Análisis

Peña pasó del diálogo con Maduro al distanciamiento forzado

La relación entre Paraguay y Venezuela bajo la presidencia de Santiago Peña estuvo marcada por cambios abruptos, gestos contradictorios y un viraje que hoy expone una política exterior sin una línea clara.

Lo que comenzó con el restablecimiento de vínculos diplomáticos con el gobierno de Nicolás Maduro, tras años de ruptura, derivó en un distanciamiento forzado y en un discurso que ahora busca despegarse de cualquier cercanía con el régimen venezolano.

El quiebre original se había producido en enero de 2019, cuando el entonces presidente Mario Abdo Benítez decidió cortar relaciones diplomáticas con Caracas al desconocer la legitimidad del gobierno de Maduro y alinearse con los países que denunciaban una deriva autoritaria en Venezuela. Esa posición se sostuvo hasta noviembre de 2023, cuando Peña, ya en el poder, anunció el restablecimiento de los vínculos bilaterales luego de contactos directos entre ambos mandatarios.

En ese momento, el nuevo gobierno hablaba de una "nueva etapa" en la relación y apostaba a recomponer canales diplomáticos que habían permanecido cerrados durante casi cinco años. El giro fue interpretado como una señal de pragmatismo regional, pero también generó críticas internas por la legitimación implícita de un gobierno señalado internacionalmente por violaciones a los derechos humanos.

El acercamiento, sin embargo, tuvo vida corta. A comienzos de 2025, el escenario internacional cambió y la presión externa comenzó a sentirse con más fuerza. Peña se reunió con Edmundo González Urrutia, a quien reconoció como ganador de las elecciones presidenciales venezolanas, un gesto que provocó la inmediata reacción de Caracas y la ruptura, esta vez unilateral, de las relaciones con Paraguay.

Ese distanciamiento coincidió con un alineamiento más explícito del Gobierno con los Estados Unidos y con el entonces presidente Donald Trump, en un contexto marcado por las gestiones para aliviar sanciones internacionales que pesaban sobre Horacio Cartes. En ese marco, Paraguay dio señales claras hacia Washington, entre ellas la designación del denominado "Cartel de los Soles" como organización terrorista y la identificación de Maduro como su principal referente político.

La retórica oficial volvió a cambiar en los últimos días de 2025, cuando Peña expresó públicamente su preocupación ante una posible incursión militar estadounidense en territorio venezolano. El mandatario sostuvo que transmitió al gobierno norteamericano su deseo de que no se avance por la vía armada y manifestó su expectativa de una salida pacífica a la crisis. Las declaraciones buscaron mostrar una postura moderada, aunque contrastaron con los posicionamientos previos del Ejecutivo.

Así, en poco más de dos años, la política exterior hacia Venezuela pasó de la ruptura heredada, al restablecimiento de relaciones, luego a un nuevo quiebre y finalmente a un discurso de cautela frente a una eventual escalada militar. Para analistas y sectores críticos, esta sucesión de giros refleja una diplomacia reactiva, condicionada por presiones externas y necesidades coyunturales, más que por una estrategia coherente y sostenida.

El caso venezolano se convirtió así en uno de los ejemplos más claros de las inconsistencias de la gestión Peña en materia internacional, dejando abierta la discusión sobre cuál es, en definitiva, el rumbo que Paraguay pretende sostener en un escenario regional e internacional cada vez más volátil.