Literatura

Augusto Roa Bastos, un humanista crítico: la tríada política, cultura y ecología en su constelación ensayística (I)

En el mes de su natalicio, recordamos al escritor y las condiciones de emergencia de su obra.
Augusto Roa Bastos. Cortesía

Lógica trashumante: Roa Bastos y la geografía del exilio

En el firmamento del pensamiento paraguayo, Augusto Roa Bastos (1917-2005) se alza como un astro de doble filo: irradia luz, sí, pero también proyecta sombras. Es un verbo encendido que hiere, interroga, y a la vez trasciende los umbrales de lo decible. Su figura se inscribe en la constelación de la llamada Generación del 40 —corriente literaria que irrumpió como un relámpago de lucidez en el árido horizonte cultural del Paraguay [1]—, erigiéndose como uno de sus pilares esenciales, junto a espíritus insomnes como Josefina Plá (española de origen, pero entrañablemente paraguaya en alma), Hérib Campos Cervera, Elvio Romero y Óscar Ferreiro.

Este grupo, parido en tiempos de agitación política y de profundos desplazamientos sociales, no se limitó a romper las amarras estéticas del modernismo: fundó una poética de reclamo, donde las voces silenciadas de los márgenes —el universo guaraní, la memoria campesina, la oralidad preterida— hallaron cauce y resonancia, conformando un lenguaje tan local como cósmico, tan radical como universal [2]. Como lo expresa, Hugo Rodríguez Alcalá, se trataba de "trascender el encierro", de hacer estallar el cerco de lo impuesto para abrazar una palabra que emancipa, que nombra y que duele [3].

Pero esta Generación del 40 no fue tan solo una escuela de estilo: fue un latido, una conciencia, un aliento colectivo. No se trataba de una estética, sino de una ética. Fue, como indica Suárez, "una especie de compromiso social" [4], donde el arte no se concebía como fuga, sino como intervención; no como contemplación, sino como acción. Este impulso cristalizó en el grupo literario Vy'a raity (guarismo que evoca "el nido de la alegría"), cuyo credo —"la poesía debe servir"— repudió con firmeza toda "belleza inútil", es decir, un arte divorciado de la experiencia humana. Para Roa Bastos, esta consigna se volvería brújula, anclada en la enseñanza de su maestro, Rafael Barrett, lúcido anarquista que le inculcó que la literatura debía surgir de la entraña del pueblo y hablar desde lo colectivo [5].

Sin embargo, aquel amanecer cultural fue pronto atravesado por la violencia. El estallido de la Revolución de los Pynandí en 1947 —una guerra civil cruenta— y la represión ejercida por el régimen de Higinio Morínigo sumieron al país en un clima de terror donde toda disidencia fue criminalizada [6]. Campos Cervera y Romero se exiliaron en Buenos Aires; sus versos se tornaron ceniza. En el caso de Roa Bastos, la línea entre destierro y autoexilio se torna más borrosa, como si su partida respondiera a un doble impulso: huir y buscar, romper y fundar.

Porque el exilio de Roa Bastos desborda los marcos de la expulsión política clásica. Frente al relato hegemónico que lo inscribe en la diáspora del 47, estudiosos como Peiró Barco ensayan una lectura más matizada [7]: su marcha habría respondido a motivaciones personales y profesionales —su designación como Segundo Secretario de la Embajada paraguaya en Argentina y su colaboración artística con Sila Godoy, de la que luego abdicó—, antes que a una urgencia vital. En esta lectura, el desarraigo cultural antecede a la amenaza política [8].

Y, sin embargo, esta versión tropieza con la palabra de Roa Bastos. El propio autor insistió siempre en que su exilio fue el fruto venenoso de una persecución política, comandada por Natalicio González, entonces ministro de Hacienda de Morínigo, quien lo acusó de "comunista", esa palabra maldita que el régimen convertiría en sentencia. Roa Bastos, sin militancia partidaria marcada [9], se sabía blanco de una cacería más personal que ideológica. Como reveló en diálogo con Tomás Eloy Martínez:

"Porque al mismo tiempo era (Natalicio González) el mayor ladrón de fondos y documentos públicos que conoció Asunción hasta aquel momento. (...) Pero la principal razón de su inquina contra mí era que yo, tras ridiculizar en un artículo sus especulaciones sobre la historia de la cultura paraguaya, me negué a darle la mano en una recepción pública. Indio taimado, con la frente cubierta por una pelambre espesa, no me perdonó jamás la afrenta" [10].

Esta confesión revela con nitidez la lógica del poder herido: un gesto —la negativa a estrechar una mano— bastó para sellar un destino. Un escritor sin partido, pero con palabra, se volvió enemigo. La embajada del Brasil se transformó, entonces, en refugio transitorio [11], en umbral diplomático que lo condujo a Buenos Aires y a un nuevo ciclo vital [12].

La tensión entre las versiones —la cultural-profesional de Peiró Barco y la político-personal del propio autor— no debe resolverse, sino pensarse como síntoma. ¿Exiliado o desterrado por voluntad? Quizá ambas cosas: quien parte no siempre huye, pero tampoco parte sin heridas. La crítica de Roa Bastos a González no era un mero agravio: era un acto de desacato a una visión idealista y embellecida de la cultura paraguaya. Por eso, su exilio es también una forma de resistencia estética.

En Buenos Aires, en medio del trajín editorial y el periodismo de subsistencia, se fraguaron las obras que habrían de consagrarlo: El trueno entre las hojas (1953), cuentos que revelan las entrañas de la opresión rural, e Hijo de hombre (1960), novela donde el mestizaje y la rebelión contra el colonialismo se trenzan como presagio de su obra mayor. Allí vivió el peronismo, la Revolución Libertadora, y comprendió en carne propia las múltiples máscaras del autoritarismo. En ese territorio escribió su opus magnum: Yo el Supremo (1974), exploración profunda del poder dictatorial a través de una polifonía experimental que entrelaza lo culto y lo popular, desmenuzando la figura de José Gaspar Rodríguez de Francia como arquetipo del tirano latinoamericano. Como apunta Bouvet, Roa Bastos reconoció que Buenos Aires fue su "universidad" y su "segunda patria" [13].

Obras de Augusto Roa Bastos.

Junto a otros disidentes, formó parte de una "comunidad de exiliados paraguayos", como indica Benisz: febreristas, comunistas, liberales, todos entreverados en una misma condena al stronismo [14]. Pero la historia repetiría su mordedura. El golpe de 1976 en Argentina, encabezado por Videla, implantó una dictadura de horror que volvió a cercar a los disidentes, incluso a aquellos sin afiliación. Así, Roa Bastos fue forzado a un nuevo exilio, esta vez hacia Francia.

En Toulouse, donde se refugió gracias a la solidaridad intelectual, se convirtió en profesor de literatura hispanoamericana. Allí no solo enseñó: meditó, escribió, y profundizó en las heridas del Paraguay desde la distancia. Su obra posterior se nutrió del bilingüismo, de la revisión histórica, de la ecología y la memoria. Pero ni siquiera en su diáspora encontró tregua: en 1982, durante una breve visita a Asunción para inscribir a su hijo, fue detenido sin orden ni proceso, conducido a Clorinda y expulsado del país, como relata Antonio Pecci [15]. El régimen alegó su "actividad proselitista de carácter marxista-leninista" [16]. El exilio se hizo carne otra vez. Paraguay lo despojó de su pasaporte y lo convirtió en apátrida; solo España y luego Francia le ofrecieron ciudadanía.

La imagen de Roa Bastos abordando el ómnibus en Clorinda —captada por Jesús Ruiz Nestosa— se ha vuelto emblema: un cuerpo errante, una patria negada. El exilio ya no era contingencia, sino forma de existencia. Aun así, jamás cortó el hilo con Paraguay. Mantuvo correspondencia, siguió las noticias, imaginó el retorno como un imperativo ético. Cuando en 1989 cayó la dictadura, su regreso fue saludado como un acontecimiento histórico. Pero el país que encontró no era el mismo, ni él tampoco lo era. Volvió, sí, pero no se quedó.

© Jesús Ruiz Nestosa

Como documentan Ezquerro y Ramond, su regreso definitivo en 1996 cerró un ciclo europeo de veinte años [17]. Si su partida había sido herida, su retorno fue grieta: un espacio abierto para pensar el país desde el umbral entre memoria y posibilidad. La experiencia trashumante, más que una biografía, fue la materia de su pensamiento: Roa Bastos transformó el exilio en categoría crítica. Y desde ese no-lugar, desde esa intemperie ontológica, erigió una reflexión en torno a tres pilares que lo atravesaron todo: la política, la cultura y la ecología. Lejos de ser meras preocupaciones temáticas, estos vectores condensan el gesto esencial de su obra: pensar el Paraguay desde la herida, narrar desde el desarraigo, escribir desde el umbral.

Augusto Roa Bastos a su regreso del exilio.

No es nuestro propósito erigirnos en jueces de esa consagración póstuma que proclama a Roa Bastos como el gran patriarca de las letras paraguayas, ese Atlas mitológico que carga sobre sus hombros el peso de toda una tradición literaria. Tampoco nos seducen los combates anacrónicos entre apologistas y censores, esos fuegos fatuos que parpadean en el pantano de las querellas estériles.

Nuestra mirada —más allá del canon y de la polémica— se inclina hacia el latido subterráneo de su prosa ensayística, allí donde las palabras dejan de ser monumentos para convertirse en llaves. Nos interesa un Roa Bastos descentrado, atento a las voces de los pueblos originarios, a los diálogos entre cultura y naturaleza, a las grietas del discurso hegemónico. Es en esos pliegues de su escritura donde encontramos no respuestas, sino instrumentos para interrogar nuestro presente: una caja de herramientas conceptuales que sigue destellando en la penumbra de los tiempos oscuros.


Notas

[1]  Sobre la denominación Generación del 40, es importante reconocer que existen discusiones críticas en torno a su validez como categoría literaria. Algunos estudiosos cuestionan si realmente existió una generación cohesionada bajo ese nombre, dada la diversidad de estilos y posturas entre sus integrantes, mientras que otros defienden su pertinencia al identificar rasgos comunes —como el compromiso social, la reivindicación de lo nacional y la ruptura con el modernismo— que marcaron un antes y después en la literatura paraguaya.

[2] Para profundizar dichos aspectos y la escritura, véase Augusto Roa Bastos, "Problemas de nuestra novelística" (1957, 1960), donde analiza los desafíos de integrar la cosmovisión guaraní en la literatura paraguaya, y Rubén Bareiro Saguier, "Estratos de la lengua guaraní en la escritura de Augusto Roa Bastos" (1984), que examina las estrategias lingüístico-literarias de dicha integración. Las referencias completas son: Roa Bastos, A. (1957). "Problemas de nuestra novelística (I)". Alcor, 7, [pp. 6-8]; (1960). "Problemas de nuestra novelística (II)". Alcor, 9, [pp. 4-6]; Bareiro Saguier, R. (1984). Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 10(19), pp. 35-45.

[3] Cfr. Rodríguez-Alcalá, H. (1971). Historia de la literatura paraguaya. Colegio de San José. 

[4]  Cfr. Suárez, V. V. (2006). Proceso de la literatura paraguaya. Criterio ediciones.

[5]  Roa Bastos, A. (1945). "Rafael Barrett, descubridor literario de la realidad paraguaya", El País, Asunción, 1945.

[6]  Cfr. Méndez-Faith, T. (1985). Paraguay: Novela y exilio. SLUSA. 

[7] Cfr. Peiró Barco, J. V. (2001). Literatura y sociedad. La narrativa paraguaya actual (1980-1995, tesis doctoral). UNED.

[8] Respecto a si puede considerarse propiamente un exilio lo que vivió Roa Bastos, Benisz (2017) realiza una reconstrucción sugerente de las polémicas en torno a este aspecto, tomando como principal interlocutor crítico a Guido Rodríguez-Alcalá, refiriéndose a Roa Bastos como "El chapulín exiliado". Véase: Benisz, C. D. (2017). 

[9] Indudablemente, es necesario emprender una biografía crítica de Augusto Roa Bastos, que no solo celebre su genio literario, sino que también explore sus contradicciones, evoluciones y silencios, evitando la hagiografía para presentar un retrato multidimensional.

[10] Cfr. Martínez, T. E. (1978/2017). "Augusto Roa Bastos. Un Homero de la selva". En 70 años de conversaciones con escritores de paso (pp. 58-70). Cyngular. Versión digital.

[11] Cfr. Augusto Roa Bastos. Biografía. Recuperado de aquí

[12]  Incluso durante su exilio, Roa Bastos mantuvo lazos subterráneos con Paraguay. En 1967, en un gesto audaz, regresó brevemente a Asunción y Areguá, donde se reunió con intelectuales establecidos y jóvenes escritores bajo la sombra vigilante de la dictadura. Cfr. Rivarola, M. (2017). (ed.). Augusto Roa Bastos. Escritos políticos. Servilibro. 

[13] Cfr. Bouvet, N. E. (2009). Estética del plagio y crítica política de la cultura en Yo el Supremo. Servilibro. 

[14]  Cfr. Benisz, C. D. (2018). La "literatura ausente": Augusto Roa Bastos y las polémicas del Paraguay post-stronista. SB editorial. 

[15] Cfr. Pecci, A. (2007). Roa Bastos. Vida, obra y pensamiento. Servilibro. 

[16] Cfr. Augusto Roa Bastos vs. Paraguay. Resolución Nº 5/84 - Caso 8027. Recuperado de aquí.

[17] Cfr. Ezquerro, M. y Ramond, M. (2018). Testimonio sobre Augusto Roa Bastos en Francia. Revista de la Academia Nacional de Letras, No. 14, p. 129. 

 

* Raúl Acevedo es docente e investigador de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Es director del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay), miembro del comité editorial de la revista Apóstasis, de la Red Iberoamérica Foucault y del Consejo editorial del Celapec (México). Es gestor cultural en Filosofía en movimiento. Su interés gira alrededor de la filosofía contemporánea, los estudios culturales y el pensamiento crítico paraguayo.