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Jubilación VIP: la reforma debe empezar por casa

Mientras el Estado exige más años de trabajo y menos beneficios a miles de paraguayos para sostener la Caja Fiscal, senadores y diputados siguen protegidos por un régimen jubilatorio de privilegio que permite retirarse a los 55 años con apenas 10 años de aporte. La falta de coherencia política pone en jaque la legitimidad de cualquier reforma previsional.

15 Enero de 2026
15 Enero de 2026
Senadore oficialistas. Cartismo.
Senadore oficialistas. Cartismo. Web.

La discusión por la reforma de la Caja Fiscal volvió a poner a la sociedad frente a un dilema incómodo: si el Estado dice que no puede sostener regímenes "generosos" y empuja a docentes, fuerzas públicas y otros sectores a aceptar más años de trabajo y más restricciones, ¿con qué autoridad política se preserva —o se posterga— la revisión del esquema jubilatorio de senadores y diputados, conocido por la ciudadanía como "jubilación VIP"? La legitimidad de cualquier reforma previsional no se mide solo en tecnicismos: también se mide en el ejemplo.

En ese clima, el presidente de la Comisión Permanente, Colym Soroka, instaló un mensaje que impacta hacia adentro y hacia afuera: sostiene que la Caja de Jubilación Parlamentaria debe eliminarse por ser un privilegio, y lo plantea en términos de "autoridad moral" para poder discutir el resto de las cajas.

La grieta central: pedir sacrificios y sostener privilegios

El Gobierno, a través del Ministerio de Economía y Finanzas, viene defendiendo que la reforma de la Caja Fiscal busca "frenar el crecimiento del déficit" y desalentar retiros anticipados en sectores donde hoy existen edades y beneficios diferenciados. En paralelo, el propio ministro Carlos Fernández Valdovinos dejó explícito que el proyecto presentado se limita a la Caja Fiscal y no incluye otras cajas, como IPS o la parlamentaria, aunque reconoció que el debate sobre esas otras cajas también existe.

Ahí se abre el choque político: para amplios sectores, no alcanza con decir "esta ley no toca a los legisladores". Si el discurso público es "hay que ordenar el sistema porque no hay plata", entonces el primer capítulo que se espera revisar es el de quienes redactan y votan las leyes. De lo contrario, la reforma corre el riesgo de nacer con una condena social: la sensación de que se pide esfuerzo a unos mientras se blindan beneficios para otros.

Qué es hoy la jubilación parlamentaria y por qué genera rechazo

Los datos que alimentan la polémica no son abstractos. El propio debate público gira alrededor de requisitos y montos que, comparados con el régimen de la mayoría de los trabajadores, aparecen como excepcionales.

Hoy los legisladores pueden jubilarse de manera extraordinaria con 55 años y 10 años de aporte, cobrando el 60% del salario legislativo (se menciona un orden de G. 22,7 millones mensuales). Si completan tres periodos (15 años), la jubilación puede subir a alrededor de G. 30,32 millones mensuales.

El contraste que se usa como referencia en el debate es directo: un trabajador del sector privado, para aspirar al 100% de su jubilación, debe llegar a los 60 años con 25 años de aporte. Esa comparación explica por qué el tema "molesta a todo el mundo", como admitió Soroka: no es solo una discusión de números, sino de equidad y de credibilidad del sistema político.

El presupuesto también habla: más transferencias y más presión social

El punto más sensible aparece cuando la discusión deja de ser "caja privada" y se cruza con recursos públicos. En el PGN 2026 se asignaron G. 4.055.211.618 al objeto de gasto de transferencias a entidades de seguridad social para la Caja de Jubilación Parlamentaria.

La misma publicación recuerda que el monto es casi el doble de lo recibido el año anterior (G. 2.500 millones) y lo enmarca en un historial reciente de aportes y reprogramaciones. Además, el aumento de ingresos de los parlamentarios también incide en la base sobre la que se calcula el haber jubilatorio, alimentando la percepción de "círculo cerrado": se autoajustan ingresos y, por arrastre, se consolida un retiro más alto.

Ese combo —reforma dura para sectores masivos, y al mismo tiempo recursos presupuestarios para la caja de legisladores— es gasolina para la protesta social y para la idea de que la reforma, si no incluye a los parlamentarios, nace incompleta.

Los proyectos en danza: entre endurecer requisitos y agrandar beneficios

En los últimos meses se cruzaron propuestas en direcciones opuestas. Por un lado, en 2025 Diputados aprobó un proyecto para modificar el artículo 15 de la Ley 6112/2018 y reducir de 10 a 7 años el mínimo de aportes, con el argumento de que algunos legisladores pasan a ser ministros y quedarían fuera del beneficio si no se reduce el umbral. El Senado rechazó esos cambios, alegando que la caja ya es deficitaria y que bajar el requisito agravaría el problema.

Por otro lado, ya en el arranque de 2026, tomó fuerza un proyecto presentado en Diputados que propone subir a 65 años la edad mínima, exigir 180 meses de aporte para el retiro ordinario (tres periodos) y ajustar porcentajes del haber jubilatorio (bajando del 80% al 70% para el ordinario y recortando el extraordinario respecto al 60% actual). El presidente del Congreso, Basilio "Bachi" Núñez, anunció que se inclina por empujar esa propuesta para evitar superposiciones.

El dato político es clave: hay, al mismo tiempo, presión social para recortar privilegios y tentaciones legislativas —explícitas o implícitas— para sostenerlos o incluso ampliarlos. La dirección que tome el Congreso será leída como termómetro moral del debate previsional.

La "trampa" histórica: cuando se elimina un aporte... pero queda la puerta abierta

Este debate no es nuevo. En 2019, el Senado aprobó un proyecto para eliminar el aporte estatal del 7% al fondo jubilatorio de legisladores, señalando incluso un ahorro anual estimado.

Pero en 2020, la entonces diputada Kattya González advirtió que, aunque la Ley 6496 eliminaba el aporte fijo del 7% mensual, no cerraba la posibilidad de aportes extraordinarios desde el presupuesto para "salvar" la caja, y recordó antecedentes de inyecciones millonarias a lo largo de los años. Esa discusión dejó sembrada una sospecha que persiste: que la caja se define como "privada" en el discurso, pero termina tocando fondos públicos cuando las cuentas no dan.

Sostenibilidad: el problema matemático detrás del privilegio

Más allá del impacto simbólico, hay un argumento técnico que aparece cada vez con más fuerza: con pocos años de aporte y haberes altos, la sostenibilidad se vuelve cuesta arriba.

Un informe de medio calculó que, con parámetros de dietas y gastos, un legislador aportaría mensualmente el 22% (más de G. 8 millones en esa simulación) y, aun así, el total aportado para una jubilación ordinaria (15 años) alcanzaría para cubrir apenas los primeros años del retiro; el resto debería sostenerse con ingresos públicos.

Dicho en criollo: cuando el diseño del sistema permite cobrar mucho durante mucho tiempo habiendo aportado relativamente poco tiempo, alguien tiene que cubrir la diferencia. Y ese "alguien" suele ser el Estado.

"Autoridad moral" y urgencia política: por qué revisar la jubilación VIP no puede esperar

Soroka lo planteó sin vueltas: para juzgar las demás cajas y encarar una reforma integral, los legisladores deben poder mostrar "autoridad moral". En la práctica, eso significa que la discusión sobre la jubilación VIP no puede quedar como apéndice opcional, ni como "tema para después".

Si el Congreso pretende que la sociedad acompañe cambios sensibles —edad mínima, cálculos más estrictos, límites a retiros anticipados— entonces el primer gesto de coherencia es revisar su propio régimen. No por populismo ni por revancha: por legitimidad democrática, por sostenibilidad financiera y por una noción básica de justicia contributiva.

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