Aunque los indicadores oficiales muestran una caída sostenida de la pobreza, el aumento constante de las canastas básicas y los cambios en la medición reflejan una presión creciente sobre los ingresos, poniendo en duda la profundidad y sostenibilidad de la mejora.
Una mejora que existe, pero no es tan simple
El informe presentado por el Instituto Nacional de Estadística confirma una reducción sostenida de la pobreza en Paraguay. En 2025, la pobreza total se ubica en 16%, una caída significativa respecto al 19,6% de 2024 y muy por debajo del 24,5% registrado en 2022.
La pobreza extrema también muestra una caída importante, pasando de 3,7% en 2024 a 2,4% en 2025, lo que representa una reducción de más de 80.000 personas en esa condición.
Sin embargo, estos datos —que sostienen el discurso oficial— conviven con otra realidad menos visible: el umbral para no ser pobre es cada vez más alto y exige ingresos crecientes en un contexto económico todavía frágil.
El costo de no ser pobre sigue subiendo
El propio informe revela que las líneas de pobreza, es decir, el ingreso mínimo necesario para no ser considerado pobre, continúan en aumento. En el área urbana, la línea de pobreza total pasó de G. 897.168 en 2024 a G. 933.108 en 2025, mientras que en el área rural subió de G. 654.657 a G. 681.839.
En el caso de la pobreza extrema, que mide la capacidad de cubrir una canasta básica de alimentos, también se registraron incrementos en ambas áreas, reflejando el impacto directo de la inflación sobre los bienes esenciales.
Esto implica que, aunque más personas logran superar la línea de pobreza, esa línea también se eleva constantemente. La mejora estadística, por lo tanto, no se da en un escenario estable, sino en uno donde el costo de vida presiona de forma permanente sobre los hogares.
Ingresos que crecen, pero con límites
El informe muestra que los ingresos per cápita aumentaron entre 2024 y 2025. En el área urbana, el ingreso promedio total creció un 7,1%, mientras que en el área rural también se registraron incrementos.
Pero este crecimiento no necesariamente garantiza una mejora estructural. En muchos casos, el aumento de ingresos apenas acompaña —o queda por debajo— del incremento de las líneas de pobreza, lo que reduce el margen real de los hogares para consolidar su salida de la pobreza.
En los sectores más vulnerables, esta situación es aún más evidente. En el decil más bajo, los ingresos crecen, pero lo hacen en niveles todavía muy cercanos a la línea de pobreza extrema, lo que deja a estas familias en una situación de alta fragilidad.
Una mejora sostenida en cifras, pero desigual en la realidad
La reducción de la pobreza no es homogénea. Si bien los indicadores mejoran a nivel país, persisten brechas importantes entre áreas urbanas y rurales. En 2025, la pobreza total en zonas rurales se mantiene en 22,1%, muy por encima del 13,6% en áreas urbanas.
Lo mismo ocurre con la pobreza extrema, que en el área rural alcanza el 5,5%, frente a apenas 1,2% en zonas urbanas.
Estos datos muestran que, aunque la pobreza disminuye en términos generales, las condiciones estructurales siguen siendo mucho más adversas fuera de los centros urbanos.
El peso de las transferencias en la mejora
Otro elemento clave que surge del informe es el rol de las transferencias y los ingresos no laborales en la reducción de la pobreza. El aumento de este tipo de ingresos —que incluye programas sociales y otras ayudas— fue incluso mayor que el crecimiento de los ingresos laborales en algunos sectores.
Esto plantea un interrogante central sobre la sostenibilidad de la mejora: cuánto de la reducción responde a una mejora real del mercado laboral y cuánto depende de políticas de asistencia.
Si bien estas medidas cumplen un rol clave en la contención social, también evidencian que una parte de la mejora no necesariamente se explica por un crecimiento económico que genere ingresos autónomos en los hogares.
Cambios metodológicos que también influyen
El informe introduce además ajustes importantes en la medición de la pobreza, incluyendo nuevos ponderadores basados en el Censo 2022 y revisiones en la valorización de componentes como la alimentación escolar.
Estos cambios dieron lugar a una nueva serie de datos para el período 2022-2025, lo que implica que las cifras actuales no son estrictamente comparables con las anteriores sin considerar estos ajustes.
Si bien las modificaciones buscan mejorar la precisión de las estadísticas, también influyen en los resultados y deben ser tenidas en cuenta al analizar la magnitud de la reducción.
Una mejora real, pero bajo presión
La fotografía final que deja el informe es más compleja que el mensaje oficial. La pobreza baja, sí, y lo hace de manera sostenida en los últimos años. Pero esa mejora se da en un contexto donde el costo de vida sigue aumentando, los ingresos crecen con limitaciones y una parte importante del avance depende de transferencias.
En ese escenario, el desafío ya no es solo reducir la pobreza en términos estadísticos, sino garantizar que salir de ella sea sostenible en el tiempo. Porque si las líneas de pobreza siguen subiendo y los ingresos no logran acompañarlas con suficiente margen, el riesgo es que la mejora sea tan frágil como reversible.


