La destrucción del Templo y las señales precursoras
Evangelio según san Lucas (Lc 21,5-19) — 33º domingo del tiempo ordinario]
La liturgia de la palabra nos propone, para este 33º domingo del tiempo ordinario, un pasaje del Evangelio según san Lucas (Lc 21,5-7) en el que Jesús predice la destrucción del Templo, centro del culto religioso judío y, con él, de toda Jerusalén. Esta profecía sirve de base para abordar "las señales precursoras del fin" (Lc 21,8-11) y las advertencias sobre las persecuciones que sobrevendrán (Lc 21,12-19). Los temas afrontados guardan estrecha relación con la culminación del "año litúrgico" y el inminente comienzo del Adviento según el calendario.
El evangelista indica que, mientras seguía Jesús enseñando, algunos de los oyentes resaltaron la belleza del Templo de Jerusalén, su armoniosa estructura y los exvotos que lo engalanaban (Lc 21,5). Al oír el maestro estas observaciones estéticas, él introduce un anuncio sobre el majestuoso edificio: "De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, ni una que no sea derruida" (Lc 21,6). Se trata del segundo Templo construido, a la vuelta del exilio babilónico, bajo la dirección de Zorobabel, en sustitución del antiguo Templo edificado por el rey Salomón y destruido por el emperador Nabucodonosor en el 586 a.C. Este Templo, reedificado en el mismo sitio, quedó concluido en el 515 a.C. La obra de Zorobabel no adquirió la magnificencia del primer Templo razón por la cual el rey Herodes se dedicó a embellecerla y a dotarle de sólidos fundamentos y adornos votivos. Las reformas del edificio duraron varias décadas y se prolongaron hasta el año 63 de la era cristiana. Siete años después de culminadas las obras, el Templo fue destruido por los romanos (año 70 d.C.).
Según el testimonio de Flavio Josefo, fueron colocadas, como fundamento, enormes piedras blancas y, posiblemente, cuando aún se estaba trabajando por los exvotos, surgió el comentario sobre la ornamentación del templo de parte de algunos de los oyentes de Jesús en el Templo. La belleza de la obra causaba grata impresión a quien la contemplaba porque, incluso, en las rendijas se colocaban finas planchas de oro macizo que brillaban cuando los rayos del sol alumbraban el Templo. Resplandecía hasta tal punto que quienes lo miraban debían apartar la vista para no quedar deslumbrados. Los adornos (griego: anáthema), literalmente, "lo que se pone encima", no solo embellecían las paredes, pues, también las puertas llevaban filamentos de oro puro. Toda esta majestuosidad y exuberancia de detalles contrasta, vivamente, con la destrucción y la ruina que le sobrevinieron poco tiempo después de que la obra concluyese.
Cuando Jesús sostiene que "llegarán días" parece señalar la inminencia de la predicción. La afirmación de que "no quedará piedra sobre piedra" pone énfasis en el grado de destrucción que, según la expresión, adquiere el sentido de ruina total. Del magnífico Templo reformado por Herodes el Grande solo quedarán escombros. Efectivamente, el día 10 del mes hebreo de Loüs del calendario judeo-babilónico (29 de agosto del año 70 d.C.), el Templo fue sometido al fuego y a la destrucción, como antiguamente también, un 10 del mes hebreo de Ab, Nabucodonosor lo devastara (cf. Jer 52,12-13). De hecho, Dios no quería Templo porque el universo es escabel de sus pies y él no puede ser encerrado en un edificio (cf. 1Re 8,27; Is 66,1-2; Hch 7,48-50) para luego ser sujeto de una liturgia que pretende manipularlo según la praxis de la magia. Jesús, de hecho, hablará de un nuevo Templo, su cuerpo que, a pesar de su futura destrucción (muerte) lo reedificaría en tres días (cf. Jn 2,13-22).
Ante semejante anuncio, representantes de su auditorio le interrogaron: "Maestro, ¿cuándo sucederá eso? ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?" (Lc 21,7). La pregunta que sirve de transición para el discurso escatológico no se refiere a los eventos finales del mundo sino se formula en relación con el día fatídico de la destrucción del Templo que marcará, con la consiguiente diáspora de los hebreos, el fin del sistema templario y el inicio del sistema de las sinagogas.
La respuesta de Jesús comienza con una advertencia: "Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: 'Yo soy' y 'el tiempo está cerca'. No les sigáis" (Lc 21,8). El maestro previene sobre quienes se apropiarán del nombre de Jesús, es decir, falsos profetas y charlatanes que propalarán noticias engañosas y maliciosas. De hecho, el verbo planáō indica la acción de "confundir", "extraviar" y "desorientar", rol de los embaucadores que surgirán. Son pseudomaestros que pretenderán apartar a los discípulos de la verdad y de la fidelidad a Cristo, sobre todo en los momentos de crisis.
Los falsos profetas se presentarán después de la ascensión de Jesús (cf. Hch 1,6-11) y procurarán hacerse de discípulos. Los seguidores de Jesús, por su parte, deberán estar atentos para no caer en las redes de quienes no sean portadores de las legítimas credenciales de un enviado del Señor. Los impostores se presentarán como si fuesen auténticos emisarios del Resucitado pero el cristiano, mediante el discernimiento, superará la tentación de caer en sus redes. Si bien es cierto que san Lucas advierte en su segunda obra que "ese mismo Jesús que ha sido llevado al cielo volverá como lo habéis visto marcharse" (Hch 1,11), aquí no se hace referencia a "falsos Mesías" sino a usurpadores. Aunque es inevitable que aparezcan impostores, el creyente no habrá de creerles cuando anuncien que el fin está cerca. "No los sigáis", advierte Jesús, es decir, los cristianos no deberán dejarse encandilar por la retórica vacía de los embusteros y por la habladuría de los pseudoprofetas.
El Señor advierte, incluso, que habrá estruendos y tambores de "guerras y revoluciones". De hecho, los levantamientos contra el régimen gubernamental eran relativamente frecuentes en Israel; también, a nivel imperial, las asonadas golpistas en Roma, capital del complejo sociopolítico y militar de la época, sobre todo después del asesinato de Tiberio y de otros césares, con el fin de encumbrar otros tipos de liderazgos, perturbaron la paz imperial. Ese era el contexto. Todo esto estaba previsto, según Jesús; en consecuencia, no debía ser motivo para experimentar "terror" porque estas cosas "sucederán primero" pero no indicarán el fin en razón de que la conclusión de la historia no tenía aún notas de inmediatez (cf. Lc 21,9).
En el contexto de los acontecimientos previos, Jesús extiende el fenómeno de las convulsiones políticas a la expresión genérica de que "se levantará nación contra nación y reino contra reino" (Lc 21,10); y, al mismo tiempo, estos conflictos político-militares no serán aislados porque, en el ámbito de la naturaleza, pronostican que sobrevendrán "grandes terremotos"; la población será asolada por la "peste" y el "hambre" en diversos lugares (Lc 21,11a); y, con un tono más apocalíptico, anuncia, igualmente, que se podrá observar "cosas espantosas y grandes señales del cielo" (Lc 21,11b). Estos rasgos dramáticos de la historia encuentran asidero en profecías como la de Ageo (Ag 2,6) e Isaías (Is 5,13-14). Ya en tiempos de la naciente Iglesia, Lucas habla en su obra de una "gran carestía" en tiempos del emperador Claudio (Hch 11,28), y de un "terremoto" (Hch 16,26). Las señales celestiales y los signos espantosos parecen coincidir con lo que el evangelista san Marcos denomina "los primeros dolores" (Mc 13,8) que, probablemente, es una figura típica de la comprensión apocalíptica de los acontecimientos.
Mediante una adversativa, Jesús introduce una observación capital que se relaciona con la suerte de los discípulos y seguidores suyos: "Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán; os entregarán a las autoridades de las sinagogas y os meterán en cárceles; y os conducirán ante reyes y gobernadores por mi nombre" (Lc 21,12). El texto denota una reacción agresiva a la predicación cristiana, pues los verbos empleados tienen que ver con la persecución: "Os echarán mano"; "os perseguirán"; "os entregarán a las autoridades..."; "os meterán en cárceles"; "os conducirán ante reyes y gobernadores". Y todo este mecanismo persecutorio tendrá un solo motivo: "...por mi nombre". De este modo, Jesús pone en situación a sus seguidores: El discipulado cristiano tiene un alto precio porque implicará un hostigamiento social y político por la fidelidad a las enseñanzas del maestro. El acoso constante no tendrá su origen exclusivamente en la autoridad pagana sino, también, en la judía porque se habla de autoridades de la "sinagoga". En este sentido, basta constatar en las páginas de los Hechos de los Apóstoles las persecuciones sufridas por Esteban, Pedro, Santiago y Pablo, después de su conversión.
No obstante, Jesús indica que esas persecuciones y acosos constantes serán ocasión para dar testimonio de Cristo y de su Evangelio. En este testimonio, los discípulos no deberán preocuparse del arte de la retórica porque el mismo Señor les concederá palabras acertadas y sabias con el fin de defender la causa sin que los adversarios puedan refutarlos (Lc 21,13-15). Incluso, los propios parientes más cercanos, que forman parte de la intimidad familiar como el padre, los parientes y los amigos facilitarán el arresto y la entrega de los discípulos a las autoridades. Sin embargo, Dios protegerá a los suyos en medio de la persecución. Incluso, algunos, serán entregados para ser sometidos a la muerte.
El último versículo, que cierra esta larga perícopa, expresa literalmente, la última interpelación de Jesús: "Con vuestra perseverancia conseguid la vida" (Lc 21,19). No se trata de una simple "paciencia" sino de una hypomonē o "aguante" firme y duradero (el verbo está en imperativo, ktēsasthe: ¡Conseguid!). La verdadera vida se consigue únicamente con la resistencia a toda prueba contra el mal, la fidelidad constante, y la caridad desinteresada.
En fin: Jesús, a partir de las observaciones sobre la belleza del Templo de Jerusalén, extrae la profecía de su próxima destrucción que, efectivamente, aconteció en el año 70 d.C. Esta predicción le lleva a hablar de los eventos que precederán al final de los tiempos. Las guerras, convulsiones políticas, pestes, enfermedades e, incluso, señales celestiales no son aún indicios del fin del mundo. Todos estos acontecimientos están previstos en el desarrollo de la historia. El fin vendrá después. Incluso se prevé la presencia de falsos profetas y embaucadores que distorsionarán y extraviarán a mucha gente con sus distorsionadas predicciones. El cristiano sensato está llamado a no creer en los embusteros y aprovechadores. Más bien, debe prepararse para las persecuciones que sobrevendrán como consecuencia del seguimiento y la identificación con el maestro.