El más reciente Índice Global de Innovación (GII) 2025, elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), coloca a Paraguay en una posición vergonzosa: el puesto 103 de 139 economías. Con una puntuación de apenas 21.4 sobre 100, el país muestra que la brecha con el mundo desarrollado y con sus propios vecinos no deja de ampliarse.
El GII mide siete pilares clave: instituciones, capital humano e investigación, infraestructura, sofisticación de mercado, sofisticación empresarial, resultados tecnológicos y resultados creativos. Mientras potencias como Suiza, Suecia, Estados Unidos, Corea del Sur y Singapur encabezan la lista con políticas sostenidas y presupuestos millonarios en innovación, Paraguay se mantiene en el subsuelo del ranking, sin señales de mejora estructural.

Un retroceso que no sorprende
El descenso paraguayo no es un hecho aislado. Desde 2024, el país perdió posiciones al caer en indicadores esenciales como gasto en I+D, formación científica y producción tecnológica. El informe señala que la falta de políticas públicas coherentes y la escasa inversión estatal en conocimiento son los factores que más limitan su desempeño.
El gasto nacional en investigación y desarrollo ronda el 0.12% del PIB, uno de los más bajos del planeta, muy por debajo del promedio mundial de 2.5%. En comparación, Chile invierte 0.41% y Brasil supera el 1.2%, cifras que explican por qué esos países logran exportar innovación mientras Paraguay la importa.
Aunque el informe reconoce ciertos avances en infraestructura (puesto 58) y energía limpia (segundo lugar mundial en uso de energía baja en carbono), esos logros resultan insuficientes. Las debilidades siguen dominando: 119° en capital humano, 122° en resultados tecnológicos y 111° en sofisticación de mercado. Un país que depende de la tecnología ajena no puede aspirar a la autosuficiencia innovadora.
Educación estancada y fuga de cerebros
El sistema educativo paraguayo continúa siendo el mayor obstáculo para cualquier proyecto de transformación. Apenas tres de cada diez jóvenes acceden a estudios superiores, y la mayoría egresa sin las herramientas digitales y analíticas necesarias para integrarse a la economía moderna.
El deterioro también se refleja en la fuga de cerebros. Miles de jóvenes formados en Paraguay emigran cada año hacia Argentina, España o los Estados Unidos, buscando oportunidades que aquí no existen. Esa sangría de talento científico impide que surjan startups, laboratorios y proyectos tecnológicos de envergadura.
Sin una política de becas sostenida, ni incentivos a la investigación aplicada, la educación paraguaya se mantiene desconectada de las demandas del mercado y del siglo XXI.
La región avanza y Paraguay se rezaga
En América Latina y el Caribe, Paraguay ocupa el puesto 14 de 20 países evaluados. Solo supera a Venezuela y Bolivia. Chile encabeza la región en el puesto 51, seguido de Brasil (52), México (58), Uruguay (68), Colombia (71), Argentina (77) y Perú (80).
Todos ellos, con contextos económicos diversos, avanzan en programas de innovación que combinan fondos públicos y capital privado. Uruguay impulsa su ecosistema de startups; México aprovecha el auge del nearshoring; Chile desarrolla tecnología aplicada al litio verde; y Brasil lidera en biotecnología agroindustrial.
Paraguay, en cambio, sigue sin un rumbo claro. Su dependencia del agronegocio y de la exportación de commodities limita su diversificación económica y frena la creación de empleo calificado.
El precio de la indiferencia estatal
El informe de la OMPI también apunta a las instituciones. La debilidad en gobernanza, la falta de incentivos fiscales y la ausencia de una política de innovación nacional son factores que desalientan la inversión privada en ciencia y tecnología.
El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), principal ente del sector, dispone de un presupuesto anual que apenas supera los 5 millones de dólares, cifra que palidece frente a los cientos de millones destinados en otros países de la región.
Esa falta de voluntad política se traduce en una economía que crece sin transformarse, basada en la estabilidad macroeconómica pero vacía de innovación productiva. El resultado: un país que sobrevive, pero no progresa.
Urgencias y caminos posibles
El desafío es monumental, pero no imposible. Paraguay necesita triplicar su inversión en investigación y desarrollo hasta alcanzar al menos el 0.5% del PIB para 2030. Además, debe crear un fondo nacional de innovación financiado con los recursos de Itaipú y de la energía renovable, e impulsar políticas que repatríen científicos y técnicos formados en el exterior.
Otra prioridad es modernizar el sistema educativo con foco en carreras STEM, promover incubadoras de startups tecnológicas y vincular a las universidades con el sector productivo. Sin ese salto cualitativo, el país seguirá siendo un consumidor pasivo de innovación ajena.
El tiempo se agota
El GII 2025 no deja espacio para la complacencia: Paraguay se ha convertido en uno de los países menos innovadores de América Latina. Posee recursos energéticos y capital humano potencial, pero carece de estrategia, planificación y compromiso político.
Si el país no cambia de rumbo, quedará fuera de la nueva economía global dominada por la inteligencia artificial, la biotecnología y las industrias verdes. La innovación ya no es una opción; es cuestión de supervivencia.
El reloj corre y la pregunta persiste: ¿seguirá Paraguay celebrando la estabilidad mientras el mundo crea el futuro?



