La parábola del sembrador
[Evangelio según san Mateo (Mt 13,1-23) —15º domingo del tiempo ordinario—]
La enseñanza en parábolas —es decir, mediante comparaciones— se da a orillas del gran lago de Galilea ante mucha gente. Jesús les hablaba desde una barca. La primera parábola (Mt 13,3b-9) es titulada por el mismo evangelista "la parábola del sembrador" (cf. Mt 13,18). Este personaje solo aparece en la introducción (Mt 13,3b) como protagonista porque el resto del relato se centra en los resultados de la siembra conforme a los diversos terrenos. Según la narración, parece que el sembrador no se preocupa de escoger la tierra donde sembrar. Este inverosímil comportamiento es funcional al mensaje mismo de la parábola.
El relato, de hecho, se detiene sobre los diversos terrenos en los que cae la semilla y sobre el resultado positivo del sembradío. La descripción de los tres primeros terrenos (camino, lugar escabroso, terreno espinoso) sirve para poner en evidencia las dificultades y los obstáculos que la semilla encuentra en el proceso de crecimiento. Esta improductividad recuerda las experiencias de crisis del anuncio de Jesús, dificultades que son resonancias de los problemas de las primeras iglesias.
La tensión dinámica del texto confluye sobre el cuarto terreno, denominado "bueno", que permite a la semilla "producir fruto". Esta expresión en Mateo tiene una resonancia del todo particular porque evoca la adhesión y la acogida de la acción de Dios que se traduce en la fe activa y perseverante.
Otra tensión se percibe en el texto: Aquella que se sitúa entre el momento de la siembra y el momento de la recolección. La producción abundante hace olvidar la pérdida de la semilla dispersa en los terrenos estériles. La invitación final a la escucha (Mt 13,9; cf. 11,15; 13,43), a más de ser una fórmula de clausura y una advertencia de estilo profético dirigido al pueblo refractario y obstinado, corresponde a una primera interpretación del relato centrado sobre la acogida de la palabra (cf. Mt 13,19.23).
Los discípulos —que se acercan— interrogan a Jesús ¿por qué habla en parábolas? (Mt 13,10-17). En su respuesta, Jesús deja en claro el estatuto privilegiado de los discípulos porque los distingue del resto del gentío. Los discípulos llegan a comprender las enseñanzas no porque sean más perspicaces sino porque Jesús les explica las parábolas. Ellos comprenden los misterios del Reino, es decir, el "proyecto de Dios sobre la historia". Sin embargo, la muchedumbre es retratada como incapaz de comprender, según la profecía de Isaías que decía: "Oír oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis..." (Is 6,9-10).
La sentencia "a quien tiene le será dado y será en abundancia; y a quien no tiene le será quitado también aquello que tiene" (Mt 13,12; cf. 25,29) describe la dinámica paradójica de la revelación: los discípulos, precisamente porque siguen a Jesús, pueden llegar a un conocimiento siempre más profundo de la revelación; pueden "ver" y "escuchar" en línea con los "profetas" y los "justos", es decir, quienes anunciaron la voluntad de Dios y quienes la cumplieron. La muchedumbre, al contrario, no habiendo tomado una decisión en relación con Jesús, se aleja siempre más de la lógica del Reino.
Seguidamente, Jesús explica la parábola del sembrador (Mt 13,18-23). La primera situación de rechazo (Mt 13,19), identificada solamente al final con la semilla caída en el camino describe el caso de quien escucha la palabra, pero no la "entiende". El "no entender" no se refiere solamente al aspecto intelectual, sino a la comprensión profunda y espiritual (Mt 13,13.23; 17,13). Tal situación está sujeta a la acción del malvado que, aprovechándose de la precariedad de la palabra solamente escuchada pero no comprendida, logra extirparla con la violencia.
En el segundo caso (Mt 13,20-21) la palabra es no solo escuchada, sino recibida con gozo. Este estado de ánimo de ordinario connota la reacción del hombre ante la acción salvífica de Dios (Mt 2,10; 28,8). La fase crítica es producida por la inestabilidad de la acogida, descrita a través de la imagen de la planta que no llega a tener raíz.
Si el inicio está signado por el entusiasmo, la vacilación y discontinuidad de la elección no madurada son determinadas por el fracaso. Esta situación es causada por las experiencias de tribulaciones (Mt 24,9.21.29) y persecuciones, inevitables momentos de verificación en el camino de la fe (cf. Mt 8,23-28). Se trata de situaciones vividas particularmente en el interior de la comunidad del primer Evangelio (Mt 5,10-12.44), empeñada en el testimonio misionero (Mt 10,23). La persecución es ciertamente el momento de la prueba, pero también el momento de la maduración en la experiencia de fe. La crisis está indicada por el verbo griego skandalizō que pone en evidencia la trampa y la caída en el itinerario de la fe.
La tercera situación negativa (Mt 13,22) es provocada por un cuadro de evaluación que pone en primer lugar las preocupaciones materiales de todo tipo. La riqueza no es un mal en sí, sino la inquietud que ella necesariamente genera y que relativiza el único fin primario y esencial: la acogida de la palabra del Reino. El discípulo, de hecho, se distingue por la libertad en relación con las necesidades materiales (Mt 6,25-34) y, en consecuencia, de los bienes que, si son sobrevalorados, se convierten en un impedimento para el seguimiento de Jesús (Mt 19,16-30).
Respetando el orden de exposición de la parábola, la siembra positiva de la semilla es descrita solo al final (el cuarto caso). La positiva acogida de la palabra es subrayada con la expresión "dar fruto". Si bien este verbo aparece solo en Mateo (cf. Mc 4,20.28; Lc 8,15), la imagen del fruto a menudo es usada para describir la fe activa y perseverante (Mt 7,16-20; 13,33; 21,19.34.41.43). "Escuchar" y "comprender", unidos inseparablemente, se convierten en los elementos esenciales y estructurantes de la fe. El final fructuoso se indica a través de una gama de tres porcentajes en orden decreciente: Este sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta" (Mt 13,23b).
En fin: Esta famosa parábola de Jesús nos invita a una maduración en el camino de la fe capaz de sobreponerse a los embates de la vida y las crisis. El Evangelio nos sugiere que hagamos de nuestras vidas esa "tierra buena", fértil y productiva no solo para comprender el proyecto de Dios sino para testimoniar su realización en las obras de bien hacia los demás.