Los discípulos reciben el Espíritu Santo

Los discípulos reciben el Espíritu Santo

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

[Evangelio según san Juan (Jn 20,19-23); Domingo 23 de mayo, Solemnidad de Pentecostés]

El encuentro de Jesús con sus discípulos tiene como escena el recinto de una casa en Jerusalén. La reunión de los discípulos en un mismo lugar subraya el carácter eclesial de la aparición. Este dato es relevante en cuanto que no son solamente los discípulos históricos de Jesús sino los representantes de todos los creyentes del futuro. Las puertas están cerradas por miedo a los judíos. El texto no aclara por qué razón temían a los judíos; sólo se evidencia la situación de angustia experimentada que, en breve, contrastará con el “don de la paz” que Jesús les ofrecerá.

El evangelista da cuenta, seguidamente, que “Jesús vino y se puso en pié en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!”. La posición “en pie” evoca el triunfo sobre el “estado yacente” que significa muerte. El autor del Evangelio afirma que “las puertas estaban cerradas” (Jn 20,19); lo mismo se dirá más adelante, en la segunda aparición (v. 26). Lo que el evangelista intenta evidenciar es que Jesús puede hacerse presente a los suyos siempre que quiera, en cualquier circunstancia. La expresión griega eir?n? (“paz”) que emplea Jesús 2 veces (vv. 19 y 21), en su inicial salutación a los discípulos, no se identifica con el saludo ordinario ?alom, acostumbrado por los judíos; tampoco se trata de un deseo que se traduciría erróneamente por “la paz esté con vosotros”, de connotación litúrgica. Se trata más bien del don efectivo de la paz tal como Jesús había indicado en su discurso de despedida: “Es la paz, la mía, la que os doy; no os la doy a la manera del mundo” (Jn 14,27).

“Dicho esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de gozo al ver al Señor” (v. 20). De este modo, Jesús evidencia que es él mismo mostrando las secuelas de la crucifixión y cumpliendo su promesa: “El mundo ya no me verá, pero vosotros veréis que yo vivo y también vosotros viviréis” (14,19).

Entonces Jesús les renueva el don de la paz subrayando el hecho fundamental de que ha comenzado un tiempo nuevo; y por eso, como el Padre le ha enviado, también él les envía a los discípulos; y soplando sobre ellos les confirió el Espíritu Santo (Jn 20,22). Este acto de “soplar” su Espíritu o ruaj (en hebreo) recuerda el acto creacional de la humanidad del Génesis (2,7) por el que Dios sopló su aliento vital en el hombre para que fuera un ser viviente. Esto implica que el hombre sólo existe pendiente del soplo de Dios. Ahora se trata de la nueva creación, pues Jesús glorificado comunica el Espíritu que hace renacer al hombre dándole a compartir la comunión divina. El Hijo que “tiene la vida en sí mismo” dispone de ella en favor de los suyos; su soplo es el de la vida eterna.

A continuación, Jesús declara: “A quienes perdonéis los pecados, se les perdonarán; a quienes se los retengáis, se les retendrán” (Jn 20,23). Esta facultad que Jesús concede a los discípulos, exclusiva de Dios en el Antiguo Testamento y de Jesús en el Nuevo Testamento, apunta a la abolición del pecado en el mundo. De hecho la Nueva Alianza debía caracterizarse por la eliminación del pecado como anunciaba Juan el Bautista en la presentación de Jesús: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,129). “Perdonar y retener” es una formulación positiva y negativa que se debe al estilo semítico que expresa la totalidad mediante una pareja de contrarios como “cielo y tierra”, “varón y mujer”, “árbol del conocimiento del bien y del mal”. Entonces, “perdonar y retener” significa la totalidad del poder misericordioso transmitido por el Resucitado a los discípulos. El efecto del perdón expresado en pasivo indica que el autor del perdón es Dios y el empleo del tiempo perfecto significa que su perdón es definitivo. Podríamos decir, brevemente, en el instante en que los discípulos o la comunidad perdonan, Dios mismo perdona. De este modo, por el don de la paz y la comunicación del Espíritu, la comunidad es portadora de vida para el mundo; a través de ella se actualiza la presencia permanente del Señor que ha triunfado de la muerte.

En fin, Pentecostés supone cincuenta días desde la pascua hasta la venida del Espíritu Santo prometido. Los Hechos de los Apóstoles (2,1-11) narran aquel acontecimiento fundamental en la vida de la Iglesia. “Viento” y fuego”, símbolos empleados para indicar la manifestación del Espíritu Divino indican, sobre todo, la fuerza y el ímpetu de Dios comunicados para la proclamación del Evangelio, para la comprensión y comunión de los discípulos mediante el lenguaje del amor y de la solidaridad y la “libertad” de las distintas ataduras y esclavitudes con el fin de edificar el proyecto del Reino de Dios. El Espíritu Santo Paráclito nos dará la fuerza necesaria para poner en movimiento nuevas iniciativas y maneras renovadas de ser Iglesia en este tiempo de pandemia. En esta solemnidad de Pentecostés, pidamos todos los cristianos: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”; el fuego del amor de Dios que transforma el mundo y la humanidad!