Las declaraciones de felicidad
[Evangelio según san Mateo (Mt 4,25—5,12) — 4o domingo del Tiempo Ordinario]
La liturgia de la Palabra, en este 4to domingo del tiempo ordinario, nos presenta lo que podríamos denominar el "preámbulo" del proyecto de Jesús: Las Bienaventuranzas o "declaraciones de felicidad".
"Las bienaventuranzas", expresión del supremo gozo de los creyentes, es el encabezamiento del primero de los cinco discursos de Jesús en el Evangelio de san Mateo. Este primer discurso de Jesús —de los cinco discursos existentes en el primer Evangelio— es conocido como "sermón" o "enseñanza de Jesús" en el que se establece el programa del Reino de los Cielos que anuncia el Mesías de Israel. El ambiente que se describe se caracteriza por la presencia de una inmensa muchedumbre proveniente de diversos ámbitos geográficos y étnico-culturales: Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.
La primera bienaventuranza se refiere a los "pobres en el espíritu", es decir, aquellos que viven en la lógica de la humildad y de la total dependencia de Dios, en contraposición de aquellos que siendo autosuficientes se consideran por encima de los demás. A los pobres en el espíritu les corresponde, ya en el presente, el Reino de los Cielos.
La segunda bienaventuranza declara "felices" a los "mansos", es decir, aquellos que viven según el criterio de la paz renunciando a la violencia como sistema de relaciones. A los mansos se les promete como heredad "la tierra", figura simbólica de los bienes futuros.
La tercera bienaventuranza declara "dichosos" a "los que lloran", es decir, a los "afligidos", aquellos que sufren por causa de una injusta opresión, en razón del luto, de una catástrofe o del temor. A los afligidos se les promete el consuelo.
La cuarta bienaventuranza, con la que culmina la primera sección, declara "felices" a los que "tienen hambre y sed de justicia", es decir, aquellos para quienes la justicia es una imperiosa necesidad del mismo modo que son necesarios el "comer" y el "beber". La promesa para ellos consiste en la plena saciedad de la justicia mediante la intervención de Dios, el justo por excelencia.
La quinta bienaventuranza declara "dichosos" a los misericordiosos, una cualidad estrechamente unida a la justicia, enunciada en precedencia, que consiste en la manifestación del amor solidario por el que se presta al necesitado el auxilio oportuno y eficaz. La promesa para los misericordiosos consiste en que Dios, a su vez, actuará con misericordia con ellos.
La sexta bienaventuranza proclama dichosos a los "limpios de corazón", es decir, las personas rectas y justas, de conducta íntegra, no contaminada por la malicia, el rencor y la deshonestidad. A los rectos se les promete la "visión de Dios" o experiencia de comunión con el Creador.
La séptima bienaventuranza se refiere a los "constructores de la paz" que no se confunden con los irenistas —personas que huyen de los problemas y conflictos—; tampoco se identifican con aquellos que buscan eliminar controversias y contiendas con los recursos de las armas, de la diplomacia o la habilidad política. Los constructores de la paz son aquellos que, mediante la búsqueda de la justicia, instauran relaciones de armonía y de concordia. A los obreros de la paz se les promete la filiación divina o la estrecha e íntima relación con Dios.
La octava bienaventuranza proclama dichosos a los "perseguidos por causa de la justicia", valor evangélico mencionado por segunda vez y dando conclusión a la segunda sección de las Bienaventuranzas. Se refiere a aquellos que por predicar la justicia de Dios a los hombres son perseguidos, como los profetas, de diversos modos, mediante insultos, maledicencias, difamaciones; y hasta el martirio. Se les anuncia que el Reino de los Cielos, al igual que a los pobres según el espíritu, les pertenece. A los bienaventurados, a pesar de las actuales persecuciones, mentiras e injurias, se les invita a la alegría, al gozo y al regocijo porque serán grandemente recompensados.
En fin: Las bienaventuranzas constituyen la descripción del perfil y de la identidad de Jesús de Nazaret que se sintetiza en la justicia misericordiosa, programa de vida ética y de conducta para todos los cristianos, camino de realización de la verdadera perfección según la voluntad de Dios. Es el ideario fundamental de todo el Nuevo Testamento, desarrollado en el resto del discurso del Monte y concretado de muchos modos en los demás escritos de la Nueva Alianza. No se trata de una simple utopía o una quimera, sino de la máxima expresión y la meta de todo discípulo que está llamado a configurarse con Jesús
Todos los discípulos de Cristo estamos llamados, vivamente, a encarnar en nuestra experiencia cotidiana estos supremos valores con el fin de dar testimonio del Reino de los Cielos ante el mundo cada vez más alejado de Dios; pues solo si nos "revestimos de Cristo" podremos estar preparados para la salvación prometida.