No hay reloj más regular que el estómago.
Rabelais
Como decía Deleuze, la tela en blanco no existe. Es un mito. El artista, de alguna manera, lleva en sí el contenido, a veces abrumador, antes de comenzar a limpiarlo y despejarlo para transformarlo en obra. Fidel Fernández llega a la pintura por el camino de la palabra. Un trayecto inesperado, cumplido a contracorriente del expandido hábito de pintar a partir de la fotografía. Observa y escribe. Y esta escritura personal, que asienta en el papel situaciones cotidianas de modo etnográfico, es la trama que sostiene su obra.

Escribe todo, minuciosamente. Sus cuadernos de campo se llenan de secuencias visuales, sonoras, táctiles y hasta olfativas que darán origen a obras de sátira social. En ellas, el “cuerpo grotesco” aparece cruzado por los apremios de la vida, la migración del campo a la ciudad, los vicios políticos, la corrupción, el delito, la miseria, la humillación... un retrato del “Paraguay profundo” realizado por quien, desde la temprana infancia, conoció la adversidad y supo transformarla en discurso mordaz contra un sistema que ha excluido de sus beneficios a las dos terceras partes de la población. Un discurso que, paradójicamente, instala sus urgencias en el corazón del mismo sistema a través del circuito del arte.

Con gran conocimiento de la historia y la realidad social del Paraguay -adquirido por vías no académicas-, sus personajes marginales, tanto urbanos como rurales, se tensionan entre lo feo, lo trágico y lo cómico, configurando esas “matrices monstruosas de objetos y fenómenos” de las que hablaba Bajtin al referirse a las operaciones del grotesco, “una experiencia estética que genera perturbación, desestabiliza el canon de lo bello o lo considerado aceptable y se debate entre la fascinación y el rechazo”.

El año pasado, en agosto, presentó en Arte Actual la muestra llamada precisamente “Cuadernos de campo”. En ella incluía no solo las pinturas a las que hicimos referencia, sino también una serie de grabados y tacos xilográficos que actualizaban un tema lejano, pero siempre presente en la conversación colectiva en Paraguay: la Guerra de la Triple Alianza. Aunque hubo una nota particularmente distintiva en la muestra: la instalación “La soledad de la multitud”, realizada con una veintena de takuru (nidos de termitas) cuya composición permanecía inalterada, metáfora -quizás- de la compleja estructura de la vida en sociedad.

* Adriana Almada es escritora, crítica de arte, curadora y editora.