TDAH no detectado en la infancia: un problema silencioso que estalla en la adolescencia

Telma Noelia Sanabria
por Telma Noelia Sanabria 16 Noviembre de 2025
16 Noviembre de 2025
TDAH.
TDAH. Foto: adahigi.org

Cada semana, en los consultorios psicológicos del país, llegan nuevos adolescentes que, por primera vez, reciben un diagnóstico de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Muchos de ellos convivieron durante años con síntomas que pasaron inadvertidos, malinterpretados o minimizados. Hoy, ya en plena adolescencia, consultan porque el malestar se volvió imposible de sostener: ansiedad elevada, síntomas depresivos, irritabilidad constante y comportamientos desafiantes que afectan sus vínculos familiares, escolares y sociales.

El fenómeno no es nuevo, pero sí creciente. En Paraguay y en la región, la detección tardía del TDAH sigue siendo una deuda importante del sistema educativo y de salud. Según una psiquiatra infanto-juvenil local, "el TDAH es minimizado o subdiagnosticado" y podrían padecerlo "cinco de cada 100 niños" en Paraguay, aunque faltan datos nacionales precisos. Además, se estima que entre el 70 % y el 80 % del TDAH tiene un origen genético.

Cuando el TDAH no es reconocido en los primeros años, el adolescente llega a esta etapa de por sí compleja y marcada por cambios neurobiológicos intensos con mayores vulnerabilidades. En la clínica se observa que estos jóvenes presentan comorbilidades significativas, entre ellas:

Ansiedad, especialmente asociada al rendimiento escolar, la presión social y al esfuerzo constante por "compensar" su déficit atencional.

Síntomas depresivos, muchas veces vinculados a una historia de frustración, baja autoestima y repetidas experiencias de fracaso.

Trastorno negativista desafiante (TND), caracterizado por irritabilidad, discusiones frecuentes y oposición, producto de años de incomprensión de sus propios comportamientos y de exigencias desajustadas del entorno.

Desde la investigación científica, sabemos que estas comorbilidades son muy comunes. En un metaanálisis reciente que incluyó más de 39.000 niños y adolescentes con TDAH, se encontró que el trastorno negativista desafiante estaba presente en aproximadamente el 34,7 % de los casos, los trastornos de conducta en el 30,7 % y los trastornos de ansiedad en el 18,4 %.

Además, otro estudio poblacional con más de 30.000 jóvenes entre 6 y 18 años mostró que, dentro de los diagnosticados con TDAH, el 26,1 % presentaba Trastorno Oposicionista Desafiante (ODD), y casi el 38 % presentaba algún trastorno de ansiedad.

La adolescencia es un periodo de reestructuración profunda del cerebro, particularmente en las áreas ejecutivas responsables de la autorregulación emocional, el control de impulsos, la planificación y la toma de decisiones. Si el TDAH no fue tratado o comprendido antes, el joven llega con menos recursos internos para manejar estas demandas crecientes.

Un trabajo longitudinal muy relevante (el Oregon Adolescent Depression Project) encontró que los adolescentes con una historia de TDAH tienen un riesgo significativamente más alto de desarrollar un trastorno depresivo mayor en la adultez temprana, incluso controlando otros factores como género, estrés y otros trastornos psiquiátricos. El riesgo (hazard ratio) para depresión mayor fue de 1,81, lo que indica que la presencia de TDAH en la adolescencia es un predictor importante.

Por otra parte, las diferencias de género también juegan un papel clave: un estudio de base de datos observó que las mujeres con TDAH suelen recibir el diagnóstico más tarde y tienen tasas más altas de depresión y ansiedad en comparación con los hombres.

Esto puede contribuir a que muchas chicas con TDAH no sean identificadas a tiempo.

El diagnóstico de TDAH en la adolescencia no debe verse como una sentencia, sino como una oportunidad de reorganización. Pero esto solo es posible si la intervención se realiza desde una perspectiva integral. 

Una psicoterapia adecuada, especialmente desde enfoques cognitivo-conductuales, neuropsicológicos o integrativos, es fundamental para:

Enseñar estrategias de regulación emocional.

Trabajar la impulsividad y la frustración.

Mejorar habilidades sociales.

Fortalecer la autoestima.

Desarrollar rutinas y estructuras que favorezcan el rendimiento académico.

Reconstruir una identidad sin culpa y sin estigmas.

Asimismo, en muchos casos es necesaria una evaluación psiquiátrica profesional para valorar si un acompañamiento farmacológico podría ser beneficioso. El tratamiento con medicación, cuando está indicado, puede facilitar la concentración, reducir la impulsividad y estabilizar el estado emocional, permitiendo que la psicoterapia sea más eficaz y profunda.

No diagnosticar a tiempo no significa que sea tarde. Pero sí implica que el adolescente ha llegado a la etapa más desafiante del desarrollo sin suficientes recursos para entenderse a sí mismo y manejar sus emociones. Este vacío puede tener consecuencias graves: bajo rendimiento académico, conflictos familiares, baja autoestima, aislamiento social y sufrimiento emocional persistente.

Por el contrario, la detección temprana y la intervención adecuada pueden marcar una diferencia profunda. Al recibir acompañamiento psicológico y, si corresponde, evaluación psiquiátrica, estos jóvenes pueden aprender a regular sus emociones, estructurar su vida, mejorar sus relaciones y construir una identidad más segura y funcional.

La detección temprana del TDAH no es un lujo, es una necesidad de salud pública. No solo mejora el pronóstico individual, sino que reduce el impacto social: un adolescente mejor comprendido y apoyado es menos propenso a desarrollar comorbilidades graves y más capaz de desplegar su potencial.

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