Existe arte porque hay algo que no se puede decir.
Schopenhauer.
Esta obra se compone básicamente de dos ojos de buey o portillos, ventanas circulares de barco, y una caja poliédrica de madera clara, diseñada y mandada confeccionar por el artista bajo su dirección. Se trata de una estructura radicalmente equívoca: aunque aparenta ser un féretro, varias características suyas desmienten esa conjetura (que permanece flotando bien cerca, pendiente de una asociación inevitable). También sus dimensiones, cortes y proporciones, tanto como el acabado de sus formas, son diferentes a los de un ataúd. Por último, las dos aberturas de barco, que asumen formas circulares, más fáciles de sellar y más resistentes a la presión del agua, así como las largas asas de color azul metálico, no corresponden al único visor ovalado ni a la forma de los tiradores oscilantes de un cajón mortuorio.
El aparatoso mueble se encuentra vacío de contenido pesado, pero su misma estructura, de difícil abordaje, y la sobrecarga del metal de sus tapa- ventanas requieren que sea transportado por lo menos por cuatro personas.
Las cosas se complican. En el interior del poliedro se ha construido otro, cuya disposición invertida en relación con el primero impide que sus formas sean vistas e, incluso, vislumbradas. Su función es, justamente, producir de modo artificial una plena oscuridad; ésta impide que los bordes del poliedro interno puedan ser definidos mediante la luz ambiental o la de fuentes exteriores dirigida al fondo de la caja. Una de las ventanas circulares de cierre colocadas en la parte superior, parece invitar a acercarse a la gran caja y atisbar en su interior, tal como incita el ojo de buey de un barco a mirar el paisaje marino o fluvial; o simplemente el afuera. Asomándose al borde no se distingue la estructura interior, pero se alcanza a entrever nebulosamente una palabra o, más bien, un rastro de tipografía suelta de metal, deformado a su vez por el efecto óptico que produce una lupa. Los contornos de la impresión no están suficientemente definidos, como si las letras hubieran hollado durante un instante el vacío compacto del interior y, tras dejar en su superficie un indicio borroso, se hubieran retirado. Son apenas trazos de caracteres de una tipografía antigua, cargada de la memoria de los muchos vocablos que alcanzó a imprimir.

La otra ventana circular deja ver, de modo invertido, el roce de los mismos caracteres tipográficos, ahora colocados en fila. Aunque no se encuentran ordenadas, las huellas de las letras disponibles permiten suponer que habrían conformado la misma palabra que parece vislumbrarse veladamente a través de la primera abertura. Esa palabra virtual es "algo". Es un término problemático, esencialmente ambiguo: denota una entidad, la forma más amplia de existencia, pero sin ninguna característica específica que la defina. Decir "hay algo" es señalar por lo menos la mínima presencia o la posibilidad de algún ente, real o virtual, físico o ideal. En este caso, ni siquiera se trata de una presencia plena, sino del vestigio, la estampación; el rastro de algo que se ha ausentado.
En el fondo de la caja se mal esconde el fantasma de una palabra. Es un vago indicio de existencia, cercano a "nada", pero opuesto a ella. Lo que distingue esta caja de un féretro es la promesa de ser que ha dejado una palabra al retirarse. En cuanto vestigio, apenas alcanza a ser vislumbrada, pero está ahí, latiente como una conjetura, desafiando a la mirada. Obligándola a imaginar, que es lo mejor que hace el arte.
Nota de edición: La muestra "Lo intempestivo", de Osvaldo Salerno, será inaugurada el viernes 20 de marzo en la galería Fábrica (Sargento Martínez 271).
* Ticio Escobar es crítico de arte, curador, docente y gestor cultural. Fue presidente de la sección paraguaya de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA Paraguay), director de Cultura de la Municipalidad de Asunción y ministro de la Secretaría Nacional de Cultura. Es director del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro.