica, experiencia y poder- no ha sido clausurado y reaparece una y otra vez en la historia intelectual paraguaya, aunque adopte formas y lenguajes distintos.

Para comprender por qué esta crítica resulta estructuralmente marginal, y por qué la posición de Domínguez logra imponerse como dominante, es necesario situar el debate en las condiciones históricas e institucionales del campo intelectual paraguayo de comienzos del siglo XX. A diferencia de los contextos europeos en los que la figura del intelectual moderno tiende a constituirse en un campo relativamente autónomo, en el Paraguay la producción intelectual se halla estrechamente articulada al Estado y a los proyectos de reconstrucción y consolidación nacional posteriores a la Guerra de la Triple Alianza. La debilidad de las instituciones culturales, la ausencia de un mercado intelectual diferenciado y la escasa separación entre saber, política y moral configuran un espacio profundamente heterónomo, en el que las posiciones dominantes son ocupadas por formas de intervención intelectual funcionales a la pedagogía cívica y a la legitimación del orden estatal. En este marco, el discurso moralizador y nacionalizador de Domínguez encuentra condiciones objetivas de reconocimiento y eficacia, mientras que la crítica testimonial y socialmente situada de Barrett -desprovista de anclajes institucionales estables y orientada a visibilizar aquello que el discurso oficial tiende a neutralizar- queda relegada a una posición marginal dentro del campo.

En este marco, el intelectual se define menos por su capacidad crítica que por la función normativa que se le asigna dentro del proceso de reconstrucción y ordenamiento social. Al intelectual se le confiere la tarea de explicar la nación, moralizar a la población y contribuir a la legitimación de las jerarquías sociales existentes, en un contexto marcado por la fragilidad institucional y la centralidad del discurso pedagógico-civilizatorio. El saber opera así como un dispositivo de estabilización simbólica del orden social, antes que como una instancia autónoma de cuestionamiento. Esta lógica favorece la consolidación de una intelectualidad estrechamente vinculada al Estado, para la cual la crítica radical no se presenta como una práctica legítima del pensamiento, sino como un factor de desestabilización del equilibrio político y moral que se busca preservar.

Es dentro de estas condiciones que la posición de Domínguez adquiere plena inteligibilidad histórica. Su apelación a la "psicología histórica" del carácter nacional, la jerarquización de los sujetos sociales y su desconfianza hacia la crítica no constituyen simples rasgos ideológicos individuales, sino expresiones coherentes de una modalidad dominante de ejercicio de la intelectualidad en el Paraguay de comienzos del siglo XX. Leídas en conjunto, estas operaciones discursivas permiten comprender por qué la posición de Domínguez resulta históricamente eficaz y socialmente reconocida, aun cuando invisibiliza -o desproblematiza- las condiciones materiales de la desigualdad. Desde esta perspectiva, el intelectual no está llamado a intervenir para desestabilizar el orden social, sino para traducirlo, justificarlo y volverlo simbólicamente aceptable, incluso cuando ello implique naturalizar la desigualdad o moralizar el sufrimiento social.

Barrett emerge, sin embargo, no como una excepción anecdótica, sino como una anomalía estructural reveladora de los límites del campo intelectual paraguayo de comienzos del siglo XX. Su rechazo -y, a la vez, su exclusión- de las mediaciones institucionales expone el carácter restrictivo de un espacio que solo toleraba formas de crítica previamente domesticadas. En ello reside su paradoja: la misma marginalidad que lo relegaba a posiciones periféricas dentro del campo es la que le permitía formular una crítica radical, no funcional al orden existente. Mientras Domínguez intervenía desde la cátedra y desde espacios oficiales de consagración, Barrett lo hacía desde soportes precarios y socialmente deslegitimados, como los panfletos obreros, la prensa alternativa -Germinal, entre otros- y las conferencias dirigidas a públicos subalternos. Esta diferencia en los soportes materiales de la palabra intelectual no es un rasgo secundario, sino que remite a dos modos antagónicos de concebir la intervención intelectual. No se trata, por tanto, únicamente de una divergencia de ideas, sino de una ruptura con las reglas implícitas del juego intelectual: Barrett no solo cuestiona los contenidos del discurso hegemónico, sino la función misma del intelectual en la sociedad. Esta ruptura, sin embargo, no debe idealizarse, pues la marginalidad de Barrett no lo sitúa fuera del campo, sino en una posición de fricción permanente con sus normas, sus jerarquías y sus mecanismos de legitimación.

Tapa de "Germinal: Antología de textos de Rafael Barrett". Edición de Miguel Ángel Fernández.

Esta asimetría estructural permite comprender con mayor precisión el carácter intempestivo del debate. La crítica de Barrett no podía ser plenamente asimilada porque cuestionaba las bases mismas del espacio intelectual del Paraguay de comienzos del siglo XX, al disputar la autoridad de quienes hablaban en nombre de la nación sin exponerse a sus propias contradicciones. En este sentido, el enfrentamiento Barrett-Domínguez no se limita a un conflicto entre dos individuos, sino que revela una tensión estructural: por un lado, una intelectualidad orientada a reproducir y estabilizar el orden social; por otro, una crítica social que solo puede existir desde los márgenes del campo, donde la exclusión relativa se convierte en la condición de posibilidad de su radicalidad.

Es en este punto -y no en una simple analogía histórica- donde la tipología del caso Dreyfus adquiere pleno sentido analítico. Así como los dreyfusards concibieron al intelectual como agente crítico y ético, dispuesto a intervenir públicamente en nombre de la verdad y la justicia, Barrett encarna una figura de intelectual cuya legitimidad no depende de la institución ni del poder, sino del compromiso ético y de la cercanía con los sectores explotados. La distinción que establece entre hablar del pueblo y hablar desde el pueblo funciona como un principio de deslegitimación de toda palabra ilustrada que pretende representarlo sin compartir sus condiciones de existencia. Domínguez, por el contrario, se inscribe en una lógica afín a la de los antidreyfusards, para quienes la intelectualidad debe subordinarse a la defensa del orden, la nación y la tradición. Su discurso recurre a la naturalización de la desigualdad, a la exaltación moral del sufrimiento y a la descalificación de la crítica como ignorancia o mala fe. De este modo, delimita quién puede hablar legítimamente sobre la nación y bajo qué condiciones, reforzando los mecanismos simbólicos de control. En este aspecto, la polémica no puede reducirse a un desacuerdo circunstancial ni a una controversia personal. 

El debate Barrett-Domínguez inaugura así un esquema que reaparece cada vez que se cuestiona la relación entre crítica y poder en la historia intelectual paraguaya. La paradoja se mantiene: la crítica social solo conserva su potencia desde los márgenes del campo, pero esa misma posición limita su capacidad de generar transformaciones efectivas. Barrett no eligió libremente esta marginalidad; más bien, fue impuesta por una estructura que no toleraba voces disonantes. Sin embargo, en ese lugar incómodo -entre la irrelevancia y la denuncia que el orden no puede asimilar- se encuentra la posibilidad misma de pensar al Paraguay más allá de los relatos oficiales. Hoy, cuando vuelve a discutirse la función social del intelectual, este debate conserva una vigencia incómoda, donde la crítica no se limita a hablar sobre los márgenes, sino que lo hace desde ellos, incluso -y tal vez sobre todo- cuando el campo intelectual continúa reconociendo y valorando a quienes ocupan posiciones dominantes, con acceso a cátedras, medios oficiales y otros recursos que legitiman su intervención.


Notas

[1] Cfr. Altamirano, C. (2007). Intelectuales: notas de investigación.  Buenos Aires: Grupo Editorial Norma. 

[2] Barrett fue gran admirador de Zola y Anatole France. Cfr. Corral, F. (1994). El pensamiento cautivo de Rafael Barrett. Madrid: Siglo veintiuno.

[3] En esta línea se inscribe su proximidad a los primeros referentes del anti-dreyfusismo, Maurice Barrès o Charles Maurras, autores que, tiempo después, serán leídos con particular intensidad por otro exponente del nacionalismo paraguayo, Natalicio González.

 

* Raúl Acevedo es candidato a magíster en Filosofía Política Contemporánea por la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y doctorando en Filosofía por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Se desempeña como docente investigador en la Facultad de Filosofía de la UNA y como director ejecutivo del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay).