No hay cirros, cúmulos, estratos ni cumulonimbos, no tiene nubes el cielo, muy probablemente debido a la prisa exigida por las agujas del reloj, especialistas siempre en urgir a la prensa -y el periódico de trinchera Cabichuí, de donde procede este grabado, no es la excepción-, o tal vez simplemente porque las nubes han quedado un poco más arriba, fuera de cuadro, pero nunca, en modo alguno, por falta de atención del artista paraguayo cuyo talento ha burilado esta magnífica pieza de madera.
Cuatro ejemplares y medio del talludo kurupa'y copan con sus copas la parte superior del grabado, aunque es necesario precisar que no solo con sus copas, sino también con sus troncos y ramas. Ha sido con seguridad la vanidad del narrador empeñado en emplear una aliteración la que ha ocasionado el incompleto traspaso de datos: un omnisciente que no lo es tanto.
El grabado en sí mismo no explica nada, pero se constituye en una invitación a la deducción, la especulación y la fantasía. Algún lector habrá cuyo interés sea la Botánica, noble rama de la Biología enfocada en el estudio de las plantas desde aspectos tales como su morfología, reproducción, fisiología y sus relaciones con otros seres vivos; a esos lectores les decimos que el nombre científico del kurupa'y es Anadenanthera colubrina, dándoles de esta manera la punta de un ovillo de la que podrán tirar para obtener mayores detalles acerca del esbelto vegetal, privilegiado testigo de las acciones de aquel día de setiembre de 1866, tal como reza parte del epígrafe.
Sobre el segundo ejemplar del recio kurupa'y, contado desde la izquierda de quien mira, sobre el segundo ejemplar, decíamos, está colocada una bandera, que flota ingrávida e inmune a las leyes de la mecánica clásica, y si bien el grabado no lleva colores, por tratarse de una tecnología del siglo XIX, con una prensa todavía incipiente, gateando apenas, se trata evidentemente de la tricolor enseña paraguaya, símbolo inconfundible de una patria que bregaba por seguir siendo, empeñada en lucha desigual contra los países conjurados en una triple alianza tan inicua como infame.
Entre los árboles de kurupa'y, repartidos de una manera bastante simétrica, pueden verse los que al principio parecerían ser yuyales de formas sospechosamente nubosas, y decimos nubosas porque son en realidad nubes, pero de humo, del humo exhalado por los cañones que desde su altura vierten trueno y rabia ígnea sobre los invasores empantanados barranca abajo.
Uno-dos, tres-cuatro, cinco-seis... Doce soldados paraguayos podemos contar, los identificamos por sus gorras y también por sus uniformadas figuras recortadas en plano medio contra la sólida línea de la barranca. Alguno tiene en la mano su fusil de chispa. Ninguno de ellos es el general José Eduvigis Díaz, comandante paraguayo de la batalla, quien según los relatos estuvo ese día yendo de un lado a otro, arengando y dando órdenes, montado en su alazán y con el cabello agitado por Céfiro, el dios del viento del oeste, mensajero de la recién entrada primavera.
Como ignoramos sus preferencias, solicitamos que en la oración anterior se lea Favonio en lugar de Céfiro, dado el caso de un lector afectivamente más cercano a los romanos, en detrimento de los griegos. No desconocemos a Virgilio como un poeta mayor a Homero, pero también sabemos que su Eneida de ninguna manera hubiera podido existir sin los dos grandes trabajos del ciego rapsoda griego.
Es menester, sin embargo, no desviarse del recto camino y retomar el hilo de lo que veníamos contando, las digresiones poco aportan a la cabal intelección de un ejercicio como este. No lejos de los troncos de kurupa'y podemos ver los cañones, responsables de buena parte de las muertes de ahí abajo.
Entre el segundo y tercer árbol, siempre contando desde la izquierda, incluso puede verse a un artillero con la baqueta en alto, en pose de celebración, como si portara la llama inmortal, uno de los símbolos de los Juegos Olímpicos originados en la Antigua Grecia, con sede en la ciudad de Olimpia, llamas representantes del fuego que Prometeo, titán amigo de los mortales, hurtara a los dioses ocultándola en un tallo de cañaheja (Ferula communis).
Aun a sabiendas de que los cañones son de variados tamaños, resulta posible tasar el calibre de al menos uno de ellos en 68 libras. Nada diremos de las proporciones, la perspectiva o de las elipsis anatómicas que presenta la imagen. Solo vamos a recordar las limitaciones propias de la técnica del xilograbado, agudizadas éstas por las circunstancias de precariedad bélica, el bloqueo aliado y por el tiempo que nunca espera.
Recordemos, además, que la escuela hiperrealista aparecería recién un siglo después de la publicación del trabajo que motiva estas líneas. Si quisiéramos presumir en un alto grado, podríamos a partir de ahora utilizar un plano cartesiano para referirnos con mayor precisión precisión a los diferentes elementos del grabado, ello nos llevaría a emplear vocablos como ordenada, abscisa, equis, ye, coordenadas ortogonales y otras palabras abstrusas para el común de los amigos de Prometeo, por lo que, evitando meter motu proprio los pies en ese terreno pantanoso, anegadizo y francamente difícil, daremos un rodeo y solo vamos a señalar la división del grabado en cuatro cuadrantes, quedando en los dos superiores, esto es, la mitad de arriba, el bando vencedor de esta batalla, y en los dos inferiores, el de los derrotados, los vencidos, el ejército de los ocupantes de la roja tierra paraguaya.
Se observa primero, en el ángulo inferior izquierdo, a un grupo de soldados portando la bandera de Brasil, corren por sus vidas, soldado que huye sirve para otro combate o para huir en otro combate, el temor a morir agiliza sus piernas embarradas, están en el mismo negocio los hombres del grupo de atrás de ellos, éstos portando la bandera argentina, se desplazan desesperadas las botas de piel de cerdo repletas de barro y deshonor, de terror y angustia, dos banderas distintas movidas por la misma energía interminable proporcionada por el miedo a la muerte.
Sobre los argentinos en huida, en plena levitación, puede verse un caballo, que si bien es también blanco no debe ser confundido con Mandyju, el níveo montado del mariscal López, quien no fue parte de este lance por hallarse a varios kilómetros, en el cuartel general de Paso Pucú.
En el cuadrante inferior, lado izquierdo, está un soldado sobre el que posaremos la lupa. Es muy fácil de identificar. Vayamos a ello. Es primero imprescindible visualizar el caballo que a galope tendido está en plena retirada junto con los aliados, porque el instinto de conservación no es patrimonio exclusivo del homo sapiens, una vez ubicado el equino, descendamos con la vista hasta su pata delantera izquierda, pues con ella está indicando la presencia del hombre en quien nos detendremos.
Algún gracioso podría decir que ese hombre fue dibujado justo en el momento de dar un salto aferrado a unas tablas de esquí para mirar desde su altura la pradera cana de la nieve, intentando quizá con ello impresionar en los juegos olímpicos de invierno a unos jueces de mirada tan severa como fría.
O también podría aseverar que ese soldado está más bien equilibrándose sobre una tabla de surf, mientras crece a sus espaldas una ola tubular a la que si bien no es necesario imaginarla gigantesca, sí al menos de un tamaño mediano, como las circundantes a las Galápagos, islas volcánicas de magisterio darwiniano.
Pueden abonar esta idea los dos soldados del tercer cuadrante, esquina inferior izquierda, uno ubicado arriba, horizontal y a varios metros del hocico del caballo, y otro también en dirección al cuadrúpedo, pero en vertical, hacia abajo, ambos soldados parecen estar patinando, aunque el patinaje artístico solo fue elevado a deporte olímpico varias décadas después de este acontecimiento bélico.
No nos dejemos engañar por la perspectiva, no hay patinadores en el grabado, tampoco están un surfista o un esquiador, los pies del hombre señalado por la pata del caballo están apoyados en las bayonetas del grupo de soldados argentinos que, bandera incluida, huyen a toda máquina.
Tendido en el suelo y con una mano ensangrentada, ese soldado de alguna manera abovedado por el animal bien podría tratarse de Cándido López, el pintor que perdió la diestra en este cruce bélico de Curupayty, nadie nos lo puede asegurar, y tampoco pueden dar certeza de lo contrario con la rotundidad de un axioma, una sola persona podría decírnoslo sin vacilación alguna, el autor de este xilograbado, pero eso no será posible, porque sus huesos llevan enterrados ya mucho más de una centuria.
Ese rostro, el de Cándido López, es el que Mitre enfoca ahora a través de sus prismáticos, colocado a una conveniente distancia, cerca de Curuzú, en línea recta al campo de batalla. También el almirante Tamandaré, al comando de las fuerzas navales brasileñas, observa el desarrollo de las acciones, no -como pudiera pensarse- desde la proa del acorazado Brasil, buque insignia de la armada imperial, sino desde el tembloroso carajo de la cañonera Magé, con casco de madera y motor a vapor, embarcación que gracias a su menor calado podía colocarse más cerca del teatro de operaciones, sudaba Tamandaré a pesar del viento fresco transportado por Céfiro/Favonio, y sudaba pues esa carnicería atroz que llenaba sus prismáticos le significaría indefectiblemente el relevo de su puesto por orden del emperador Pedro II, primero siempre en adjudicar culpas y asignar castigos.
El rostro de Cándido López, transido de dolor, volverá a la memoria de Mitre varios años después, cuando ya lejos de las exigencias de la banda presidencial, pero todavía con mucho poder político, el general consiga la compra por parte del Estado argentino de las telas del pintor manco, calificándolas de verdaderos documentos históricos, por su fidelidad gráfica.
Sufriente, Cándido López se arrastra a duras penas, trata de alejarse del epicentro del espanto, sangra sin pausa su mano derecha, mano hundida con todo y brazo en el barro para continuar la fuga, mano que pronto dejará de ser por la mordedora acción de una sierrita quirúrgica, se van alternando ambas manos en el lento desplazamiento, ahora le toca a la izquierda, la siniestra que será sometida a un largo proceso de educación para conseguir después metamorfosear, en grandes cuadros apaisados, los bocetos a lápiz de temas tomados del natural en los diferentes escenarios de combate.
Por último, en el cuarto cuadrante, el inferior derecho, vemos tirados fusiles, bayonetas, sables y cuerpos en decúbito dorsal y decúbito ventral. Observamos, además, dos cabezas separadas de sus respectivos troncos.
Hay tres cuerpos sin cabezas, por lo que se ha perdido una detrás de alguno de los cuerpos o -misterio resuelto- una de las cabezas, la del cuerpo más cercano al ángulo inferior derecho del grabado, la cabeza, decíamos, ha quedado, terrible destino, bajo las nalgas de otro de los soldados, el que parece estar nadando apaciblemente en estilo espalda.
Hay quienes apuntan que la cabeza, un poquito ladeada hacia la derecha, está allí mismo, bien unida al tronco, pero no les daremos crédito pues juzgamos más apropiada condena el creerla pegada al suelo, aplastada contra el barro por el peso de su camarada, el nadador a quien parece tratar de resucitar por medio de la hipnosis un oficial que lo apunta con las dos manos, único del cuadrante en conservar juntamente cabeza y gorra.
Los soldados de esta parte del grabado tienen los ojos cerrados y parecen estar durmiendo, pero no nos engañemos, señores, pues ya ninguno de nosotros es un niño, mucha agua ha pasado bajo el puente, y todos sabemos que el sueño que estos hombres duermen es ese del que nadie ha despertado jamás.