Un gobierno sin centro de mando
El inicio del tercer año de Santiago Peña no encuentra al Poder Ejecutivo en una etapa de consolidación, sino en una zona de desgaste anticipado. Lejos de la lógica del "segundo impulso" que suele marcar este momento de los gobiernos, lo que se percibe es un Ejecutivo que no termina de ordenar sus prioridades ni de corregir errores que ya llevan demasiado tiempo acumulándose.
La sensación dominante no es la de un gobierno que se prepara para acelerar, sino la de uno que sigue administrando inercias. La ausencia de cambios de fondo en áreas sensibles comienza a convertirse en un problema político en sí mismo. No por falta de advertencias, sino por la reiteración de falencias que se conocen, se señalan y, aun así, no se corrigen.
Ministerios críticos y resultados que no aparecen
Dentro del propio oficialismo ya no se disimula el malestar. Hay coincidencia interna en que existen carteras que no lograron estar a la altura de las expectativas iniciales y que, a esta altura del mandato, siguen sin mostrar señales claras de mejora. Entre las más cuestionadas aparecen el Ministerio de Salud y el Ministerio de Obras Públicas, dos áreas estratégicas tanto por su impacto social como por su peso político.
En Salud, los problemas estructurales no solo persisten, sino que se repiten con una regularidad alarmante, afectando directamente la vida cotidiana de la población. En Obras Públicas, la lentitud, la falta de obras visibles y la escasa capacidad de reacción ante conflictos o demoras alimentan la percepción de un ministerio sin liderazgo claro ni rumbo definido. La combinación de ambos frentes debilitados golpea de lleno la imagen de gestión.
Un presidente distante y un Ejecutivo sin centro
A estos cuestionamientos se suma una crítica cada vez más extendida: la falta de presencia política del presidente. Peña pasa buena parte del tiempo fuera del país y, cuando está, no ejerce el rol clásico de conductor del gabinete desde el Palacio de López, sede histórica del poder político.
Gobernar desde la residencia presidencial puede ser funcional en lo formal, pero en términos simbólicos y políticos transmite distancia. La ausencia de una conducción visible, de reuniones periódicas con el gabinete en el corazón del poder y de señales claras de autoridad alimenta una idea que empieza a instalarse con fuerza: la de un Poder Ejecutivo acéfalo. No en el sentido administrativo, sino político. Un Ejecutivo donde nadie parece marcar el ritmo ni asumir plenamente el rol de jefe.
Presiones internas que ya no se esconden
Es en este clima donde, de manera solapada pero firme, empiezan a escucharse voces dentro del propio oficialismo que empujan al presidente a tomar decisiones. Legisladores y referentes colorados reconocen que el Gobierno no puede seguir transitando el tercer año con el mismo equipo y las mismas debilidades del inicio del mandato.
Entre esas voces aparece la del diputado Hugo Meza, quien plantea la necesidad de oxigenar la gestión y revisar el desempeño de ministros que no logran dar resultados. Meza sostiene que el gobierno está cerrando su primer tiempo y que es imprescindible realizar cambios de fondo en el Gabinete para optimizar recursos humanos y fortalecer la gestión presidencial.
En entrevista con El Nacional, el legislador fue explícito al señalar que sostener funcionarios que no responden políticamente ni gestionan con eficacia termina debilitando al propio presidente. Remarcó que existen ministerios que deberían ser pilares del Gobierno, pero que hoy generan conflictos, desgaste interno y desorden político, en lugar de soluciones y conducción.
También advirtió sobre la ausencia del Estado en áreas clave y el impacto que esa falta de gestión tiene sobre la producción, el empleo y la percepción ciudadana. Para Meza, hay carteras donde la inacción ya no puede disimularse y donde la continuidad de los responsables solo profundiza el desgaste del Gobierno.
El diputado vinculó esa situación con el escenario electoral que se aproxima y alertó que, sin resultados visibles, el oficialismo corre el riesgo de pagar un costo político elevado. Según su lectura, mostrar gestión dejó de ser una consigna para convertirse en una necesidad urgente si se pretende sostener la confianza ciudadana.
La autoridad como deuda pendiente
Más allá de los nombres, el problema de fondo es la autoridad. Un presidente que no ordena, no corrige y no sanciona transmite debilidad. Y esa debilidad se filtra hacia todo el aparato estatal. Los ministros operan con márgenes amplios, los conflictos se desbordan y el Congreso comienza a marcar la agenda con mayor fuerza que el Ejecutivo.
El tercer año exige liderazgo político, decisiones firmes y señales claras de mando. No basta con administrar ni con proyectar imagen internacional. La gestión interna, el control del gabinete y la capacidad de imponer rumbo son claves en esta etapa.
Un margen que se achica peligrosamente
Con el clima preelectoral asomando y las tensiones internas en aumento, el margen de error se reduce. Cada mes que pasa sin cambios profundiza la percepción de estancamiento. La presión ya no viene solo de la oposición, sino desde dentro del propio oficialismo, que empieza a leer el desgaste como un riesgo colectivo.
El Gobierno de Peña todavía está a tiempo de corregir, pero el reloj corre. El tercer año no perdona la indecisión. Si el presidente no asume plenamente el rol de conductor político y no ordena su equipo, la parálisis puede transformarse en una crisis de gobernabilidad con consecuencias mucho más profundas que un simple recambio ministerial.






