Impune

Tráfico de influencias se normaliza en el Congreso

El escándalo del audio que salpica a Javier Zacarías Irún reabrió el debate sobre el intercambio de favores políticos, cargos y gestiones desde el poder en un Senado golpeado por expulsiones, blindajes y denuncias de uso indebido de influencias. El cartismo ya anunció que no habrá sanciones.
Cámara de Senadores. Web.

La filtración de una conversación entre el senador cartista Javier Zacarías Irún y el operador político Osvaldo Sánchez Jara volvió a poner bajo la lupa una práctica que aparece cada vez más normalizada dentro del poder: el intercambio de favores, cargos, contratos y gestiones públicas entre legisladores y dirigentes territoriales. El caso salpica nuevamente al Senado en medio de una ola de expulsiones, renuncias y escándalos que ya derribó a varios parlamentarios, mientras el cartismo intenta reducir el episodio a una simple "gestión" política y cerrar el paso a cualquier sanción.

Un audio que desnuda una práctica política

El nuevo escándalo se desató tras la viralización de un audio atribuido al senador Javier Zacarías Irún y al dirigente colorado Osvaldo Sánchez Jara, actual precandidato a concejal de Ciudad del Este. En la conversación, el operador reclama supuestos compromisos incumplidos por parte del clan Zacarías Irún, principalmente un contrato en Itaipú para su hermano, además del pago de una deuda de USD 7.000.

El contenido de la grabación no se limita a un reclamo personal. La conversación expone una lógica de relacionamiento político en la que los favores electorales, el trabajo territorial y la lealtad interna aparecen vinculados a promesas de cargos, contratos o gestiones dentro del aparato estatal.

Sánchez Jara sostiene que trabajó políticamente para la diputada Rocío Abed, esposa del director paraguayo de Itaipú, Justo "Lucho" Zacarías Irún, y que ese apoyo debía ser reconocido con un espacio laboral para su hermano. Incluso afirmó que su respaldo fue importante en una elección ajustada, por una diferencia de poco más de 300 votos.

El reclamo por Itaipú

Uno de los puntos centrales del caso es el supuesto contrato para Avilio Gumercindo Acuña Jara, hermano del operador político. Según los datos divulgados, existió una autorización de servicio en Itaipú con fecha del 27 de marzo, apenas un día después de la reunión grabada entre Sánchez Jara y Zacarías Irún.

El documento contemplaba un pago mensual de G. 15 millones por servicios externos, aunque la contratación finalmente no se concretó porque habría quedado pendiente una venia administrativa. Inicialmente, el operador sostuvo que el contrato debía rondar los G. 30 millones, pero luego se habría reducido a G. 15 millones.

Ese dato es clave porque contradice la idea de que se trataba apenas de una charla informal sin consecuencias. La existencia de un documento interno refuerza la sospecha de que el reclamo no era una simple expresión de enojo, sino parte de un circuito político donde las promesas de cargos y contratos forman parte del sistema de recompensas a operadores.

"Usame a mí para tu gestión"

En el audio, Zacarías Irún intenta contener el enojo del operador y utiliza frases que hoy están bajo fuerte cuestionamiento político. En un momento le dice que lo use a él para sus gestiones y que lo va a ayudar en todo lo que pueda. También le promete resolver sus problemas y ponerse a disposición para destrabar situaciones.

La frase más comprometedora aparece cuando el senador le asegura que está "detrás" del tema y que puede resolver cuestiones rápidamente. Para sus críticos, esas expresiones revelan el uso de la investidura parlamentaria como herramienta de intermediación política ante instituciones públicas.

El problema de fondo no es solamente si el contrato se concretó o no. El eje es si un senador puede actuar como gestor de contratos, favores o beneficios para operadores políticos, familiares o allegados, utilizando su peso institucional y sus vínculos de poder.

La versión del operador

Osvaldo Sánchez Jara confirmó la autenticidad de la conversación y sostuvo que se sintió traicionado por el clan Zacarías Irún. Dijo que el compromiso existía, que trabajó políticamente para el sector y que esperaba que cumplieran con lo prometido.

Sobre los USD 7.000, afirmó que se trataba de una deuda personal y no de una cuestión política. Sin embargo, en el mismo contexto también habló de promesas vinculadas a cargos y contratos, lo que terminó reforzando la lectura de que la relación entre operadores y dirigentes se mueve sobre una zona gris entre lo personal, lo político y lo estatal.

El dirigente sostuvo además que rompió con el equipo de Zacarías Irún por falta de cumplimiento, engaños y traiciones internas. Su testimonio terminó exponiendo una interna colorada en Ciudad del Este donde la disputa por candidaturas, cargos y contratos parece atravesada por el reparto de espacios dentro de instituciones públicas.

La defensa de Zacarías

Javier Zacarías Irún negó haber cometido una irregularidad y aseguró que el audio fue sacado de contexto. Sostuvo que las frases utilizadas forman parte del lenguaje habitual de la política y que ponerse a disposición de un dirigente no significa gestionar de manera indebida un cargo público.

El senador también negó manejar Itaipú y remarcó que su hermano, Justo Zacarías Irún, no se presta a esquemas de "yo te doy, vos me das". Además, acusó a Sánchez Jara de actuar como un prebendario y de querer imponer condiciones luego de no conseguir lo que pretendía.

Zacarías también afirmó que la deuda económica reclamada correspondía a cuestiones personales, gastos de campaña o trabajos políticos, y que ese monto ya fue pagado. En cuanto al contrato del hermano del operador, negó haber gestionado directamente la contratación y sostuvo que solo consultó cómo estaba el trámite.

El cartismo baja el tono y cierra filas

La reacción del cartismo fue inmediata. El líder de la bancada de Honor Colorado, Natalicio Chase, minimizó el caso y sostuvo que no ve elementos para hablar de tráfico de influencias ni para impulsar una pérdida de investidura.

Chase presentó el episodio como una conversación normal entre un senador y su equipo político. Incluso defendió que los legisladores realicen gestiones para sus simpatizantes, al señalar que ese tipo de intermediaciones ocurren habitualmente en la actividad política.

Esa defensa, lejos de cerrar la polémica, agravó el debate. Para sectores opositores, el problema justamente está en que el oficialismo considere "normal" que un legislador gestione favores, cargos o beneficios para operadores políticos. La naturalización de ese comportamiento es lo que vuelve más grave el caso.

La oposición apunta a la pérdida de investidura

Desde la oposición comenzaron a analizar la posibilidad de impulsar un proceso de pérdida de investidura contra Zacarías Irún. Senadores como Celeste Amarilla y Eduardo Nakayama consideran que el contenido del audio puede configurar un uso indebido de influencias y que el Senado no puede mirar hacia otro lado.

El planteamiento opositor se apoya en un argumento político fuerte: si el Senado ya aplicó la máxima sanción contra otros legisladores por hechos considerados incompatibles con la investidura, no puede ahora blindar a un senador cartista bajo el argumento de que se trató de una simple conversación.

El caso vuelve a poner en evidencia la disputa por el criterio. Para algunos sectores, la pérdida de investidura se aplica con dureza cuando el afectado no tiene respaldo político suficiente, pero se vuelve impracticable cuando el involucrado pertenece al núcleo protegido del oficialismo.

Itaipú como "almacén familiar"

El caso también generó cuestionamientos dentro del propio coloradismo no cartista. El senador Mario Varela advirtió que Itaipú no puede convertirse en un "almacén familiar", en alusión al uso de la binacional como espacio de reparto político.

Juan Afara fue incluso más directo al admitir que el episodio deja al menos sospechas de uso indebido de influencias. Sin embargo, los cuestionamientos de la disidencia colorada todavía no se tradujeron en un pedido firme de expulsión.

Esa tibieza también alimenta la percepción de que muchos legisladores prefieren criticar el hecho, pero evitar llevar el caso hasta sus últimas consecuencias. El Senado parece reconocer el problema, pero no necesariamente animarse a aplicar una sanción cuando el afectado tiene poder político.

Una Cámara golpeada por sus propios escándalos

El nuevo caso aparece en un momento especialmente delicado para la Cámara de Senadores. En los últimos tiempos, el cuerpo legislativo quedó marcado por una seguidilla de caídas, expulsiones, renuncias y escándalos que erosionaron fuertemente su imagen pública.

El caso de Kattya González instaló un precedente de uso de la pérdida de investidura como herramienta política de máxima sanción. Luego vinieron otros episodios que profundizaron la crisis, como la salida de Hernán Rivas en medio del escándalo por su presunto título falso, la caída de Erico Galeano tras su condena en el caso A Ultranza Py, y las expulsiones vinculadas a audios y denuncias de tráfico de influencias, como ocurrió con Norma Aquino y Javier "Chaqueñito" Vera.

En ese contexto, el audio que salpica a Zacarías Irún no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una crisis más amplia de credibilidad institucional. El Senado atraviesa una suerte de limpieza forzada, donde los casos empiezan a caer por el peso de sus propios escándalos, muchas veces empujados por la presión pública antes que por una verdadera voluntad política de depuración.

La práctica normalizada de los favores

El elemento más grave del caso es que vuelve a desnudar una práctica extendida: la utilización del poder legislativo como herramienta de intermediación para conseguir cargos, contratos, atenciones, beneficios o soluciones particulares.

En esa lógica, el senador deja de actuar como representante nacional y pasa a comportarse como gestor de intereses de su estructura política. Los operadores, a su vez, reclaman recompensas por el trabajo electoral realizado. El Estado queda convertido en botín y las instituciones públicas terminan atrapadas en la maquinaria de favores partidarios.

Por eso, el debate no puede reducirse a si Zacarías Irún consiguió o no consiguió efectivamente un contrato. La cuestión de fondo es si un legislador puede prometer, insinuar, gestionar o destrabar beneficios para operadores políticos aprovechando su condición de senador nacional.

Blindaje o castigo

El caso coloca al Senado ante una nueva prueba política. Si el oficialismo vuelve a cerrar filas y convierte el episodio en una simple anécdota interna, reforzará la idea de que la pérdida de investidura se aplica de manera selectiva y que el blindaje sigue funcionando para los aliados del poder.

Pero si el Senado decide investigar con seriedad y aplicar el mismo estándar utilizado en otros casos, el audio puede convertirse en otro capítulo de la depuración interna de una Cámara golpeada por sus propios excesos.

La pregunta de fondo es si el Congreso está dispuesto a castigar el uso indebido de influencias o si seguirá tolerando que los cargos públicos, los contratos y las gestiones estatales formen parte del intercambio cotidiano entre legisladores, operadores, amigos y familiares.

Una oportunidad para cortar la impunidad

El caso Zacarías Irún no debe quedar como un escándalo más absorbido por el ruido político de la semana. La gravedad del episodio está en que expone una forma de hacer política que se volvió costumbre: prometer favores desde el poder, administrar accesos al Estado y utilizar la investidura parlamentaria como moneda de negociación.

Si el Senado pretende recuperar algo de credibilidad, no puede seguir aplicando sanciones solo cuando el costo político obliga o cuando el legislador afectado ya no tiene quien lo defienda. La misma vara debe regir para todos.

En medio de una Cámara Alta marcada por expulsiones, renuncias y denuncias, el nuevo audio vuelve a abrir una disyuntiva inevitable: o el Senado avanza hacia una verdadera depuración institucional, o confirma que el blindaje político todavía pesa más que la ética pública.