La comparación entre ingresos y trabajo efectivo deja al descubierto una brecha que vuelve a encender el malestar ciudadano: sueldos de primer mundo frente a una productividad que, en algunos casos, ni siquiera alcanza un proyecto por mes.
Entre los casos más llamativos aparece Arturo René Urbieta, quien presentó 10 proyectos en todo el año. Con ese ritmo, cada iniciativa legislativa tuvo un costo cercano a los G. 4 millones para el Estado. Traducido en términos simples, un proyecto por mes, y eso solo si el calendario tuviera más días de los habituales.
Muy cerca se ubica Avelino Dávalos Estigarribia, con 11 proyectos en doce meses. Una producción que apenas roza el promedio de una iniciativa mensual y que refuerza la percepción de un trabajo legislativo mínimo frente a una remuneración máxima.
El panorama se vuelve aún más crítico con Esteban Samaniego Álvarez, que cerró el año con solo 9 proyectos presentados. Ni siquiera alcanzó los dos dígitos en productividad anual, lo que abre interrogantes sobre en qué se tradujo, en términos concretos, su gestión parlamentaria durante ese período.
En el siguiente escalón aparece Jatar Fernández, conocido por su perfil mediático y confrontativo. Sin embargo, esa visibilidad no se reflejó en resultados legislativos: apenas 8 proyectos en todo el año. Mucho ruido, poca ley, según coinciden varios analistas.
El caso más extremo es el de Saúl González Rojas, quien lidera el ranking negativo con solo 6 proyectos en 12 meses. En términos prácticos, un proyecto cada dos meses, percibiendo puntualmente un salario que lo ubica entre los funcionarios mejor pagos del país. Para muchos, un desempeño más cercano a un trabajo a tiempo parcial que a una función de alta responsabilidad institucional.
La comparación con la realidad social resulta inevitable. Mientras estos legisladores cobran G. 37.900.000 mensuales, una gran parte de la población sobrevive con ingresos que no llegan a los G. 3.000.000. La distancia entre representantes y representados se vuelve aún más evidente cuando se observa que, en términos de producción anual, muchos estudiantes secundarios elaboran más trabajos en una feria de ciencias que algunos diputados en todo un año legislativo.
A este escenario se suma otro dato preocupante: el ausentismo. En la Comisión de Presupuesto se registró un 63,78% de ausencias, lo que implica que, además de producir poco, una parte significativa de los legisladores ni siquiera estuvo presente de forma regular para cumplir con sus funciones. Un año difícil para la ciudadanía, pero claramente no para quienes cobran sueldos de privilegio sin una contraprestación acorde.